Dos

Vamos desnudos

hacia ningún lado

se huele el encierro

(lacera almas inocentes)

y aprendemos que el dolor de hoy

es la réplica de otras épocas.

Siempre estuvimos desnudos.

2020

1

Nunca pensé en las cosas que pasaron, como gotas que resbalan en una ventana y que se pierden. Nunca sentí que el tiempo es un poso que me moldea. Y a pesar de mí, soy producto de mi pasado. Cada paso me parece nuevo aunque ese camino es conocido. Y es lo que me hacer ver cada hecho, cada recodo, como la primera vez. Pero hay momentos en que miro para atrás y me sorprendo. Verme en mis recuerdos eso que fui. Es cuando tengo nostalgia de eso lejano que parece cierto o no, como vernos en una foto y pensar que yo soy también ese que está ahí, fuera de mí.  El paso del tiempo.

2

No es el pasado el que marca la distancia o el valor, sino lo que tenemos delante, por descubrir.

3

Miro las cosas, lo que pasa frente a mí, desde esta esquina del mundo, sabiendo que otros miran (me miran) desde otro lado. Y a veces nos encontramos, nos tiramos palabras a los oídos, y ponemos cara de entendernos, pero más adelante sólo tenemos un rumor de aquello que vimos, que escuchamos, que sentimos.

4

El invierno nos recluye, será el tiempo, o la luz. Nos transformamos en seres que deambulan por las calles, por los pasillos de viviendas iguales, buscando algo diferente a la soledad. Buscando cobijo. Me veo cocinando, comiendo, hablando, riendo, durmiendo, como si me estuviera espiando a mí mismo, pero él es otro, y no soy capaz de que me haga caso.

5

Yo no lloro, pero los años ya me perdonan y me dejan sentir un temblor, asomar una lágrima furtiva. Pero voy a destiempo. En cualquier momento aparece un sentimiento, sin sentido, y tengo que bajar la vista, frotarme los ojos, quedarme quieto, simular que soy el mismo.

Sigo sin poder hablar de Bono.

6

Lo bueno de tener un hijo entusiasta e ingenuo es que me obliga a repensar todo, volver para atrás, releer los sentidos, aprender otra vez cómo se hacen ciertas cosas. Y jugar.

7

Ahora que el tiempo ahonda en su fuga, ahora que podemos decir, recordar, aquellos años en que todo era nuevo, rápido, inasible. Es ahora que siento que tengo un lugar, que sí que somos permeables, que sentimos el amor de poder vernos, besarnos o llorarnos.

Un día llegué a este lugar, y me fui quedando, pude sentirme bien, acompañado y estimat, fui entrando en un món nou, ple de coses novas, y que me abrió este espacio que creamos, un lloc diferent, donde ya mezclo o perdo les paraules. Tant fa!

Recordo el primer dia a Barcelona, ​​un dia gris de gener, donant un passeig al voltant de la plaça Catalunya. I em recordo perdut, sense saber què feia aquí. Vuit mesos més tard, a Buenos Aires, vaig tenir una sensació semblant, i sense entendre-ho, el cos em deia que el meu lloc no era més que l’espai que només jo podia crear.*

Y eso hicimos.

(homenaje a mi abuelo David)

*Recuerdo el primer día en Barcelona, un día gris de enero, paseando por la plaza Cataluña. I me recuerdo perdido, sin saber qué hacía aquí. Ocho meses más tarde, en Buenos Aires, tuve una sensación parecida, y sin saberlo mi cuerpo me decía que mi lugar no era más que el espacio que sólo yo podría crear.

Las Formas de la Felicidad 2

Es un placer anunciar mi nuevo libro. Esta segunda parte de Las Formas de la Felicidad no es sólo una continuación de otro libro, sino un complemento, tal vez más reflexivo. Un trabajo de tiempo, experiencias, alegrías, tristezas, que se reflejan en lo que expresamos. En cómo lo decimos.

Mi agradecimiento a quienes de alguna manera participaron en la creación de este libro: Yolanda, que despierta o dormida es mi guía; Biel, que me enseña cada día un Universo; Martina, que si supieras que las miradas que dibujás son penetrantes (y hablan), infinitas; Clara por ayudarme con la portada.

Y también a mi gran familia de Buenos Aires y Barcelona. ¡Los quiero!

Este libro está a la venta para quien lo desee. Precio: 5€ + gastos de envío, contactando a nicolas@nicolasfriedmann.com

Un pequeño avance:

El yo cambiante

     Todos los días me levanto a las seis y media de la mañana, hago pis, me cepillo los dientes y me meto en la ducha. Entonces es cuando me siento despierto.

     Me gusta caminar por casa mientras todos duermen, no porque me crea dueño del espacio, sino es la sensación raramente libre de esos minutos en que comienza a clarear el día. Y me preparo un café y miro las noticias en el teléfono, de pasada, apurando esos minutos hasta despertar a Biel. Y entonces todo cambia, se revoluciona el tiempo y el espacio. Y al rato despierto a Yolanda, y la mañana ya está completa para arrancar. Y hay unos minutos, o segundos, cuando mi mente empieza a hilar pensamientos- es un momento, casi un suspiro, en el que divago, es una deriva que une las mayores tonterías con las ideas geniales y grandes poemas que olvido a los pocos segundos, como hilos de palabras que nunca volverán.

LA MADRE HUIDA (LIBERACIÓN)

Dedicado a mamá, porque los sueños son el motor de la vida

Los hechos ocurrieron el 15 de febrero de 1938, en la ciudad de Buenos Aires. El verano, la lluvia, el barro acumulado en las calles, un bullicio sordo, son el acompañamiento de un acto tal vez heroico, tal vez estúpido, tal vez cargado de razón o de locura.

El 15 de febrero de 1938, Albertina Orestes, madre de cinco hijos, esposa de Ramón Jacinto Migraña, se fue de su casa. Una breve nota de despedida, sin explicaciones, sin remordimientos, sin duda. Un vacío.

Nunca más se supo de ella. Algún conocido decía que un amigo la había visto en un viaje a Europa, sentada en un café de París, o paseando por Hyde Park en una tarde primaveral. Conjeturas.

¿Cómo pudo Albertina hacer algo así? ¿Es que tenía esa capacidad de tramar, tan sólo de imaginar un acto semejante? Su marido pasó el resto de sus días haciéndose este tipo de preguntas. Todo el mundo se hizo estas preguntas, y no otras. La verdad es que muchas veces hay en la vida de las personas acciones como las de Albertina que son una respuesta. Un rumbo. Muchos años más tarde, Rogelio, uno de sus hijos, contó la vida de su madre en un intento de comprenderla, de saber qué había quedado de ella en él, además del olvido. Rememorar a la madre, a cualquier persona querida, hace que hasta los más pequeños sucesos sean importantes, por eso deberíamos intentar tomar el relato con la mayor objetividad posible, so pena de terminar amándola u odiándola. Porque Rogelio decía que su madre fue la mujer más hermosa de Buenos Aires. Y fue ese uno de los motivos de la huida, de la liberación, o de como quiera llamarse el irse.

«La imagen más fuerte que tengo de mi madre es ella en el lavadero, venga lavar ropa y putear por lo sucios que éramos. Yo tenía seis años, y la verdad es que cada vez que salía a la calle, después volvía negro de jugar por ahí. Salía con mis hermanos, que eran mayores que yo, y claro, me trataban un poco como la mascota.

Terminaba siempre rodando por el barro de la calle. Cuando llegaba a casa, mi madre me daba un sopapo y me quitaba la ropa a tirones. Después, venga lavar, y lavar. Eso era por la mañana, antes de ir al mercado. Nosotros vivíamos en las afueras, en Villa Urquiza, cerquita del tren. Ella también puteaba por el tren, y decía que alguna vez se iba a subir a uno y no volvería más, pero nunca le creímos. Tampoco teníamos conciencia de eso, digo, de lo que podía significar para ella lo que decía. Por la tarde cocinaba, preparaba la cena para cuando llegaba el viejo. Ellos se querían, eso creíamos mis hermanos y yo, y el viejo también, que se quedó de piedra cuando vio que mi madre no volvía. Pero eso fue más adelante, el 15 de febrero del treinta y ocho. Yo ya tenía diez años, y una cara de pavo que no te digo, por eso ligaba siempre cuando estaba con los amigos de mi hermano mayor. Mi padre llegaba casi a la hora de la cena, en invierno ya era de noche. Venía de lejos, trabajaba en el matadero, y llegaba cagado de hambre. El viejo era un buen tipo, pero a veces se pasaba un poco. No es que le pegara, pero ponía cara y decía cosas. Un día le dijo que la iba a dejar sin coger, por puta, o algo así. Es que en el barrio se conocía todo el mundo, y a veces se hablaba. La gente, que se inventa cosas. Yo no creo que mi madre tuviera un amante. En esa

época se pensaba en otras cosas. La situación del país y del mundo era un poco convulsa. Yo no tenía edad, de todo eso me enteré después, y vas atando cabos. El tema es que ella no era tonta, le gustaba leer novelas, y las revistas también. Leía mucho, y tal vez por eso empezó a soñar. Eso no me lo dijo nadie, pero yo la imagino soñando con un mundo distinto. Alguna noche que el viejo tenía turno de noche, ella encendía la radio y bailaba, se ponía algún vestido, y yo me quedaba mirándola, era raro, porque era ella y no era ella. El brillo de sus ojos. Pero no le dijo a nadie lo que pensaba hacer. Por lo menos no a nosotros, ni al viejo, claro. El tampoco habló de eso después. Mis hermanos muy poco. Me acuerdo del año pasado, cuando murió el viejo, estábamos todos y se me ocurrió nombrarla, y me miraron con odio. Tal vez la odian, si todavía vive. Yo no le guardo rencor. Tuvo su razón, y se fue. Entre las cosas que dejó el viejo encontré una carta, sin fecha, una carta de ella donde le dice muchas cosas. Podría ser de cuando ya no estaba. Que si él no había sido bueno, que era un putero, que nunca le dio una oportunidad. Que ella también era una persona y que tenía sentimientos. Hay tantas cosa que no entiendo, que el viejo no entendió, y que mi madre seguro que tampoco. Cuando alguien hace algo así, irse, es algo deseado, pero nunca pensado, no se puede tener la mente tan fría.

Éramos sus hijos. ¿Y si ya está muerta? ¿Y si ya perdimos esa oportunidad de arreglar las cuentas? Durante años y años quise pensar que se había ido a bailar a Europa, a esos lugares que ella nombraba las noches de radio, a que sus ojos brillaran como esas noches, con su copita de anís.

Una vez, durante la guerra en Europa, salió una foto en el diario, era un puerto. No se veía muy bien, pero dentro del gentío que salía había una mujer que parecía ser ella. Creo que el viejo la vio, la foto digo, porque estuvo unos días sin hablar, ensimismado. Fue entonces que se corrió la voz de que se había ido a luchar en la guerra, con la resistencia francesa. Pero yo prefería mi versión. Además, tenía más glamour, y cuando me preguntaban en la escuela, los dejaba parados a todos. A medida que fueron pasando los años dejé de hablar de ella, o me olvidé. Tenía que ser fuerte. Me casé, tuve dos hijas, en el trabajo me fue bastante bien, y el año pasado se murió el viejo. Y llegó una corona sin nombre. Fue cuando la nombré. Desde ese instante no pude quitarla de mi cabeza. Es como cuando te acordás de cosas de chico, algo que no entendías, y te reís. La diferencia es que sigo igual. Estoy seguro que la corona la mandó ella. Tal vez no se fue de Buenos Aires. Podría haberme cruzado con ella muchas veces, hasta viajado en el colectivo sentado a su lado. Puede no haberse ido nunca, casarse otra vez, vivir en otro barrio, tener otros hijos. Otra vida. El viejo se murió con esa pregunta en su interior.

Y a mí me carcome».

BONO DICE ADIÓS

Lo recuerdo, siempre lo recordaré. Mi cuerpo tendido en la camilla, todavía caliente. Yo me iba alejando, en una levedad que nunca antes sentí. Nicolás entró con la doctora. Ella le explicó que ya lo había hecho, que yo ya no estaba allí. Nicolás asintió, es lo mejor, dijo, no sufrió, no? No sufrió. Pude ver su cara, serio. ¿Puedo? Si, claro. Y me acarició, y me susurró un adiós desde adentro. Después, por un instante, no pudo moverse. Sé que se hubiera quedado horas, mirándome, acariciando mi panza suave. Pero el lugar era frío y acéptico. Nicolás dio las gracias a la doctora y quiso salir corriendo, pero tuvo que pagar por la inyección que me dieron. Yo, sin quererlo, lo seguí en mi levedad, lo acompañé caminando por la calle, rápido, queriendo llegar a algún lugar. Paró. Llamó por teléfono a Yolanda, pero no podía terminar la frase, ahogado. Sentí un poco de pena por él, y también cariño por toda mi vida a su lado, al lado de Yolanda, viviendo esas vidas paralelas de los gatos y las personas. Ellos sufrieron, yo sólo los últimos días.  Hubiera dado mi otra vida por decirles algo: estoy bien. Ahora me toca vivir la levedad y extrañar las caricias, los juegos, y por qué no, alguna reprimenda. Sé que ellos, al nacer Biel, cambiaron un poco. Biel también fue un poco mío. Algún día le contarán que a veces dormíamos juntos, que me encantaba acostarme en su cuna, sentir su olor, saberlo cerca. Desde este otro lugar me gusta acompañarlos. Ellos intentan no recordarme, porque duele. Y por suerte está Biel, llenando los espacios que también me faltan a mí. Sé también que sólo era el gato, no voy a comparar. Pero nos queda el vacío, los momentos vividos, atravesar toda una vida juntos, sentirme acompañado. Ellos lloraron esta pena intentando que Biel no se diera cuenta. Y Biel hizo como que no sabía. Las heridas se cierran, ya sólo soy ese recuerdo, esa brisa de los años que pasaron, mis pelos que aparecen en la ropa, el no estar cuando vuelven de vacaciones. El silencio.