Exégesis

Producir literatura. Hacer de un texto lo que llamamos poesía o cuento. Jugar con las palabras y dejarse llevar a través de ellas. Identificarse o rechazar. De este lado de la hoja, la necesidad de expresar, de decir,  de sentir, de ubicarse en el espacio, de producirnos y comunicarnos. De vivir. A través de y por la ficción. Relacionándonos con nuestros/ vuestros discursos. Si la vida fuera otra cosa no escribiríamos. No tendría sentido escribir (si lo tiene). Ahora, si esta ficción cobra vida en quien la lee, como parte de ellos, si forma parte de alguien después de leído, estará cumpliendo su (sin(razón  de ser. Formar parte de. Crear nuevas textualidades. Provocar sensaciones.

Natalia Marcet/ Nicolas Friedmann

Hay cosas en la vida que nunca pensaste que harías, y otras que hacés y nadie (o casi nadie) haría. Y otros pensamientos inútiles

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Este es un libro de influencia japonesa. Un cierto aire minimalista y, seguramente el palillo que le da estructura a esta imagen de levedad lo atestiguan. También es sostenible/sustentable, porque estoy reciclando el exceso de uso de madera de los restaurantes orientales.

El contenido, es otra cosa.

1

Hay cosas en la vida que nunca pensaste que harías, y otras que hacés y que nadie (o casi) haría.

Cuando a los 13 o 14 años saqué mis ahorros del cajón y me compré una pirámide de aluminio para meditar, me pareció lo más normal del mundo, pero tiempo más tarde me di cuenta de que, por lo menos en mi círculo de gente, tenía cierta rareza. Y, para no faltar a la verdad, más allá de la dificultad de orientar la pirámide al norte por el espacio que tenía en mi habitación, la carne se pudría ahí adentro (era una de las pruebas energéticas del libro de instrucciones, la carne se momificaba).
Un año le pedí a Yolanda que me regalara un Diccionario Enciclopédico. Obviamente es un objeto en desuso, pero que me sacó muchas veces de dudas semánticas, ortográficas, y también históricas.

Cosas que nunca pensé que haría: vivir en un país diferente al que nací, ser vendedor, sentir placer al contestar de forma agresiva y desafiante a los que te quieren vender algo por teléfono, sentirme un señor, cagar en un árbol como un perro (sólo una vez, hay que decirlo), llorar desconsoladamente cuando murió mi gato.

No es cuestión de hacer listas, pero las cosas están ahí, y nos van moldeando. También pasa que te acostumbrás a situaciones que podríamos llamar de mala suerte, y cuando ya estás resignado a tu sino, la sorpresa es que no se retrasó el avión o que pudiste hacer un trámite a la primera. Y esa sensación de triunfo es una mierda, porque es la anomalía de una anomalía. Como cuando el fin de semana es soleado, o (peor) cuando alguien encuentra un trabajo teniendo que aceptar las condiciones paupérrimas de principios del siglo XXI.

2

El 99% de las ideas que tengas ya están inventadas

Debe ser la mentalidad abierta de los nuevos mundos (vistos desde Europa), la necesidad para salir de la pobreza, o la propaganda del modo de vida americano. O la suma de todos estos factores. La cuestión es que vengo de un país donde muchos piensan, y sueñan, con ese gran negocio, o invento, que los jubile para siempre.

Está lleno de ejemplos de las casualidades que coinciden en la aparición de algo nuevo (hasta para los científicos), pero esta es una razón de la que se llenan los entusiastas para seguir probando. La verdad es que si buscamos la probabilidad de que un simple mortal como yo pudiera hacer, o encontrar, el negocio del siglo, es bastante baja.

Ya en siglos precedentes ocurría que algunos descubrimientos científicos se hicieran prácticamente al mismo tiempo aunque en países o continentes diferentes, sin posibilidad de comunicación y sin conocerse ni saber antes en qué trabajaba ese otro inventor o científico. Después, uno se quedaba con la gloria, o con el negocio, y de esta forma se alimentaban los rumores del estilo de “en verdad X no descubrió los rayos…, sino que fue Y, que lo jodieron para siempre”.

Cada vez que alguien me dice que busca el negocio de su vida, tiemblo, porque no es lo mismo decir que se te ocurrió algo a decir que se te ocurrió que querés que se te ocurra algo.

Recuerdo hace años, uno de mis primeros viajes de trabajo. Me dio por hacer fotos de las vistas que tenía desde las ventanas de los hoteles. Al principio me pareció divertido, hasta que me di cuenta de que la mayoría de esas vistas eran feas, desasosegantes, depresivas. Y las fotos de baja calidad. Curiosamente, un par de años después, encontré un libro de un iluminado como yo que había hecho lo mismo, con la salvedad de que ese señor sí era fotógrafo (o eso recuerdo). Primero me dio bronca (me habían robado mi idea!). Después sentí pena por los dos.

Un día miré las probabilidades de ganar los diferentes tipos de loterías. Para apuestas de cinco o seis números era de una entre trece millones! Pero como somos seres irracionales e impulsivos chocamos siempre con la misma piedra.

Yo, por si acaso, siempre juego un numerito.

3

Cuando te das cuenta de que los años pasan (bueno, ya pasaron)

Aunque es un proceso largo y continuo, a partir de cierto momento empiezan a pasarnos cosas que nos dicen que ya no somos jóvenes. De unas ni nos damos cuenta, y las otras no queremos verlas. Pero están ahí, un poso que se asienta como los kilos o las arrugas de nuestra cara.

-Cada renovación del carnet de conducir.

-No ves nada, o si ya no veías nada, te agregan dioptrías de lejos o cerca. Éste es un punto al que nos resistimos de forma estoica y miope.

-Te nombran presidente de tu comunidad de vecinos. Conlleva haberse comprado una vivienda, que cuenta para los clase media que nos creíamos libres.

-Tener más de dos cremas no medicinales

-Tu primer dolor lumbar/ciática.

-Te asustás al ver las fotos donde hay pelo donde ahora ya no.

-Antes hacías una fiesta en tu casa y los vecinos se quejaban. Ahora es al revés.

-Tu hijo crece.

-Hay padres de sus compañeritos del cole que son más jóvenes. ¡Y se nota!

-Tu hijo te dice que sos viejo.

-Sos el referente de tu hijo

-Contar los años que faltan para la jubilación (los que puedan jubilarse, claro).

–¿Una discoteca? ¿Qué era eso?

Bodas de plata, aniversarios de más de dos dígitos, etc.

La lista puede ser infinita. En el fondo, y para no dramatizar, lo más importante es cómo nos lo pasamos.

Ahora tenemos experiencia.

4

Digitalia, ese mundo verdadero

A veces parece que cada vez vivimos más en ese otro mundo de lo digital (teléfono, Internet, televisión) que en lo que llamamos mundo real. Es más fácil y más rápido decirle las cosas a alguien por mensajes o mails o en las redes sociales así se entera todo el mundo, porque la vergüenza, la cara de tonto, o el titubeo de una conversación desaparecen, y si queremos que sí se sepan, tenemos a manos cientos de emoticonos. Y somos más valientes. A veces, al salir a la calle, me siento desnudo y desprotegido. ¡Si hasta se ve mejor un partido en la tele! Estamos en contacto con todos nuestros amigos de forma inmediata y nos aligera la vida. Sí.

Viendo algunos programas de televisión, a veces me da la sensación de ser un imbécil y subnormal social, porque no soy capaz de decirle a la gente, cada vez que los veo, lo que pienso de ellos. ¿Será así el futuro, una especie de gran reality por Facebook, Twitter, Youtube? Ah, no, eso ya es el presente. El pasado, por lo visto, soy yo. Estoy escribiendo esto en un papel, mi letra ininteligible. No se lo cuenten a @nadie.

Al final, si todos reaccionamos, o nos transformamos ante una cámara, ya no será nada especial, sólo un video más navegando en la nube que mañana nadie recordará. Como la vida misma.

5

Por qué nunca sabemos nada pero al mismo tiempo sabemos todo (y eso sin cambiar la cara de tonto)

Experiencia 1: todos conocemos al sabelotodo o marisabidillo, esa persona que te arregla el mundo en un segundo, porque tiene claro los problemas que le aquejan al país, todos los corruptos que nos rodean, todos los famosos que son gays y no lo dicen, o que están arruinados y no lo dicen, o que son drogadictos y no lo dicen, o que tienen cuernos y no se dan cuenta. Y a veces todas las cosas juntas. La realidad se presenta para él como un hecho paranoico. Y nos lo hace saber todo el tiempo.

Cuidado con éstos, que te dicen que te arreglan un escape de agua y al final te dirigen acodados a la pared con una cerveza en la mano.

Experiencia 2: en el fondo, todos sabemos más o menos que la realidad es imperfecta y mejorable. Nos indignamos con guerras y otras injusticias, despotricamos contra los que nos roban a nosotros y a los otros. Tan tontos no somos como para no darnos cuenta de que nos enteramos de la mitad de las cosas (¡con suerte!). Lo pensaba el otro día viendo un programa de televisión. Da igual de qué hablaban, pero esos periodistas y opinadores amenazaban con contar una verdad que ellos conocían, pero la audiencia no. Como toda la vida, la plebe traga lo que sea. Por supuesto, no contaron nada. Otras veces, al saberse una noticia, dicen que ellos lo sabían desde hacía varias semanas, o meses (ya me lo decía el sabelotodo).

Entonces va Biel y me pregunta: ¿Por qué se pelean esos señores de la tele?

6

Cuando nos sentimos turistas en nuestra ciudad es algo extraño

Creo que son momentos, inesperados, en que nos puede sobrevenir esa sensación de turista, o extranjero de tu propia ciudad. Lo contrario sería llegar a un lugar y que te sientas como en casa. Como oler algo conocido.

Me ocurrió hoy cuando me senté en la terraza de un bar y pedí un café. Debió ser el calor sofocante de las diez de la mañana y los olores del Raval pululando. Y me sentí en otro lado, como si estuviera en El Cairo u otra ciudad de agostos imposibles, pero sabiendo que estaba en Barcelona. Indescriptible.

Pero la primera vez que tuve esta sensación dual (sé donde estoy, pero me siento extranjero de mi mismo, es decir, de mi lugar) fue cuando tenía diecisiete años. Viajaba a Israel con un programa del gobierno israelí que después me di cuenta de que era de captación de jóvenes a su causa (sin comentarios). Ya no recuerdo el día exacto, tal vez veinticinco de diciembre del ochenta y seis, pero eso está en las hemerotecas porque hubo un atentado en el aeropuerto de Roma. A las dos horas de vuelo desde Buenos Aires, dimos la vuelta y de repente volvíamos a estar en nuestra ciudad, aunque nos pidieron que no llamáramos a nuestros familiares. Nos alojaron a todos en el Hotel Colón, con vistas al Obelisco. Creo que hasta nos dieron dinero para cenar. Fue fascinante caminar por las calles de Buenos Aires como turista, una sensación extraña de libertad. No teníamos conciencia de que nuestro avión se dirigía al aeropuerto de Roma, y nos dejaron en nuestra burbuja. Nosotros ya estábamos de viaje. Redescubrimos nuestra ciudad como si fuéramos otros, cuando estábamos por descubrir el mundo.

7

No sé si prefiero que sea un tonto o un hijo de puta

No voy a descubrir nada nuevo, pero el mundo está lleno de gente mala, por decirlo de alguna manera. Son esos especímenes que disfrutan con el maltrato, con la vejación, con la burla hacia el más débil. Estoy hablando de gente a primera vista normal, que en algún momento delatan su condición, y a veces por la sorpresa, porque uno espera que el otro se defienda, o por vergüenza simplemente, no hacemos lo que nos pide el cuerpo, que es darle un buen sopapo. Yo soy más bien pacifista y antiviolencia, pero si algo me da ira, es esto. Y más tarde pienso: ¿es un tonto que no se da cuenta, o un hijo de puta que no se reprime, o no quiere reprimirse? Porque a veces creo que mejor que sea alguien que por falta de capacidad no sepa el mal que hace, pero por otro lado, me gustaría que fuera un real hijo de puta para poder pelearme de verdad.

Recuerdo hace muchos años, que con un amigo defendíamos mucho a un compañero en un viaje, porque le hacían demasiadas bromas. El chico estaba por debajo de la media, pero le tiraba más ser parte del grupo, aguantando lo que le caía, a cualquier coste. Nos dimos cuenta de que estábamos fuera de juego.

A veces, todo es muy raro e incomprensible.

8

No me gusta Julia Roberts

Me gusta el cine. Es más, me gusta casi todo el cine: películas de culto, los clásicos antiguos y modernos, las del oeste, las de acción, las de ciencia ficción, las comedias y las dramáticas, y las románticas. Me trago todo. Y ya desde pequeño me enamoraba de las protagonistas. La primera, creo, una nena rubia norteamericana de una película que no recuerdo bien. Juvenil. Me había quedado una imagen idealizada y bucólica que se rompió unos pocos años más tarde cuando volvía verla: mala peli, moralista, y lo peor, no lograba entenderme a mí mismo.

¿Qué tiene que ver esto con Julia Roberts? Tal vez un camino al revés, aunque no tanto. Nunca me gustó, es un tipo de mujer que no me atrae, esa boca enorme, esos ojos que tal vez en otra cara sean más expresivos. Si la conociera diría que es una cuestión de piel.

El caso es que en alguna de sus películas pude ver a la actriz, y no me pareció mal. Así que mi imagen de esta señora es la de una buena actriz sin sex appeal.

Todo esto me lleva a pensar que sí, yo me enamoraba de las actrices en una película, pero a la siguiente ya no. Es como aquel filme que te parecía tan bueno y cuando volvés a verlo te decepciona. Esta tontería me hizo ver el cine de forma diferente, huir del fetiche.

Pero siempre quedará Ava Gardner.

9

¿Tengo un “don” o soy un friky?

Uno tiende a pensar que en la vida todo tiene un sentido, que hacemos las cosas que hacemos porque hay un destino escrito que nos espera. Mentira. Les voy a contar una cosa: tengo un don. Lo mejor de todo es que no sirve para nada, pero lo tengo. Y debo vivir con ello.

Da un poco de vergüenza, pero es lo que hay en el reparto de cualidades humanas (o sobre humanas): cuando veo un partido de fútbol, lo normal es comentar lo que va pasando, una jugada, esas cosas. Entonces yo digo algo del estilo de: “el jugador X no está adaptado al juego del equipo”, o “esta jugada me recuerda la de hace tres años en el Heliodoro Rodriguez”, o “esa forma de patear la inventó Y en el 57”. A los cinco segundos, el comentarista dice lo mismo que yo. No las mismas palabras, pero dice lo mismo.

Por la razón que sea, en mi memoria se fueron quedando esos datos inútiles que alimentan (via hemerotecas, ahora googles) a los comentaristas deportivos y por lo visto, a mí también. Que repitan lo que yo digo parece divertido, pero luego pienso que si no tienen nada mejor que decir que uno que lo hace desde el sofá rascándose el pie (o lo que sea), es desolador. Y lo que sería un don (adivinar lo que dice otro a los cinco segundos), se transforma en una “frikada” llena de lugares comunes.

Eso sí, cada tanto puedo contestar una pregunta difícil al Trivial.

Restos Virtuales de mí. Textos

1-

En un futuro lejano, me veo caminando por un desierto naranja interminable, donde el calor parece presionarte hacia el suelo.

Pero estoy en casa.

2-

Cuando estamos lejos hablamos como cada día, hola qué tal? Y hacemos como si nada. Pero no puedo tocarte.

3-

La verdad es que sí somos viajeros del tiempo. Lo perdemos. Lo perdemos.

4-

Cuando estoy solo me escondo, busco ser invisible. A ver si se encuentran mi estado y mis sensaciones.

5-

Cada vez hay más cosas que me dan ganas de llorar.

6-

A veces, la vida es como un sueño, donde perseguimos algo que no logramos alcanzar.

Entonces despertamos.

7-

¿Y si existieran los monstruos del espacio?

8-

Al final, algunas cosas me van quedando claras: no tomarme demasiado en serio; no tomarme las cosas que pasan demasiado en serio; seguir buscando lo esencial (que por supuesto no existe, es la suma de todas las pequeñas cosas).

9-

En el colmo de la contradicción, nos inventamos historias bonitas para olvidar que también somos crueles y vanidosos.

10-

Parar, apagar la luz, intentar ver las estrellas.

11-

El amor más verdadero que conozco es el de una madre o un padre a su hij@. Y el miedo, a dejarlos, a que se queden solos.

12-

Termina un año. Comienza otro. Entonces pensamos que todo puede cambiar aunque nada pase. (pero al día siguiente el sol de la mañana te da en la cara, y esa brisa transforma tu humor, sin saber por qué).

Diez ventanas

1

Mirar por la ventana el tumulto de la calle. Saber que allá abajo pasa algo, que baje al bar. Y el paseo de los perros. Y hasta cuando no hay nadie que sobresalte el calor del mediodía o el silencio cómplice de la noche. Enton- ces imagino. Todo lo que no sucede en la calle está encerrado en paredes, o en estadios llenos de gente, anónimos que gritan. Desde al lado llega un gemido que no distingue el placer del dolor. Y enfrente una televisión encendida colorea un concurso caduco. Por suerte el vecino del sexto pone clásica en el CD, y la vigilia se hace amena y tranquila. La inocente paz que se respira es sólo una tregua que da paso a otro día, porque nunca se sabe cuándo terminará esta felicidad, o cuándo el tedio llenará mi cuerpo para querer salir y chocar con el mundo. O lo fácil que es esperar que un hecho suceda, sin moverse. Esperar que el rosal florezca, que la humedad baje, que me digas te quiero, que la brisa me abrace. Esperar que las cosas pe- queñas den sentido a una vida. Esperar que las grandes aparezcan. Esperar es una palabra vil, pero feliz a veces. Esperar que salga el sol por la mañana, o que llueva torrencialmente. Esperar mi movimiento cuando no sale. Apacible espera de un pétalo, un beso y una mirada.

2

A mí, es que me da vértigo cualquier altura, pero a Joaquín le flipan. No hay cornisa ni terraza ni precipicio al que no se asome. Es como una enfer- medad. El dice que así se siente vivo. Y le creo. Antes iba con él, lo acompañaba a los lugares, hasta nos divertíamos. Pero siempre había, llegaba el momento en que encontraba ese sitio a donde yo no quería ir. Me entraba como un picor en el estómago, se me achicaba, y ya no podía pensar. A Joaquín le divertía. El se reía a mi costa. Y digo se reía, porque dejé de ir con él. No lo aguanté más. Claro, empezó con el puenting, siguió con el parapente, y al final la caída libre.

Sorpresivamente, cuando lo dejé de ver fue cuando comencé a compren- derlo. Digo, eso de ponerse en un punto en que te estás por caer, o que caes y algo te sostiene. El peligro. La adrenalina. Todas esas cosas que se dicen son válidas. Y también la libertad. Ese sentir que uno es libre aunque sea esos segundos en que el aire es el único testigo. Después se me ocurrió pensar que lo que le pasa a Joaquín es que le gusta esta forma de divertirse porque se siente atado en su vida. Las obligaciones, la familia, y los amigos como yo a los que nos gusta más bien la paz de un sillón mullido. Entonces, para descargar toda la ira que lleva adentro, Joaquín busca espacios vacíos por los que tirarse. Por supuesto que no quiere matarse, pero al existir esa posibilidad se siente diferente. Como si hubiera elegido ser torero, o algo así.

Lo que es seguro, eso sí, es que Joaquín se realiza cada vez que se trepa a un tejado o que se tira desde un puente asido a una cuerda. Qué se le va a hacer. Ahora casi no lo veo nunca, pero aprendí a saber que su forma de vida es la más segura para él. Y le crecerán alas.

3

Desde tiempos inmemoriales, la razón de mucha, muchísima gente, fue el tener hijos. Procrear, hacer nuevas vidas, darles hermanitos a los hermani- tos. Ser numerosos. Sé que hoy en día no tiene muy buen ver está visión de las cosas, pero en el fondo a la mayoría le hace ilusión el ver reflejado en otro ser humano a sí mismo. Ese “es igualito al padre”, o frases por el estilo, son de un trasfondo feliz para quien las recibe. La naturaleza humana. La cuestión es formar una familia. Es lo que le pasó a Carla hace unos años: ella era una chica liberal (perdón, progresista), que vivía en pareja con su novio Juan Antonio, también progre (o liberal). Todo marchaba sobre rue- das hasta que un día, en una cena familiar, a una tía-abuela pesada se le ocurrió preguntar que para cuando el casorio, que sino a Carla se le iba a pasar la edad de tener retoños. La broma fue festejada, sí, pero por la noche, después de un polvo liberal, Carla tiró la pregunta: ¿te casarías conmigo? A partir de aquí ya se pueden imaginar. Idas y venidas y discusiones y un poco de pelea hasta que los dos se dieron cuenta de que su forma de vivir ya los convertía en una familia, y que después de todo, darle una ale- gría a los viejos no estaba del todo mal, y que, además, el estar casados les convenía en materia fiscal. Conclusión: boda al año siguiente (por la iglesia, por los viejos), y un Juanantonito al cabo de año y medio.

Ahora Carla y Juan Antonio son felices, acumulan algunas deudas, dejan a su niño en casa de los abuelos cuando se tercia una noche de marcha, y piensan que lo más importante en la vida ha sido darle a este mundo un ser destinado a ser médico o abogado o ingeniero. Serán unos padres liberales (o progres) y dejarán que su varoncito traiga a cenar a la novia cuando sea adolescente. Se preocuparán por el tema de las drogas y del sida. Y hasta darán dinero a una ONG.

Hace bastante que no veo a Carla, está muy ocupada. Y Juan Antonio tam- bién. En verdad no es que no los vea porque ellos no me llamen. Lo que pasa es que cuando nos encontramos, lo primero que me preguntan es que para cuando yo. Tiemblo.

4

Mi amiga Rebeca tiene una filosofía muy acorde con los tiempos en que vivimos: vive y deja vivir. Después de pasar por muchas formas de pensar cómo debía ser el compromiso ante los hechos que se suceden en nuestro existir, decidió que eso era lo suyo. Y encontró la felicidad. La particularidad de su “vivir y dejar vivir” es que Rebeca lo tomó en sentido amplio, y si bien ideológicamente está de puta madre, cuando nos adentramos en las cosas prácticas, le trajo algunos desentendidos. No por esto dejó de ser tan feliz como lo es, hay que aclararlo.

Todo esto sería una tontería sino fuera porque un día me dejó plantado en plena mudanza porque le apetecía, o que le llevó un par de días tarde a Carlos los libros indispensables para su examen (el tiempo justo para comprobar que ya lo había hecho fatal). Claro, no se le puede exigir algo que lo hace de favor. Rebeca es tan buena y simpática, que se lo perdonamos todo. Al fin y al cabo, es nuestra amiga, y un error lo tiene cualquiera. Además, cuando me enojo, o se enoja Carlos, ella, u otro, se encargan de mostrarnos nuestros propios fallos, y nos sentimos idiotas. Tal vez se trate sólo de una forma de egoísmo que no sabemos comprender, o es que estemos (esté) tan equivocados, y que ella tenga razón. O es su carácter, con lo cual ya no se puede hacer nada.

No hay problema. Yo le seguiré haciendo favores, correré a buscar eso que le falte, intentaré contentarla con las cosas que ella haga. Y lo mismo con Carlos y los demás. También es cuestión de carácter.

Ah, Rebeca se quiere apuntar a un viaje solidario a Guatemala. ¿Con eso bastará para tener la conciencia tranquila y seguir con el “vivir y dejar vivir”?

5

Antes, la realización de una vida se conseguía por medio de grandes actos, grandes pensamientos, o grandes fracasos (¿por qué no?). Hoy en día, esta- mos convencidos de que seremos felices logrando esa consecución cotidiana que nos redima de un día, o una vida, que no va a ningún lado. Realzamos el placer de un instante, tal vez un momento, y nos quedamos tranquilos.

¿Cuál es la mejor forma de vivir? Un interrogante difícil, y determinado por cada época. Yo, por ejemplo, me alegro de vivir una tarde sentado en una terraza viendo el ocaso, o intuyo una brisa en un poema. Pero luego me atrapa la zozobra de no saber para dónde estoy caminando, ni siquiera el por qué. Y en los ratos de lucidez pienso que a través de esas pequeñas acciones llegaré al objetivo final de mi propia vida. Es demasiado trascen- dental, lo sé, pero a algo hay que aferrarse. Me lleva a pensar en todos aquellos que quieren llegar a su destino sin caminar el largo trecho que les queda, como si tuvieran pereza, o la sensación de que sólo sabiéndolo ya es suficiente. Lo contrario sería entrar en interminables batallas contra uno mismo que no nos llevan a ningún lado.

¿Existe entonces una forma de la felicidad? Tal vez sea esa mentira piadosa sobre la cual nos creamos nuestro pequeño mundo, nuestro castillo encantado.

6

Bueno, siempre soñé con ser escritor, y lo que me hubiese gustado es tener un despacho con una gran biblioteca al fondo. Mesa de roble, sillón mullido, y un cierto desorden adrede, como quien no quiere la cosa. Como colofón, un gato que se paseara como el dueño del lugar. Y pasar las horas meditando aquella gran novela por escribir. Qué vida. Por las mañanas, me traerían el chocolate caliente en un gran tazón, para tener fuerzas durante el duro trabajo de hacer feliz a los demás. La barba a medio crecer, aunque sea sólo para hacer juego con la pipa (con el humo de la pipa).

Nunca le pedí demasiado a la vida. Mi fracaso es no haber conseguido este sueño que me persigue. A veces creo que es inútil, que los deseos son películas sin hacer, novelas inconclusas, y que las utopías de juventud quedan en esa zona de nuestras vidas en las que olvidamos entrar con asiduidad para ver a lo que hemos llegado. A dónde hemos llegado.

Además, nunca pedí la fama. Con un pequeño reconocimiento del mundo literario me hubiera bastado para trabajar con tranquilidad. Ya he dicho que era un sueño de mis años adolescentes. Con esos poemitas que leía a las chicas que terminaban aburriéndose de mí. Si hasta la profesora de lengua de tercero me miró con cara de sorpresa y sarcasmo cuando le comenté con pudor mis planes de vida. Ni siquiera ella creía en lo que enseñaba. Ese fue el principio del fin. Ahora me queda la vaguedad de un despacho soñado y un gato que cuide los tesoros que no escribiré.

Hace un par de días, Javier, mi hijo, me confesó su amor por las artes. Me dijo: papá, quiero ser poeta. “Te lo prohíbo. ¿Me escuchás? Buscate algo con salida. Pensá un poco”. Esa fue mi respuesta. Estoy acabado.

7

A la hermana de mi amigo Rubén se le ocurrió un día que quería ser can- tante de un grupo de rock. Así que dejó de lado la falda plisada del colegio (tenía dieciséis años) y se calzó los jeans elásticos y la camiseta con el es- tampado de “Metállica” de Rubén. María Ángeles, que es como se llama la hermana de Rubén, no tenía ni puta idea de cantar, pero logró rodearse de un grupito que no lo hacían nada mal.

Los primeros días de resaca de calimocho los superó gracias a la utilización de los métodos aprendidos en la terapia que le pagaban los padres, y que consistía en mirarse al espejo y decir: estoy genial, soy la mejor. La idea de una vida marginal y rebelde la seducía tanto, que aceptaba cualquier cosa con la naturalidad de su ingenuidad. Probó de todo, hasta los insultos a los padres, porque hay que mantener la imagen. Una vez, estuvo quince días sin bañarse, sólo para que su cabello antes liso y sedoso, adquiriera la textura deseada.

Todo esto a Rubén le asustaba un poco. A él, el rock le parecía muy bien, y era la música que más escuchaba, pero que su hermana tuviera esos hábitos tan de otras épocas ya era algo que no podía admitir. Intenté convencerle que a la pobre María Ángeles eso era lo que la hacía feliz, y él no era quien para ir a decirle lo que debía o no hacer. “Es que es mi hermana”, me replicaba con cara de castrador compungido.

Un día, María Ángeles rompió todos los discos de rock duro, y se alistó al club de fans de las Spice Girls o de los Back Street Boys (qué más da). Rubén sufría ahora al ver tan despechugada a su hermanita, y me decía que la prefería sucia y rockera. Entonces comprendí que mi amigo Rubén tenía una faceta incestuosa, o que era un idiota.

8

Una noche en que festejábamos algo (no recuerdo qué), encontramos con unos amigos un montón de juguetes y de objetos, entre ellos un diario. Así supimos, o imaginamos, que todo aquello perteneció a una niña, y nos estremecimos. El diario llevaba la fecha de ese mismo año. Pienso ahora si esa niña ha sido objeto de un simple error (tirar a la basura su diario junto a juguetes viejos) o de una calamidad. Pienso que esa niña, o tal vez todos los niños, nos enseñan tantas cosas desde su ingenuidad, que es para asustarse (de nosotros).

“Jueves 15 de junio de 1995.

Hoy ha sido el mejor día para mí: he celebrado mi cumpleaños. Aunque no lo sea aún. Hemos ido al Mc Donald’s con mis mejores amigas: la Judith, La Rosa, la Marta, las dos Sandras, la Beti, las Griño, y las González, la Lorena y por último la Patricia.

Ha sido muy divertido y lo mejor es que dentro de dos días tengo otro cum- pleaños. La única cosa fastidiosa es que me hicieron una trampa.”

“20-10-95 Ya que hace meses que no escribo, escribiré desde hoy. Hoy ha sido un día como los demás en el colegio.

Pero estoy un poco triste porque hace dos días una profesora me quitó la cosa que más quería en el mundo: mi pingüi. Dice que no sabe si me lo de- volverá o no. Pero por otra parte estoy feliz ya que mi coche teledirigido de 9 años ya funciona como siempre aunque no tenga mando.

En el cole hay una niña que primero se le murió el padre y ahora la madre está en el hospital.”

“21-10-95

Hoy estoy algo confundida, no estamos ni en noviembre y ya ponen las luces de navidad.

He arreglado mi coche teledirigido, ahora se le encienden las luces.

El lunes me quitarán mi tele que es muy grande. Traerán otra. Yo no quiero porque me la quiero mucho, pero no se puede pedir todo en la vida.”

“15-10-96

Le podría decir que hace 1 año que no escribo. No tengo tiempo.

Hace algunos días nos cambiamos todos de cole. Al principio me costó acostumbrarme, pero ahora más o menos ya ha pasado. Ahora cada tarde nos tenemos que quedar solos porque mi madre se queda más tarde al trabajo.

Hoy todo ha ido bien. Por cierto, hay un niño en el cole que me gusta. Se llama Xabi. Aunque no sea la única a quien le guste ese niño.

De momento me gusta tal como van las cosas.

Hay una cosa que no entiendo. Hace un año me quitaron a mi hermana y pusieron otra tele en lugar de ella. Ahora mi hermana gemela está en casa de mis abuelos y soy la que me la conozco mejor. Será de familia.”

9

Hay que decirlo: hay gente masoquista. Sí, les gusta sufrir. Les encanta que las cosas salgan mal, especialmente a ellos. Los más conocidos son por supuesto los masocas sexuales, esos a quienes les da morbo que les peguen y lastimen. Pero también los hay de otras clases. Por ejemplo los políticos, a los que les va eso de ser calumniados y castigados de todas las formas posibles, y con merecimiento. Una vez me dijeron que no podían ser masoquistas porque esos listillos se forran a costa nuestra. Mi respuesta es que las consecuencias no son parte de la descripción del comportamiento.

Otros masoquistas son esos que se buscan trabajos donde puedan ser vilipendiados a placer por un jefe déspota e hijoputa. Y cobrar poco. También les gusta ser despedidos y así quedar sin trabajo y desguarecidos ante la vida. Ello lleva al castigo familiar por perder el sobrevalorado puesto de trabajo. Y así continuamos.

Los masocas rebeldes, por ejemplo, son esos que se quejan y parecen que van a explotar y mandarnos a tomar por culo, pero siempre se lo guardan. Esta relación se da bastante entre amigos, y en muchas parejas. No sé por qué, pero es así.

Podría hacer una lista infinita, pero sería aburrido. Qué sé yo, están los que gozan haciéndose llagas después de estar cinco horas comiendo pipas, los que se agarran los dedos en las puertas, los que comen porquerías (¿eso es masoquismo?), los que sueñan que los violen, y un largo etcétera.

Hay que entender que ésta es una conducta que busca la felicidad para quien la practica, y que es tan humana y normal como besarse y acariciarse. Quien lo consiga, bienaventurado sea.

10

Hay personas a las que la felicidad rehuye de manera continua. Son los desdichados. Como si lo suyo fuera mirar desde fuera, cualquier acción placentera, o recompensa a un esfuerzo, o una estabilidad general, le pasa de lado. El infeliz sabe que su número no es el ganador, o que si lo es, ya vendrá aquel cuervo que se lo lleve todo. No le es suficiente con tener malas relaciones familiares y laborales, sino que además sólo da lástima a quien lo conoce, porque lleva el signo en la cara.

Pero la verdad es que todos podemos ser infelices, desdichados, o como quiera llamarse a este estado en la vida. Dicen que quien sale de la infelicidad es que nunca lo ha sido. Todos podemos serlo, pero tampoco es tan fácil. Hay que tener ciertas cualidades, o desarrollarlas. No es cosa de dos días el saber elegir siempre la opción mala, o pisar la mierda en la calle con la vista en otro lado. Que yo sepa, no hay ninguna academia de la infelicidad. Por lo menos ninguna que lo exprese abiertamente, porque es sabido que algunas instancias educativas parecen buscar solamente este estado.

No hay que olvidar a los relativistas, aquellos que dicen que la felicidad y la infelicidad son dos formas de un mismo estado. Como el ying y yang. Y puede que lo sea en algunos casos. Sin embargo, no se puede dejar de admitir que los desdichados, o los perdedores como gustan llamarse, son una clase de personas muy definidas. Ahí está mi amigo Ramón, un cero a la izquierda, un pobre hombre, en definitiva, un desdichado. Nada le sale bien. Una vez se casó, y no sólo se había olvidado de los anillos frente al cura, sino que esa misma noche la que fue su mujer le puso los cuernos con un camarero del hotel. Ahora es un pobre divorciado. Podría contar tantas cosas de Ramón, que sería una mala novela.

Las Formas de la Felicidad 3

1-

La felicidad del escritor es tener la ilusión de la creación continua. Miles de palabras fluyendo, construyendo frases que construyan textos que serán leídos por miles de ojos ávidos de encontrar esas respuestas a las que él, el escritor, denomina preguntas. Es una felicidad falsa, porque está llena de vanidad. Y porque de esos cuantos que posarán su vista en las letras que, oh escriba, cree estar inventando, sólo alguno pensará que ha sido acertado, y otro tal vez se emocione por encontrar las palabras con que decir su sentimiento. Aquí estaría la felicidad del escritor. Ser espejo, una vez, de otro.

La felicidad del escritor es creer que puede crear una frase que antes no ha sido escrita, imaginar una situación que parezca nueva, ser un hacedor de Biblias. El libro original. Y la triste verdad es la de ser un mero repetidor de lo que se logra oír, ver, adivinar. Es más, ese escritor feliz algún día deberá darse cuenta de lo anacrónico de su papel, es decir, del papel en el que desea ser leído. La artificiosa esencia de su trabajo que se multiplica y pierde el sentido: tiene un sentido nuevo.

2-

Belén sólo es feliz si sabe quién es bueno, y quién malo. En todos los sentidos. Tiene una maravillosa capacidad para crear grupos, separar ideas y personas en bandos opuestos irreconciliables. Lo necesita porque necesita ordenarse el mundo para entenderlo. Cuando conoce a una persona, en una reunión, por ejemplo, lo primero que hace cuando te comenta algo de ella es clasificarla: “es un facha, es una triunfadora, no me gusta ese tipo de gente”, etc. Hay algo en su propia inseguridad que no le permite encontrar matices. En el trabajo tiene aliados y contrarios. Su problema de pareja es justamente el no aceptar los vaivenes que se sufren en la relación, y que le lleven la contraria en su clasificación de los otros. Belén sufre. Ella, en algún lugar escondido de su ser, duda, y es esa duda la que la lleva a buscar cada vez más los valores absolutos que le permitan cierta tranquilidad, ese sosiego de saber que está todo controlado.

3-

Hay momentos en la vida en que la felicidad se va, nos deja huérfanos de sentido. Entonces el abandono se hace evidente y no encontramos la forma que nos devuelva a ese mundo que con tanto esmero creamos. Es lo que le pasó a Esteban el día que se sintió deprimido. Una desgana pasajera, pensaron las personas más próximas a él. Pero pasó el tiempo y lo mandaron al médico, que le recetó unas pastillitas que al principio lo dejarían un poco atontado, pero que después se iba a sentir de maravilla. El pobre Esteban no lograba salir de ese pozo profundo en el que estaba metido, y acudió a una terapia, para “hablar” de sus problemas. Nada parecía sobresalir en su vida pasada como para traumatizar su felicidad. Más adelante, él me contaba que lo que peor llevaba era no poder entender qué le estaba ocu- rriendo. No había respuestas para sus sentimientos.

Tampoco supo bien cómo salió de esa situación, aunque sí se dio cuenta de que una mañana sintió placer cuando el sol dio en su cara. Otro día, llamó a un amigo para contarle alguna tontería. Así, sin poder decir que estaba recuperándose, iba mejorando. Ahora Esteban tiene su forma de felicidad, y como a todos aparece y desaparece, pero él sabe que está ahí.

Esteban sufrió de no-felicidad, y la ausencia es desesperante.

4-

¿Cómo es la felicidad del que no hace concesiones?

A Sergio lo conocí por casualidad, si se puede decir que lo “conocí” en el sentido en el que usamos esta palabra. Él es un hombre de relativo éxito, un hombre hecho a sí mismo, y que se vanagloria de ello. La pregunta es si es feliz, si ha encontrado su forma de la felicidad en el ascetismo de las relaciones. Su máxima sería: no tengo que ser simpático ante un desconocido, ni aceptar frases pseudo chistosas, de las que se usan para caer bien, romper el hielo.

Evidentemente, se puede ser “borde” y que las cosas vayan bien: trabajo. Las relaciones sentimentales son otra cosa, porque esta forma de la felicidad hace que, muchas veces, personas como Sergio tengan parejas sometidas ellos (o ellas). Sergio necesita siempre un sí o un no (el otro es el enemigo que quiere engañarlo). Esto lo lleva a tener pensado de antemano todo lo que dice y hace. No hay lugar para la improvisación.

He conocido a más hombres que mujeres participando de esta forma de la felicidad. Muchas veces me he preguntado: ¿Por qué los hombres necesitan esta actitud? ¿De qué se protegen? ¿A quién engañan?

Otras veces me gustaría ser como Sergio, pero al final te das cuenta de que tenemos esos códigos sociales que nos permiten seguir caminando. Y no es una rendición.

5-

La felicidad del ignorante se basa en no (querer) mirarse en el espejo, en no atravesar ventanas. Detenido ante el umbral, el ignorante da media vuelta y vuelve a su refugio. La desgana a veces también nos hace ignorantes. Se trata de la felicidad del no saber, y de la cobardía de no ir más allá. Al no mirarnos, tampoco miramos a los otros, y como no nos reconocemos, aparece el miedo. Algo así le pasó a Fabio, y pasó a engrosar la lista de xenófobos de este mundo.

Fabio era una persona abierta, divertida y gustosa de vivir. Sus amigos le tenían (y le tienen) un cariño especial porque siempre está atento a ellos. Usan esa odiosa frase que dice: “es muy amigo de sus amigos”, que espero un día me la expliquen. Pero hace un par de años se murió su vecina de toda la vida (tenía noventa y un años), y el piso de al lado lo alquiló una pareja de inmigrantes. Da hasta un poco de pereza contar los hechos, o anécdotas que transformaron a Fabio de vecino ejemplar a hacedor de frases racistas. Él iba encontrando su felicidad a medida que crecía su odio. Tal vez si alguna vez hubiera entrado en el piso de al lado. Si hubiese visto cuántas coincidencias hay entre su vida y la de los vecinos. Si las diferencias las encontrara educativas, o divertidas.

Fabio sigue siendo ese tipo que se desvive por los suyos y afronta los problemas. Es un ejemplo para “todos”. Qué feliz que se es caminando cegado por la propia luz.

6-

Casi siempre, la vida es un misterio. No sabemos bien por qué suceden los hechos de los que nos poblamos. Intentamos ponerles razones, atar cabos sueltos, ver una causa. Algo se escapará. Hace unos años, yo mismo llamé por teléfono a una amiga que pasaba sus vacaciones en la Patagonia desde el mismo pueblo donde se alojaba, mientras estaba en Santander comiendo navajas. A Teresa la vieron caminando al mismo tiempo que estaba trabajando en la oficina. Pasan cosas raras. James dice que las convenciones o creencias de una época varios años después son mentira: es verdad. Vivimos rodeados de ficciones, o formamos parte de ellas. Son misteriosas las cosas más cotidianas, acciones que realizamos sin pensar porque las damos por buenas. Hasta lo bueno es ficticio o misterioso: amamos y odiamos con esa fuerza sólo destinada a estos seres pulsionales que llamamos personas. Más pequeño aún: afirmamos hoy lo que negaremos mañana sin saber por qué. Esta noche soñé que volaba, y ese sentimiento se trasladó al momento en que desperté y me sentí bien. ¿Cómo es volar? ¿Se puede explicar? A Ángel le encanta volar en ala delta, es su ventana, su intersticio, su misterio. Por eso lo envidio, por su pequeña verdad. Envidio a todos aquellos que encuentran su misterio que es su espejo que es su ventana por donde miran eso tan inasible que es el pasado, el presente, y el futuro.

39. Textos

1-

De repente, anticipando un futuro incierto, las luces se apagaron y sólo se pudo escuchar una respiración fuerte y arrítmica. Nadie supo qué pasaba. Tampoco por qué un momento antes estaban solos y ahora parecía que el espacio estuviera repleto de presencias y silencios.
Nadie habló. Es el miedo que atenaza.
El único hecho que podía cambiar algo sería encender la luz. Pero él, ni nadie, se animó. Podía sentir el calor de otros cuerpos cerca, muy cerca. Y esa respiración. Nada tenía sentido. La sensación de realidad extrema le hizo pensar en un sueño, pero decidió que no. Comenzó a detectar pequeños sonidos que venían de diferentes direcciones. El espacio se expandía. Al fin pudo estirar un brazo, que atravesó el aire emitiendo un sordo zumbido.
–    No te muevas.- escuchó- Antes de que termine de decir estas palabras una luz cegará tus ojos, y olvidarás este momento, esta reclusión perpetua en la que estamos sumidos, y en tu sueño despertarás e irás a trabajar y besarás a tun mujer y a tus hijos. Sólo, alguna vez, tendrás el reflejo de mi voz, y eso tal vez te enamore. Y esa conciencia te perseguirá en el sueño en forma de melancolía. Suerte que puedes soñar, alejarte de esta nada insignificante. Ojalá pudiera verte, olerte, acercarte.
Luz.

2-

Voy a encontrarle un sentido a la vida. Buscaré en las grietas de las piedras, en las nubes cuando pasan rápido, en la vista perdida en el horizonte de Lisboa.
Palparé tu piel y sentiré el calor de tu cuerpo en la cama. Gritaré de impotencia ante lo que me enoja intentando echar la ira cuando crece en mí.
Tal vez acierte con una frase y diga: ¡Ya está!
Afrontaré el miedo a los cambios y al vacío. Esperaré la nueva vida con el anhelo de estar a la altura. Cuando me mire al espejo sonreiré pensando que las marcas de mi cuerpo son el mejor reloj, el más veraz, por inexacto, por su real dimensión.
Bajaré a los pozos de la tristeza y de la memoria para sacar agua cristalina. Y beberé. Y leeré el significado de la mancha de vino en el mantel, mareado, ebrio, inconforme.
Pensaré en los tres.
Me subiré a la fachada de mí mismo para destruirme y reconstruirme, cada día, cada hora.

3-

Siento que algo crece

en mí (pero está dentro tuyo)

intuyo que todo cambia

(pero es tu cuerpo)
son estos momentos

y la inminencia de lo nuevo

que asusta

todo es desconocido

pero es vida.

Estamos vivos.

4-

Buscar la lluvia

en el horizonte

(pero esa bruma)

y la risa contagiosa

que pasa de cara en cara

pero no fui yo.

En el espejo vi mi cuerpo

festejando el tiempo

quise decirle algo.

Se fue,

pero vinieron las nubes.

5-

Dibujar un rostro

encontrar un sentido a las cosas

¿una creencia?

Anhelo contar una historia

no quedan moralejas

entonces la roca

vuelve a ser roca

y las palabras moldes

de relleno.

Y empequeñezco.

6-

La danza

en los cuerpos

desgranando imagen.
Se ve ahí:

Un dedo tocando el viento

unos labios rozando una palabra

una panza vibrando música

una piel respirando.

7-

Será la oscuridad

de las seis de la tarde

el aire fresco que acaricia

mi cara

o el laberinto de cada

día transformado en rutina

o, tal vez, sinceramente,

no poder estirar el tiempo

perdiendo poesía.

Busco el disfraz

la cara seria de un señor

en el espejo

y veo al mismo niño

los ojos bien abiertos

que no entiende,

no sabe nada.

8-

Reflexiones 2007

Andamos buscando desesperadamente eso que nos alivie, la droga llamada satisfacción.

Pensamos que los momentos felices son aquellos que ganamos algo.

Participamos de las cosas con pasión o dejadez sin saber exactamente para qué.

Comemos vorazmente las palabras, sin entenderlas.

Habitamos los espacios sin conocer los límites, ni las ventanas por donde entra la luz.

Damos importancia a hechos superficiales y veracidad a las mentiras.

Miramos hacia todos lados intentando ver eso que queríamos.

Tentamos a la suerte en cada esquina, en cada página que pasamos.

9-

Y si estás buscando la quietud de un día de cielo plomizo y caluroso, sentado en la puerta de una casa en un pueblo castellano.
Y si esa brizna de aire sólo atisba a mover la gota de sudor resbalando por tu frente pero no te das cuenta: tu mirada se pierde en el horizonte llano, tal vez algún manzano equivocado.
Pero todo parece que se mueve, hasta tu reloj de cuerda parado marca unas horas eternamente finitas.
Olvidadas.
Podrías ir al río y poner los pies en el agua a la sombra de aquel árbol que te vio crecer. Y sin darte cuenta tirar piedras a ese río que te mira (pero sos vos), y quedarte dormido hasta oscurecer.
Más tarde, al arrullo de los grillos, todo parece cambiar.
Una voz te levanta.

10-

“¡He comprado el mundo!” , decía como enloquecido el hombre parado en la plaza. “¡He comprado el mundo!”, repetía conmocionado. Su cara llena de alegría, una rabia descontrolada en los brazos. Una mujer se le acerca asombrada y
le pregunta: ¿Cómo ha hecho para comprar el mundo? Lo compré, así sin más. ¿Así sin más? Le habrá costado mucho. Oh, no, no ha sido nada. ¿Y entonces? Nada, me dije voy a comprar el mundo, y lo compré.

¿Y ahora? Ahora, a disfrutarlo.

11-

–    Los caminos son para perderse.- dijo el maestro.
–    ¿Entonces nunca se llega a ningún lado, no hay posibilidad de ver el final?- pregunto el alumno, angustiado.
–    Ese es el error, porque el único final es la muerte. Pero es un final ficticio: nada acaba, si yo me voy, alguien ocupará mi lugar, y todo continuará como si nada importante hubiera pasado. Cada vez que encuentres algo en tu camino piensa que es tan sólo una bifuración, otro aprendizaje. Si es una puerta, no es una llegada, sino un nuevo punto de partida.
–    Pero maestro, si no hay destino, cuál es el fin?
–    ¿Y quién te dijo que existe una finalidad? Podrías encontrar una fortuna hoy mismo, saliendo de aquí, y sentirte vacío.
–    Maestro, el desaliento se apodera de mí. Ya no sé si debo luchar, encontrar una razón.
–    Hay cosas que no se buscan, sino que forman parte de lo que somos. Pero también poseemos cierta capacidad de cambiar nuestro rumbo.
–    No entiendo, entonces, por qué me enseña.
–    No te equivoques, yo no te enseño, sólo dejo que me llames “maestro” y dialogo contigo. ¿Quién te dice quién de los dos aprende más?
–    No lo comprendo.
–    No hay que comprender nada, sólo camina, déjate llevar. Actúa.
El maestro se levantó y comenzó a caminar. Este viaje había terminado. Buscaría otra persona donde reflejar y ser reflejado.

Un día de lluvia

Benítez miraba por la ventana. Cada tanto pasaba la mano por el vidrio, que se empañaba por el calor de adentro. Hace horas que llovía y el viento indicaba que no iba a parar. Benítez lo sabía, por eso miraba por la ventana. Él igual salió a trabajar, no le iba a meter miedo una tormenta. Por eso hoy el mate tenía un sabor especial, aunque fuera el mismo que su esposa cebaba todos los días. Benítez miraba por la ventana y pensaba que estaría bien que el tiempo mejorara porque el fin de semana llega todo el gentío de la capital. Y el barrio se alegra. A los señores que van todos los días a la oficina les gusta hacer el asado y algunos trabajitos de campo. Benítez sabe que lo hacen para sentirse un poco más libres. Él sabe que está toda la semana trabajando para que queden sólo trabajitos. Pero no le importa. No le importa la diferencia cuando ve a sus chicos jugando a la pelota con los otros chicos, riendo y corriendo hasta más no poder. Le gusta la inocencia de los chicos. Es cuando siente que todo el esfuerzo vale la pena. Incluso bajo la lluvia. Además está el mate. Podría pasarse horas junto a su esposa, el mate pasando de mano en mano y el calor de la casa porque afuera llueve. Ya la ventana se empañó de nuevo y tiene que pasar la mano. Y piensa en el coro de pajaritos que van a anunciar el fin de la lluvia y una luna el buen tiempo. ¿Estarán jugando los chicos? Piensa que los fines de semana así, calurosos, son especiales. Los domingos cuando cae el sol y los autos se van en caravana, él se para ahí, en la ventana, o en al puerta de su casa y le agarra un no sé qué. Será la melancolía. El comienzo de otra semana. El silencio del domingo cuando se va la gente. Es cuando piensa qué lindo los días de lluvia, cuando se para en la ventana y su esposa le ceba el mate.

VOLVER. Variaciones

VOLVER

Es tan tarde y el aire apesta, tiene olor muerte.. O es el cansancio de llegar a algún lado. Tanto viajar par sentir esta desazón. Deben ser los colores grises de las fábricas que ambientan todo así. ¿Acaso recuerdo por qué estoy acá? Tanto andar. Miro el cielo y aparenta un celeste que se desdibuja en el horizonte. Me marea. Veo pasar a la gente. Intento reconocer en un rostro algún gesto conocido, algo de qué agarrarme. ¿Cuánto tiempo hace que me fui? Diez o veinte años, es lo mismo. Los recuerdos son sólo lo que imagino de un lugar, como este olor penetrante. No sé si me animaré a tocar la puerta. Siento que en ese momento voy a revivir todo mi pasado. El miedo me traba. ¿Qué significa volver? Una ausencia. Más bien un estado de ánimo. Si no me da bola, no sonríe, no llora, voy a tener ganas de irme. Si se me abalanza y me abraza, y me ahoga, la voy a odiar. Necesito mi tiempo. Qué cruel suena todo esto. Debería ir directamente sin pensarlo, por qué no tendría ganas de veme.

Llamo a la puerta. Ahí abren.

– Hola.

 

VOLVER II

Es tan tarde y el aire apesta. O es el cansancio de llegar a algún lado. Tanto viajar para sentir esta desazón. Esta insoportable presión de recuerdos que son carne. Como el olor de las fábricas en la tarde húmeda. Me pregunto por qué he vuelto. Acaso necesito revivir el dolor y la muerte. Sentir que en la ciudad hay un vacío y cuerpos que ya son fantasmas y me persiguen y me piden descanso. Qué pasó. Camino por las calles estrechas buscando ese rostro conocido, pero sólo veo el frágil gesto del torturador. Igual que en las otras ciudades.

Llegaré a una casa que ya no es mía y donde me mirarán perplejos. Y habrá sólo silencio. El mismo que percibo hace años, cuando perdió sentido todo. Sé que los haré sufrir. Y que mis lágrimas no salen. Que los impulsos no son míos.

Sólo vine a confirmar un pensamiento: no soy nadie.

HORRORES COTIDIANOS. Segunda parte

1

Hace unos días estaba tomando unos vinos con un amigo. Al cabo de un rato, nuestra verborrea nos llevó por los insospechados caminos de la profundidad. Mi amigo, ordenado y meticuloso, me hizo una señal de silencio con la mano y me confesó: “Te voy a contar mi teoría social”. Por supuesto, callé.

 

–       Nosotros- dijo- cargamos con el peso  de la cultura judeo cristiana, donde lo mejor de los placeres es no vivirlos, y que nos enseña que lo bueno es sufrir para, luego, en un futuro lejano, disfrutar una vez muertos en el más allá. Y lloramos a los muertos a pesar de que nos dicen que están en el mejor de los mundos.

También, a día de hoy, formamos parte de la cultura occidental, que nos incita a consumir cosas (por generalizar) sintiendo que las decidimos en legítima libertad. Nos dicen que elijamos a nuestros gobernantes para luego ellos colocar a sus amigos, y en vez de administrar nuestro dinero, se lo roban. Además, la justicia universal resulta ser de unos pocos y nos dicen que todo el daño que nos hicieron y nos hacen es para nuestro bien. Después, nos piden que les paguemos nuestros impuestos y ellos no lo hacen. Nos prometen cosas a sabiendas de que no van a cumplir.

Los partidos políticos se llaman liberales cuando son conservadores, socialistas cuando son mercantilistas, y de centro cuando son de derechas.

Nos dicen, y repiten hasta la saciedad, que debemos ser proactivos y creativos, luchar por lo que nos parece justo, y rebelarnos ante la medianía. Nos invitan a no aburrirnos, a hacer deportes, a no fumar ni beber, a no conducir un coche a ciento ochenta kilómetros por hora cuando podríamos ir a doscientos cuarenta. Nos machacan que aceptemos las normas, que respetemos al prójimo, que seamos abiertos y aceptémoslo diferente.

Todo eso, pero no. La propaganda se aleja de lo que vemos. Nuestra historia tiene una descripción de película: “Por un puñado de dólares”.

Todas las recomendaciones y exigencias, y problemas generados, sólo nos hacen olvidar y  perdernos en la maraña socio-burocrática para no ir y darles un puñetazo en la cara. Y el  miedo. Miedo a perder lo poco que nos queda.

¿Es mejor la sociedad oriental: Su cultura les enseña que hay que aceptar lo que la vida te dio. Un especie de sumisión, mientras los mandamases disfrutan de su olimpo. La libertad es ser la última hormiga del hormiguero.

Los gobiernos dictatoriales generan miedo y poder masificador. Tu libertad soy yo, te dice el general.

 

M amigo paró su perorata en seco. Yo, que no había podido decir nada, un poco mareado, le pregunté a los pocos segundos.

–       ¿Entonces?

–       ¿Entonces, qué?

–       ¿Qué cómo acaba esto?

–       No sé, pero necesito otra copa.

 

 

2

Un día, Pedro se arma de valor y llama al servicio de telefonía por una disfunción en su teléfono, o en su factura. Después de un minuto donde el programa informático que lo atiende le da la bienvenida, le explica que su llamada puede ser grabada, y previa música, le da varias opciones para poder hablar con un especialista. Elige la que le parece más oportuna y espera. Oye: “Buenos días, espere un momento por favor”. Finalmente, un tal José Gómez le da la bienvenida al servicio de atención al cliente, le pregunta su nombre y le dice: “¿En qué puedo servirle, Pedro? Él explica su problema y José Gómez le contesta que le pasa la llamada al departamento correspondiente. Pedro espera. La música es insoportable. Vuelve José Gómez. “¿Señor Pedro? Los agentes (o técnicos) están ocupados. Espere por favor.” Así dos veces hasta que una señora, o señorita de voz acordeónica, le da otra vez la bienvenida, se presenta (Vanesa Espesa, para servirle) y le pregunta por su problema. Pedro, paciente, lo repite. Vanesa, servil, le pide más datos, lo pone en espera. Y lo pone en espera. Cuando retoma la conversación, Vanesa explica a Pedro que no puede arregla su problema, que para estos casos debe llamar a otro número. Pedro explica que en ese otro número le dieron este (y un ligero temblor recorre su cuerpo). Vanesa lo siente mucho, es en el otro número donde  arreglarán su incidencia. Pedro dice Ok y Vanesa entonces le ofrece un nuevo producto y/o prestaciones que mejora las que ya tiene, con un ahorro sustancial en su factura. Pedro dice no.

– ¿Puedo ayudarle en algo más? Automatiza Vanesa.

Pedro ya no contesta.

 

 

3

Hoy es veintiuno de diciembre de dosmil doce. Hoy se acaba el mundo. La hecatombe. Al principio me pareció una tontería, habladurías de malos traductores. ¿Cómo los Mayas iban a saber cuándo, exactamente cuándo, se destruiría todo lo que conocemos? ¿Y después qué? Pasado mi primer acercamiento incrédulo, no sé cómo, me fui introduciendo en esa sabiduría, en la capacidad de saber leer en los actos de la naturaleza y de los hombres esos indicios. Y había que estar preparados. Saber esperar ese momento con entereza. Si el mundo dejaba de ser el veintiuno de diciembre de dosmil doce, yo tenía que estar muy bien preparado, y, pese a mi juventud, poder haber vivido todas las sensaciones que puede tener un hombre. Entonces me despreocupé. Qué felicidad el poder actuar con la tranquilidad de conocer el fin de todo, de tener la certeza de que todo ya esta determinado, de que hagamos lo que hagamos el juicio final será en otro sitio. Me dediqué a la buena vida, al sexo, a probar todo tipo de drogas, a experimentar el saber caminar al filo de la navaja, a jugar con la muerte. Me hice rico y perdí todo en una partida de póker. No me importó la violencia sino que pensé que sería más sabio teniendo el poder sobre la vida de algunas personas: maté. En mi camino de espera no tuve tiempo de esperar, y tampoco de compartir todas las cosas que hice, porque de alguna forma también me creí un dios. Mi certeza era mi guía y nada me alejó de mi camino. Cada guerra, cada terremoto, cada volcán escupiendo lava era para mí una fuente de confirmación. Cada asesinato, cada corrupto, cada epidemia cebada en la gente que menos podía defenderse, hasta yo mismo, fue el motor que llevó a estar aquí, ahora. No me importó que me condenaran, no me importan mis diez metros cuadrados ni mi diminuta ventana donde el cielo sólo se ve negro de noche y blanco de día. No es una penitencia sino una dulce espera.

Hoy es veintiuno de diciembre de 2012, y falta un minuto para que acabe el día. Y por primera vez en mucho tiempo pienso qué pasará  dentro de un escaso minuto.

¿Y si mañana todo sigue igual?

 

4

Raimundo Pardillo es un hombre hecho a sí mismo. Su fulgurante carrera profesional empieza de joven, con una pequeña empresa que poco a poco crece a medida que su intuición, el buen hacer, y algunos contactos, confluyen en eso que llamamos éxito. También, cuando parece que está en su madurez como creador de tendencias, los premios corroboran lo que todos pensaban sobre su capacidad. El dinero fluye, y aunque un cierto descontrol podría hacer pensar que algo no va bien, nadie piensa en la caída del prohombre. Viajes, gastos suntuosos cual nuevo rico, son parte de su vida.

Hay personas, podríamos llamarlos genios, que no pueden diferenciar su vida profesional de su vida privada. Son esclavos pero amantes de su trabajo. Obsesivos para su saber, están centrados completamente a su obra, sin pensar (al principio) en lo que conlleva ese tipo de vida porque es lo único que saben hacer. No ocurrió esto con Raimundo, al que le gustaba la buena vida, pagar sus caprichos con la tarjeta de crédito de su propia empresa, y dar apariencia de gran empresario.

En algún momento, todo lo que parecía elevarlo hacia el Olimpo social comenzó a ir cuesta abajo. La falta de madurez le llevó a cometer errores de principiante y los problemas económicos afectaban a su empresa. De nada sirve, muchos años después, lamentar todos los errores cometidos cuando uno se miente. Raimundo no quiso ver lo que pasaba, lo que le pasaba. Siguió confiando en esa intuición que a estas alturas ya fallaba. A veces es más fácil escuchar sólo lo que uno espera oir, en vez de intentar ver la realidad, que siempre golpea como viento helado. Echar la culpa a otros. Llorar la esa realidad cambiante.

Raimundo Pardillo se quedó solo. Las últimas noticias que se tuvieron de él hablaban de un hombre que se esforzaba en convencer a amigos y enemigos de que él tenía la llave que lo devolvería al Olimpo perdido, ideas novedosas y fabulosas que darían solución a todo lo que se había torcido y pagarían todas sus deudas. Un hombre que no se daba cuenta de que hablaba con su propia imagen en el espejo.

 

 

5

Una noche, en casa, probando un whisky de malta (18 años) con mi amigo el de la verborrea, se nos fue la charla al fútbol. Hay que decir que hablar de fútbol es como hablar del tiempo: un fenómeno impredecible en el cual siempre estamos equivocados, menos los sabios ancianos, y que nos permite tener conversaciones con cualquier persona en un bar o un ascensor, por poner un ejemplo.

A tercer vaso bebido, a punto de pasar el límite de nuestros cuerpos, él se soltó. Yo ya estaba un poco mareado, así que me dejé ir:

 

–       El fútbol es fútbol.- empezó- Lo que quiero decir es que el fútbol es fútbol como la vida es vida. El fútbol es como una ventana chiquita donde se reproduce todo lo que pasa en la vida. Es por eso que nos apasiona tanto, que no podemos dejar de ver un partido a pesar de que sea malo y aburrido. No me mires así, es la pura verdad. Hay un reglamento, que es como la Constitución, con sus leyes y sus penalizaciones. Nos alegramos de nuestros triunfos y de la derrota del contrario. ¡Igualito a la vida! Cuando un rival hace algo que está fuera del reglamento, son unos hijos de puta; cuando lo hace uno de los nuestros y pasa desapercibido, es un crack. No hay nada mejor que meter un gol con la mano, que es como engañar a Hacienda o al tendero de la esquina. Los árbitros son los jueces que nos dicen si algo está bien o no, y estamos de acuerdo o en desacuerdo según nuestros propios intereses. Hay lealtad, amistad, traición, y tal vez amor. Se tiene la sensación de que siempre ganan los mismos, y, en contadas veces, hay casos de justicia poética cuando un equipo no habitual gana un campeonato. Generalmente, a lo largo de la historia (del fútbol, de la vida) ganan los mas fuertes, los que detentan el poder. Y el público en los estadios es como esa presión que, día a día, nos somete la familia, el trabajo (¡nuestro jefe!), y la sociedad en general.

Lo bueno del fútbol, que es lo que nos atrae, es que todo está a la vista. En la cancha, porque podemos verlo todo (ahora mucho más con la televisión), y fuera, porque la información es extensa y detallista en la prensa especializada, que toma ese mundo deportivo como una totalidad. Y de esta forma, viviendo el fútbol sentimos que tenemos nuestra vida un poquito más controlada, porque no deja de ser un juego. Casi siempre, decidimos estar en el lado ganador. Pero también los hay que prefieren vivir esa melancolía del perdedor continuo, porque saben que el día que sí ganen, la felicidad será mucho mayor.

 

–       ¿Entonces?- le pregunté.

–       Nada, que si ahora nos hicieran un control antidoping seguro que no jugábamos el domingo.

 

 

6

Sara, Sarita para su abuela, su tía abuela, y parte de la familia, lleva días rumiando un malestar. A sus dieciséis años, las fiestas Navideñas son días obligados, perdidos, fuera de tiempo, algo prescindible. Piensa en su abuela, que a pesar de quejarse todo el año de los dolores que le aparecen por el cuerpo y el alma que no la dejan vivir, esos días se dedica a cocinar como si fuera el último bacanal. Su abuelo, patriarca en horas bajas, repite cada año sus historias de guerra como si nadie las supiera. ¡Y todos hacen como si las escucharan por primera vez! El tío Mauricio, siempre al borde de la embriaguez, parece esperar esa copa que le ayude a gritar villancicos y chistes malos. Hay una tía abuela, Encarnación, de la que no recuerda la voz, porque nunca dice nada. Sus tíos Nacho y Ernestina, dicharacheros y altivos, critican con supina puntualidad la comida, los adornos, o el vino, perdonando al resto de la familia. En cambio los otros tíos, Carmina y Alonso, se quejan cada año de la situación, o su situación. O de las dos cosas. Sus primos más pequeños juegan o se pelean insensibles al ambiente. Y el único que parece compartir la extrañeza de estos días locos es su primo Mario, un año mayor que Sara, pero como prácticamente no se conocen, porque se ven sólo estos días del año, no saben cómo compartir el aburrimiento y el hastío. Si por lo menos pudieran comentar los besos pegajosos de la tía abuela, o los comentarios estúpidos de uno de sus tíos, o de lo poco que les gusta la comida navideña. Sara está peleada con el mundo, y estos días siente cómo ese mundo exterior se mete en su casa para hacerle ver que la vida es una mierda. Intenta no ver la televisión para no ver los anuncios de buenos propósitos que duran lo que el turrón.

Ojalá, piensa Sara, ella fuera como su amiga Elena, que cree firmemente en su fe y en estos días, y disfruta de las reuniones familiares. O Marta, que ayuda y acepta de forma abnegada ayudar a su madre para que estos días de intenso trabajo para ella, le sean más soportables.

Sara ya está preparada para los reproches de su madre por su desapego y desinterés por los asuntos importantes de la vida. Sara, a pesar de odiar estos días, duda.