LA MADRE HUIDA (LIBERACIÓN)

Dedicado a mamá, porque los sueños son el motor de la vida

Los hechos ocurrieron el 15 de febrero de 1938, en la ciudad de Buenos Aires. El verano, la lluvia, el barro acumulado en las calles, un bullicio sordo, son el acompañamiento de un acto tal vez heroico, tal vez estúpido, tal vez cargado de razón o de locura.

El 15 de febrero de 1938, Albertina Orestes, madre de cinco hijos, esposa de Ramón Jacinto Migraña, se fue de su casa. Una breve nota de despedida, sin explicaciones, sin remordimientos, sin duda. Un vacío.

Nunca más se supo de ella. Algún conocido decía que un amigo la había visto en un viaje a Europa, sentada en un café de París, o paseando por Hyde Park en una tarde primaveral. Conjeturas.

¿Cómo pudo Albertina hacer algo así? ¿Es que tenía esa capacidad de tramar, tan sólo de imaginar un acto semejante? Su marido pasó el resto de sus días haciéndose este tipo de preguntas. Todo el mundo se hizo estas preguntas, y no otras. La verdad es que muchas veces hay en la vida de las personas acciones como las de Albertina que son una respuesta. Un rumbo. Muchos años más tarde, Rogelio, uno de sus hijos, contó la vida de su madre en un intento de comprenderla, de saber qué había quedado de ella en él, además del olvido. Rememorar a la madre, a cualquier persona querida, hace que hasta los más pequeños sucesos sean importantes, por eso deberíamos intentar tomar el relato con la mayor objetividad posible, so pena de terminar amándola u odiándola. Porque Rogelio decía que su madre fue la mujer más hermosa de Buenos Aires. Y fue ese uno de los motivos de la huida, de la liberación, o de como quiera llamarse el irse.

«La imagen más fuerte que tengo de mi madre es ella en el lavadero, venga lavar ropa y putear por lo sucios que éramos. Yo tenía seis años, y la verdad es que cada vez que salía a la calle, después volvía negro de jugar por ahí. Salía con mis hermanos, que eran mayores que yo, y claro, me trataban un poco como la mascota.

Terminaba siempre rodando por el barro de la calle. Cuando llegaba a casa, mi madre me daba un sopapo y me quitaba la ropa a tirones. Después, venga lavar, y lavar. Eso era por la mañana, antes de ir al mercado. Nosotros vivíamos en las afueras, en Villa Urquiza, cerquita del tren. Ella también puteaba por el tren, y decía que alguna vez se iba a subir a uno y no volvería más, pero nunca le creímos. Tampoco teníamos conciencia de eso, digo, de lo que podía significar para ella lo que decía. Por la tarde cocinaba, preparaba la cena para cuando llegaba el viejo. Ellos se querían, eso creíamos mis hermanos y yo, y el viejo también, que se quedó de piedra cuando vio que mi madre no volvía. Pero eso fue más adelante, el 15 de febrero del treinta y ocho. Yo ya tenía diez años, y una cara de pavo que no te digo, por eso ligaba siempre cuando estaba con los amigos de mi hermano mayor. Mi padre llegaba casi a la hora de la cena, en invierno ya era de noche. Venía de lejos, trabajaba en el matadero, y llegaba cagado de hambre. El viejo era un buen tipo, pero a veces se pasaba un poco. No es que le pegara, pero ponía cara y decía cosas. Un día le dijo que la iba a dejar sin coger, por puta, o algo así. Es que en el barrio se conocía todo el mundo, y a veces se hablaba. La gente, que se inventa cosas. Yo no creo que mi madre tuviera un amante. En esa

época se pensaba en otras cosas. La situación del país y del mundo era un poco convulsa. Yo no tenía edad, de todo eso me enteré después, y vas atando cabos. El tema es que ella no era tonta, le gustaba leer novelas, y las revistas también. Leía mucho, y tal vez por eso empezó a soñar. Eso no me lo dijo nadie, pero yo la imagino soñando con un mundo distinto. Alguna noche que el viejo tenía turno de noche, ella encendía la radio y bailaba, se ponía algún vestido, y yo me quedaba mirándola, era raro, porque era ella y no era ella. El brillo de sus ojos. Pero no le dijo a nadie lo que pensaba hacer. Por lo menos no a nosotros, ni al viejo, claro. El tampoco habló de eso después. Mis hermanos muy poco. Me acuerdo del año pasado, cuando murió el viejo, estábamos todos y se me ocurrió nombrarla, y me miraron con odio. Tal vez la odian, si todavía vive. Yo no le guardo rencor. Tuvo su razón, y se fue. Entre las cosas que dejó el viejo encontré una carta, sin fecha, una carta de ella donde le dice muchas cosas. Podría ser de cuando ya no estaba. Que si él no había sido bueno, que era un putero, que nunca le dio una oportunidad. Que ella también era una persona y que tenía sentimientos. Hay tantas cosa que no entiendo, que el viejo no entendió, y que mi madre seguro que tampoco. Cuando alguien hace algo así, irse, es algo deseado, pero nunca pensado, no se puede tener la mente tan fría.

Éramos sus hijos. ¿Y si ya está muerta? ¿Y si ya perdimos esa oportunidad de arreglar las cuentas? Durante años y años quise pensar que se había ido a bailar a Europa, a esos lugares que ella nombraba las noches de radio, a que sus ojos brillaran como esas noches, con su copita de anís.

Una vez, durante la guerra en Europa, salió una foto en el diario, era un puerto. No se veía muy bien, pero dentro del gentío que salía había una mujer que parecía ser ella. Creo que el viejo la vio, la foto digo, porque estuvo unos días sin hablar, ensimismado. Fue entonces que se corrió la voz de que se había ido a luchar en la guerra, con la resistencia francesa. Pero yo prefería mi versión. Además, tenía más glamour, y cuando me preguntaban en la escuela, los dejaba parados a todos. A medida que fueron pasando los años dejé de hablar de ella, o me olvidé. Tenía que ser fuerte. Me casé, tuve dos hijas, en el trabajo me fue bastante bien, y el año pasado se murió el viejo. Y llegó una corona sin nombre. Fue cuando la nombré. Desde ese instante no pude quitarla de mi cabeza. Es como cuando te acordás de cosas de chico, algo que no entendías, y te reís. La diferencia es que sigo igual. Estoy seguro que la corona la mandó ella. Tal vez no se fue de Buenos Aires. Podría haberme cruzado con ella muchas veces, hasta viajado en el colectivo sentado a su lado. Puede no haberse ido nunca, casarse otra vez, vivir en otro barrio, tener otros hijos. Otra vida. El viejo se murió con esa pregunta en su interior.

Y a mí me carcome».

BONO DICE ADIÓS

Lo recuerdo, siempre lo recordaré. Mi cuerpo tendido en la camilla, todavía caliente. Yo me iba alejando, en una levedad que nunca antes sentí. Nicolás entró con la doctora. Ella le explicó que ya lo había hecho, que yo ya no estaba allí. Nicolás asintió, es lo mejor, dijo, no sufrió, no? No sufrió. Pude ver su cara, serio. ¿Puedo? Si, claro. Y me acarició, y me susurró un adiós desde adentro. Después, por un instante, no pudo moverse. Sé que se hubiera quedado horas, mirándome, acariciando mi panza suave. Pero el lugar era frío y acéptico. Nicolás dio las gracias a la doctora y quiso salir corriendo, pero tuvo que pagar por la inyección que me dieron. Yo, sin quererlo, lo seguí en mi levedad, lo acompañé caminando por la calle, rápido, queriendo llegar a algún lugar. Paró. Llamó por teléfono a Yolanda, pero no podía terminar la frase, ahogado. Sentí un poco de pena por él, y también cariño por toda mi vida a su lado, al lado de Yolanda, viviendo esas vidas paralelas de los gatos y las personas. Ellos sufrieron, yo sólo los últimos días.  Hubiera dado mi otra vida por decirles algo: estoy bien. Ahora me toca vivir la levedad y extrañar las caricias, los juegos, y por qué no, alguna reprimenda. Sé que ellos, al nacer Biel, cambiaron un poco. Biel también fue un poco mío. Algún día le contarán que a veces dormíamos juntos, que me encantaba acostarme en su cuna, sentir su olor, saberlo cerca. Desde este otro lugar me gusta acompañarlos. Ellos intentan no recordarme, porque duele. Y por suerte está Biel, llenando los espacios que también me faltan a mí. Sé también que sólo era el gato, no voy a comparar. Pero nos queda el vacío, los momentos vividos, atravesar toda una vida juntos, sentirme acompañado. Ellos lloraron esta pena intentando que Biel no se diera cuenta. Y Biel hizo como que no sabía. Las heridas se cierran, ya sólo soy ese recuerdo, esa brisa de los años que pasaron, mis pelos que aparecen en la ropa, el no estar cuando vuelven de vacaciones. El silencio.

LA MIRADA DEL GATO

1

Mi nombre es Bono, y soy un gato. Me llamo Bono gracias a esas personas que dicen que soy suyo, y parece que es un nombre que les recuerda a otra persona que no conocen, pero que tal vez admiran. Mis personas son una hembra de nombre Yolanda, y un macho de nombre Nicolás, aunque no sé si esos nombres recuerdan a otras personas, o se llaman así por gusto. A veces se llaman por otros nombres, como Cariño, o Baby. Esto me lleva a pensar que las personas responden a varios nombres, como los gatos, que sabemos cuándo nos llaman, aunque sea con un silbido o una frase ñoña.

A Yolanda yo la quiero mucho, porque es la más cómoda, y porque me gusta que me acaricie. También me gusta jugar con ella aunque se enoje cuando la cosa se pone más divertida para mí. Claro, ella me puede levantar con una sola mano, y si me defiendo con uñas y dientes ya está, me grita y me tira hacia algún lado.

Con Nicolás es diferente, él me tira la pelotita y yo le sigo el juego y de pa- so me entreno por si me tengo que enfrentar a un enemigo. Por lo demás, sólo me gusta estar encima de él cuando no se mueve, así encuentro una posición cómoda, cosa no tan fácil. Pero bueno, él suele darme la comida y esas cosas raras que me mete en la boca.
Voy a sincerarme: los quiero un poco, a pesar de sus cosas, porque vivo con ellos hace ya muchos años y me dejan dormir en su cama. Y un secreto, hay veces que practican algo así como una lucha que no sé nunca quién gana, entonces me voy al comedor, o me quedo expectante, porque después se quedan muy cansados y puedo hacer lo que me da la gana.
Hay días que pienso que soy un gato con suerte, y observo por la ventana a esos compañeros del patio que me miran mal. Y otras me pregunto: ¿qué habrá afuera, más allá de esos paseos para ver a Carlos, y alguna que otra escapada infructuosa?

2

Quiero aclarar una creencia extendida entre las personas, según la cual el perro es el mejor amigo del hombre. Es sabido que los humanos son pro- pensos a las habladurías, a dar por buena cualquier opinión, especialmente si encuentra eco en los diarios o la televisión.

¡Es el Gato el mejor amigo del Hombre! Así, con mayúsculas. Los gatos, igual que los perros, recibimos a nuestras personas en la puerta, expectantes, pero sin vociferar como si se acabara el mundo, y también sin tirarnos encima de quien llega. ¿Acaso los perros creen que una persona que sale de casa no volverá más?

Los gatos nos arreglamos con menos espacio, vamos a nuestra bola, y no molestamos a nadie. Es más, marcamos bien el territorio del hogar, no sea que alguien quiera entrometerse. Por eso nos meamos en los rincones. Pero eso no tiene mayor importancia, porque nosotros descansamos en el rega- zo de nuestra personita, y dormimos el tiempo que sea necesario, todo con tal de no molestar.

Ya sé que a algunos hombres les gusta amaestrar a los perros, pero eso es un signo del ansia de poder que los mueve. Fíjense sino, dando órdenes y castigando si no los obedecen. A veces dan una lástima.
Por sobre todo, nosotros los gatos somos de naturaleza inteligente, reservados, austeros, amigos de nuestros amigos, y defensores (pero de verdad) de los nuestros.

3

La soledad del gato es algo normalmente tomada como una cualidad de los felinos. Nos tienen como autosuficientes, y nadie nunca nos preguntó si esto es así. Y cómo hacerlo, si no hay humano que sepa comprendernos. Como mucho, adivinar ciertos ademanes generales sobre lo que podemos querer decir. Se ve que esa sí que es una característica humana, la de no poder entenderse. Se hablan y no se escuchan, se imponen sin saber qué opina la otra persona. Nosotros los gatos, dentro de nuestras limitaciones, también tenemos sentimientos complejos. Y sabemos leer en los otros qué hay detrás. Y no ponemos barreras ni formalidades. Por eso somos leales. Por eso defendemos lo nuestro.
A veces, al ver a nuestras personas, no podemos más que reir o compade- cernos de esa ceguera que los acecha. Nosotros vemos en la noche. No te- memos la oscuridad. Somos los guardianes de esas pobres almas. Pero hay que admitirlo, generalmente los animales (y para nosotros no es peyorativo) poseemos ese sentido que nos alerta de la maldad. Para qué necesitamos la vanidad! Si tenemos hambre buscamos comida. Si el cuerpo nos pide sexo, buscamos (olemos) a nuestra hembra, a nuestro macho. Si se necesita ayuda, ahí estamos. No pedimos nada a cambio. Por eso nuestra soledad es diferente, sordos de los otros, escuchando aullidos en la lejanía.

4

Ya sé que muchas veces me río de los perros, y que casi siempre me parecen algo estúpidos. Pero el otro día, mis amigos Pica y Porte me contaron como murió Moro, un perro de los de antes, ovejero, fiel, un amigo. El luto por su desaparición duró una semana en Paradilla, y sus hazañas todavía resuenan en lugares tan lejanos como éste. Se ahogó en lodo, me dijeron. Iba persiguiendo
un gato, u otro perro, y no sabía que unos humanos, en nombre de la civilización, habían cavado un pozo para el tendido telefónico. Era de noche en Paradilla de la Sobarriba, y la oscuridad le jugó su última broma pesada. Cuando lo encontraron era tarde ya. Y esa pérdida inútil nadie puede subsnarla.

Una semana dije, duró el luto por el Moro, llorado por su familia, por sus amigos. Esos días en los que el vacío es tan intenso hay que dejarse llevar, porque la fuerza no nos acompaña. Yo sé que todo esto que cuento es cierto, porque me lo han contado unos amigos, y detrás de su mirada pícara sé que lloraban. Y eso que era un perro.

5

Las vacaciones no me gustan. No creo que sea difícil comprenderlo. Uno vive tranquilo todo el año, sabiendo que las personas están fuera durante diez, doce horas. Son las horas de mi siesta. Cuando llegan a casa puedo jugar, me ponen la comida y me divierto un rato. Pero cuando se van muchos días me dejan solo como un gato, esperando la visita de sus familiares para que vean si sigo vivo. Al final pasa que me acostumbro a ellos (los familiares) y ya vuelven Yolanda y Nicolás. Huelen mal, muchas veces tienen la piel más oscura, y encima esperan que les haga una fiesta! ¡Por favor! Un mes entero sin venir a verme y después quieren que todo siga como si nada. La verdad es que se me pasa rápido, pero yo me hago el enojado un par de días más, para que aprendan. No se juega con los sentimientos de un gato, no señor.

6

Carlos es mi médico. Cada vez que me siento mal, y a veces no sé por qué, me llevan a verlo.
Carlos tiene las manos muy grandes y en general me trata bien, aunque alguna vez se pone pesado y me mete palitos en la boca para después mirar en un aparato bastante extraño mi saliva.

A Carlos también lo quiero, pero siempre que vamos a verlo se queda hablando mucho rato con Nicolás y yo me aburro. Y, curiosamente, después de cada visita, Nicolás me empieza a dar esas cosas que me hacen vomitar.
Antes de que Carlos fuera mi doctor, me llevaban a otros, y ninguno sabía qué me pasaba.

Sé de muchos gatos a los que les da miedo ir al médico (se cagan encima). A mí, la verdad, me divierte, menos cuando se ponen a charlar, y aquella vez que me dolía la panza y me metieron algo por el culo que me dio diarrea.
Carlos es casi como mi segundo padre, y sabe un montón de lo que nos pa- sa a los gatos, y aunque sé que a escondidas también lo visitan los perros, yo lo admiro. Cuando sea mayor, quiero ser como él.

7

Tengo que confesarlo: a los gatos nos asustan las ratas y las cucarachas. Es verdad, y es algo que no podemos controlar. A un ratoncito lo podemos cazar, pero las ratas son enormes, y tienen una mala leche que no veas. Además son sucias. ¿Acaso alguien ha visto a un gato que no se lave? Con las cucarachas es diferente, aparecen por cualquier lado, y en el momento más inesperado. Son bichos malos. Cuando vean a un gato persiguiendo a una cucaracha es que se está defendiendo, nada más.

Los gatos del patio me dicen que soy un pijo, y que si tuviera hambre como ellos, me comería hasta la basura que dejan los del Condis, pero sé que ellos, en el fondo, si estuvieran en mi situación, pensarían lo mismo que yo. En eso nos parecemos sospechosamente a las personas.

8

La felicidad del gato es comer, dormir, y procrearse, por supuesto. Nuestra cualidad felina nos hace estar alertas, cazar si es necesario, pero a lo largo de los siglos hemos sabido adaptarnos a las circunstancias de la vida. Es así como nos transformamos en “animales de compañía”, como dicen. ¡A quién no le gustaría! Te miman, te dan de comer, te dejan dormir. Los que tienen suerte viven una existencia relajada y feliz. Aunque cada vez se sabe más de gatos maltratados por sus humanos, seres incapaces de comprender que no somos muñecos al servicio de ellos, que podemos no querer jugar ni hacer como que todo nos gusta. Somos gatos, no ositos de peluche. Y qué decir de las mutilaciones que sufrimos muchos de nosotros: nos esterilizan, nos transforman en seres sin sexo, y sin ganas de vivir. Por eso nos tiramos por ahí, y engordamos de pereza y tristeza. Con otros es peor: les arrancan las uñas. ¡Y les dicen médicos a esos torturadores amparados por la ley! Nosotros también sufrimos. Tenemos sentimientos. La vida es muy corta para vivirla como un eunuco.
Hay quien sueña con la libertad, pero la vida ahí afuera es dura. Nos han creado un mundo feliz que al mismo tiempo es nuestra cárcel. Pero es el mundo que conocemos.

9

Estoy enamorado. Espero que no se note mucho, porque sino mis personitas se ponen pesadas y no hay quien los aguante. Mi amor es imposible, y eso lo hace todo más romántico. Ella… ella es hermosa, tiene el pelo blanco y alguna que otra mancha marrón claro que le hace tener algo especial. Y lo mejor es que cada tanto me visita. Se cuela por el balcón de al lado y se acerca lentamente a la reja que nos separa, y así nos quedamos horas y horas mirándonos, oliéndonos. Pero como dije, es un amor imposible. Ella es una gata de la calle, y yo vivo encerrado en mi tranquila vida. A veces sueño que nos escapamos y nos vamos muy lejos a vivir una vida gatuna lejos de la gente, lejos del pienso duro y el pis en las piedras esas que me ponen. Lejos de todo pero cerca de mi amor. Me gusta soñar con mi gata, aunque también hay que decir que me daría un poco de pereza escaparme, con lo a gustito que estoy durmiendo estirado en la cama. Y hay que tener en cuenta que cada tanto me dan pollo. Es mi debilidad.

10

¿Cómo es la felicidad de las personas? Yo los observo y me parecen raros, seres que se comportan de forma extraña. Siempre llegan cansados a casa, y a veces ni siquiera me saludan. Después se pasan el rato diciéndose cosas que no entiendo, o callados, mientras las cosas las dice eso que llaman tele- visión. Yo tengo suerte, porque mis personas no hablan como en la televi- sión, pero me cuentan mis amigos del patio que hay otros que sí lo hacen y entonces es un griterío que no se aguanta.
¿Y el tiempo que pasan en el baño? Yo me lavo un rato y ya está, mientras ellos necesitan estar debajo de un chorro de agua (¡qué asco!) y pasarse ese líquido viscoso y espumoso. Con lo fácil que es lamerse.
Y también necesitan taparse para dormir. Claro, no tienen pelo por todo el cuerpo y tienen frío. La naturaleza, que es sabia, nos dio a los gatos el pelo, y con acurrucarnos en algún rincón, dormimos como la seda. Y para salir a la calle se ponen tantas cosas que cansa: ropa interior, pantalones, camisas, camisetas, abrigos y hasta gorros. No me sorprende que lleguen cansados y de mal humor, si van encarcelados de ellos mismos.
Otra cosa, tienen un aparato que de repente suena, es como un timbre que se repite, y se ponen a hablar por él.
Después lo dejan ahí como si nada, o se preguntan cosas, o cuentan cosas de lo que sale del aparato.
Para comer, se pasan horas en la cocina preparando platos, con lo simple que es ir y comer, como hago yo. Que si poner algo al fuego, que si está rico o feo, que si está podrido.
Todo es complicado para las personas. Yo creo que son felices cuando se ríen. En esos momentos, hasta la cosa más tonta les da risa. Pero están relajados y yo me aprovecho porque se ponen cariñosos. También se ponen cariñosos cuando están tristes.
No sé si son felices, pero al fin y al cabo las personas son entrañables.

La Muerte del Escritor

Todo es espacio, pero entre la playa y el cielo se encuentra el mar, y hay un punto, lejos en el horizonte, uno sólo, donde estos lugares infinitos se unen, son todo, son espacio.

1

Hay un cuerpo desmayándose; la imagen me conmueve, víctima de la forma. Creí que era mi cuerpo. Es mi cuerpo, o no? (no sé). Somos todos iguales: vos y yo somos iguales. Tal vez simplemente te adivino o tal vez adivine casi todo (la vida). Vida envasada.
Pero sos vos el que sangra, o el que limpia mis heridas. Se me anula la posibilidad del desnudo, desnudo total, uno ansiado. Carente. Carenciado. Mal querido. O es la forma?
Las líneas ya trazadas se me desdibujan en la mano; mi error fue tocar lo prohibido, o no tocarlo fue el error (más grave-siento el deseo). De todos modos el riesgo rompe la forma. Por fin respiro.
Un Fénix, un poeta, el que muere y resucita; la mueca impávida, la práctica de un gesto fallido (¿dolor?).
Me lame el cuerpo, me purifica poco a poco y un azar de caminos encontrados me hunde en el miedo. ¿Cuál era la creencia?
Aborto tramos de vida, aborto posibilidades. Y era yo quien sangraba.

2

¿Qué es lo que piensan las personas, qué es lo que hay dentro de ese universo desconocido, insostenible? Dónde aparecen las diferencias. La soledad marca el comienzo de un conocimiento distinto, el placer de descubrirse. Brindarse a los otros. Por dónde pasa el valor, nuestro valor, el de la gente, el de mi escritura. “Pensar que pensar nos ha fallado” fue un poema. Nosotros fallamos. Yo aprendí. Nosotros aprendimos y nos buscamos, tratando de encontrar el sabor distinto (el valor). La búsqueda es continua, como el viento, se lleva las hojas a otros lugares donde van a morir o se transforman. La muerte del escritor es el lugar donde aparecen (yo), es el eje (doblar la hoja, pasar la página). La ficción se acerca a lo real (?) o no, pero puedo ser feliz desdiciéndome. La imagen: el truco perverso que nos atrae. La confluencia: el lugar de la imagen para la ficción, para el mundo. El pensamiento: creador de la imagen para la confluencia (vida). El sol quema y alimenta, nos llena de vida (la misma) y nos saca de ella (la explosión). Seguimos caminando, es importante. Los elementos en funcionamiento para la imagen (la confluencia). Un sentimiento: amor-pasión que también desdice y nos hace imagen. El recuerdo, a veces una traba y el aprendizaje. La cura, la música, el movimiento. Muchos interrogantes para el asombro, para seguir creyendo en nosotros. -Nada más? -Nada más. (La imagen del pájaro acercándose vertiginosamente).

3

Un leve ardor permitió tomar conciencia del estado en que estaba. El aire aumentaba su densidad y era difícil respirar. Era algo parecido al descanso. Un momento de quietud. La lámpara que desde el techo se balancea imperceptiblemente. El movimiento se hace lento. El ardor sube por mi garganta pero no llega a fuego, se ahoga en mi boca sin saliva. Girar, tan sólo girar, mirar para otro lado. La búsqueda del sentimiento también es lenta, también es mirar. La boca seca, la lengua incapaz de articular el movimiento de la palabra. El sentimiento tiene que ver con el recuerdo, pero no hay dolor.
Todo se mueve, todo gira alrededor nuestro aunque no. Todo se multiplica y nos sentimos pobres. Nada nos alimenta, no somos y por eso estamos acá. El movimiento de mi mano permite esta quietud (aparente, las manos reflejan el temblor: miedo). Si surge la pregunta de qué hacemos, para qué estamos, o quién me trajo, las resoluciones ponen en juego (sin saberlo) toda la capacidad (en verdad parte) imaginativa. Desde este oscuro espacio puedo inventar un valor. Ya no una creencia: llueve y el impulso es caminar, las hojas crujen en el agua, pétalos mojados. Tu pelo cobra color y me salpica y es sentirse vivo. Los pájaros se esconden, las madres se aferran a sus bebés porque su calor es incondicional. Y afuera muerte; el ojo que me miraba y me hablaba quedó mudo y pude sentir como alcanzaba a decir adiós. Pobre. El valor desapareció, no el dolor. Entonces el valor no desapareció. La lluvia continúa, aumenta la sensación de vacío. No existe la barrera, pero es fácil crearla. Si el movimiento es lento, puede haber paz (también: no!). El agua y la lentitud de estar dando vueltas esperando nacer. Como el espacio, esperando morir. Una diferencia: dentro de la panza (el líquido viscoso y denso) puede llegar a ser pleno; el espacio da la posibilidad del vacío absoluto. Para las dos cosas se necesita el valor. Encuentro la ficción (¿la realidad?) como el medio en el que estamos perdidos (el movimiento del mar hipnotiza, marea profunda, marea-da). Corriente abajo una flor anunciaba la muerte y pensé que sólo hablaba de amor (palabra maldita). Mirando ese sube y baja mar eran mis lágrimas las que hablaban, era la poesía que no expresaba (lentos avatares/muerte subversiva). Cuando te vi temblando creí que no podría abrazarte (yo también temblaba), pero como somos todos iguales yo también podía dar calor. La voz repetía: -¿entendés? ¿podés comprender, sentir que lo que yo te digo te hace temblar? -Ya estoy temblando. -Entonces mentís. -Sí, miento, pero te entiendo porque estás llorando y yo también lloro, y esta lluvia nos une como si nos quemáramos. Creo que a eso lo llaman fundir, con-fundir. Gracias.
Repetir las palabras hace perder el sentido (si lo tiene, o la ilusión es efectista). Acostado, mirando para arriba, con la lentitud del movimiento, no podía dejar de repetir esas palabras (fuego) y ya no comprendía. Preferí el poema, que atraía belleza: “…como los niños/ como la muerte/ sentados a esperar/ cielo protegido, henchido de vanidad/ el golpeteo…” ¿Un poema? Giraba sobre mi cuerpo tratando de alcanzar ese rostro que se negaba y resistía a los impulsos… el ardor. Hay un estado en que somos nosotros (nuestra mente) y que las cosas ocurren desde nosotros hacia afuera (la muerte). Lo otro no importa. El valor. Unidos por él mantenemos vigente la (des)unión, por lo menos respirar el aire, alimentarse de ideas. Gracias. Si lograba no temblar (pero por qué no) estaría más tranquilo, fingiría paz. Repetir cierta palabra hizo recobrar un sentido. Gracias.

4

Hoy soñé que la luna estaba cerca de mi mano, me rozaba…(REW). Hoy pensé cómo el mar capta mi sentimiento en su eterno murmullo…(REW.STOP).
La luna reflejaba en el mar su único motivo: el color. Caminar sin un sentido (afiebrado), iluminado por la luna (el reflejo del mar) y una imagen, una mano (los dedos largos no podían ser otros) buscando tocar. Un sentido: un dedo busca mi cara y pasea el cosquilleo lentamente (no me contengo: escalofrío). Ese dedo audaz penetra mi mirada y me absorbe. El murmullo del mar era una música (¿cuál?) recordada. Escuchada. Sentida. Ese dedo cómplice paseó por mi cuerpo (¿estaba desnudo?). Soñé con un mar y una luna (espera angustiante), un murmullo y un reflejo, y estaba desnudo. Desperté olvidado y quise dormir (unos ojos me miraban). La voz jugó su juego y se hizo palabra (los tonos adivinaban los sentidos, el mar). El insomnio se hizo imagen (no sentido). La noche sofocante me hizo transpirar y fue soledad. El cuerpo esperaba al cuerpo en la oscuridad (las almas estaban juntas). En la soledad. La búsqueda de la imagen. Desciframiento de un sentido (¿uno sólo?). El mar buscaba la oscuridad (era de noche). La luna y el reflejo. La mano. Los cuerpos. La música repetida hasta el cansancio, lejana, llorando su última función. Como esperando.

5

Pájaro volando

Mira el horizonte
esos ojos
una luz
llena
los colores
(el mar)
se escucha
un aleteo
(el pájaro vuela bajo:
me toca)
es el sentimiento
me hace llorar
busca el aire
cortar la imagen
ser libre
el viento
(el que renace)
lo acaricia.
Veo el vértigo en su cara
porque no cae
porque disfruta
porque desea.

6

Tenemos que comunicarnos. Tenemos que sentir en los cuerpos el contacto. Tenemos que resistir el aire que golpea (fuerza adversa). Podemos incluir en un mundo un sentimiento (de esos que hacen llorar). Hacemos de esa ficción (el pensamiento) cosas tangibles: tu cuerpo. Desaparecemos en los momentos de confluencia: es nuestra imagen que se funde (rompe las formas). Amor pasión que se funde en las formas. Cómo será agarrarte (una mano temblaba esperando el contacto). Unas voces que intentaban hablarse se llamaban a través del espacio. Poblado de tinieblas. Surcado de vacíos. Otras voces no entendían (comprender un equívoco, aceptar sus frustraciones, otra vida). De lo profundo del mar nacieron los colores (el pescador observó mudo los hechos, sonreía). Los colores son vos la confluencia: una imagen-valor que nace y se aísla, crea nuevas fuerzas (por qué me aíslo, no encuentro en mi valor el valor de los otros, el poema). Ver en tus ojos la chispa me hizo vivir. Sentir que el mundo no existe porque sos universo me hace crear. Ya no imagino. Siento.

7

Él sabía que la vería. Él tenía la certeza del cambio. Él podría reconocerla desde lejos. Los años. El sentimiento de la irreversibilidad en esa cara. Los gestos que acompañaban el encuentro. El error. Un encuentro que se prolonga en el tiempo y crea vacíos, lugares de espera. Un día sintió que esa imagen le pertenecía. Cómo no darse cuenta. Una voz que llama y advierte los peligros. Un camino que no tiene otra salida (vos y yo). Fue tanteando otros lugares, cuerpos que se mostraban y desleían la posibilidad. Pero estaba ahí. La pendiente era vertiginosa (el pájaro). La voz conocida (no hay otra) nombra. El miedo aparece ante la fatalidad. La cara. El encuentro. Casi ciegos se acercaban. Cómo sería el contacto. La cópula de dos cuerpos entumecidos, que se esperan. Los gritos a través del espacio que por fin se encuentran. Un olor conocido busca donde apoyarse. Es como empezar de nuevo.

8

Renacimiento.

Los recuerdos se van deshaciendo, son vanas imágenes de una falla: nosotros. Penetra una luz por la ventana (¿dónde?). No deja que mi figura sea totalmente visible (los poros por los que respiro). La sensación de vacío es intensa. Nada recorre mi cuerpo. Imagino las cosquillas (un vos). Veo mi feto, una relación paródica del espejo, de los espejos (tela-araña). El cigarrillo se consume (fuego, brasa transformada en cenizas: oxígeno). Respirar nos hace ceniza. La Nada. El vacío. Principio de la irrupción. Que explota. Se deshace. Se re-forma (un líquido viscoso recorre mi cuerpo). Te acuesto en la cama y sentís como tu cuerpo no pesa. Somos dos en la Nada. Ya somos Nada. Ya somos.

Nicolas Friedmann

Frío. Sueño. Camino. Orilla

Frío.

En un mundo dominado por verdades mutantes. Es un mundo de emociones dirigidas.

Caminamos por la calle como si fueran borrándonos las aristas, esas imperfecciones molestas que no sirven para ser feliz. Para ser.

Cada vez nos acercamos a esa perfección idiota. Económica, falta de humor porque viene de un lugar que no conocemos.

Para ser. Y todos, o casi todos, intentamos escapar, tener nuestro escondite donde soltar una frase inconexa, un sentimiento irascible, una acción hiriente, un espasmo real.

De esta cárcel que nos dicen que no se puede salir, pero la verdad es que no hay llaves en las puertas.

Salir.

Y respirar, aliviados.

Y olvidar un rato.

Entonces sí, volver.

Sueño.

Pienso en la oscuridad, o ese estado donde ya no sabemos, pero estamos lúcidos. Sólo sentimos las imágenes, las ideas que nos invaden y se aceleran hasta que decimos basta. Pero no paran, no somos capaces de detener un estado hipnótico, sórdido, solitario.

En el silencio de la noche pasan cosas. Imperceptibles, como un ruido lejano o una respiración del otro lado de la pared. También, dormir.

Camino.

Como si fuera tarde, con prisa. O tal vez para no ver lo que pasa a mi lado, no quedarme mirando algo, alguien, y que el mundo se pare. Entonces sigo, camino, los pasos una huella invisible en el asfalto. Y a veces miro lejos, buscando esa línea que me lleva pero no está. Se perdió.

Caminar como si no viera nada. Pero una silueta me hace cambiar de acera. O elegir el trayecto más largo porque me gusta más, me da tranquilidad.

Voy buscando hacer el mismo camino, cada día, sin lograrlo.

Orilla

Habitamos la orilla, un lugar donde los límites se difuminan, donde es difícil saber de qué lado estás. Y el peligro, pasar al otro lado.  Es como perderme. Te vas, y todo depende de cuándo aterrizamos. Pero me perturba el vacío.

La orilla es el límite que nos ponemos, o el que nos encontramos, es el lugar indefinido. Y los miedos. A veces las certezas.

31-12-2017

 

 

 

 

Pocas palabras

Bueno, no es un libro, son postales. Un contenedor de palabras como cualquier otro. Prefiero verlo como si enviara mensajes en botellas que se dejan en el mar (la mar). Parte de algo, rastros de (un pensamiento, un sentimiento?), que pasa por ahí.

Pocas Palabras

1

Un día reflexionamos, nos preguntamos hacia dónde vamos. El pasado es una película a cámara rápida, flashes de una memoria que se puede perder. Esos fragmentos son lo que pensamos de nosotros, y por eso es parcial. A veces, tenemos la oportunidad de pensarnos diferentes, y esa mirada casi externa, además de asustarnos, nos ilumina. Es ese día que nos miramos al espejo y escudriñamos a ese que nos observa como a un extraño. ¡Cuántas veces, de manera autómata, nos lavamos la cara como quien limpia la mesa! Sacar esas migas. Qué sabia es la mente, que sabe cuando apagar el interruptor. Vivir en la intensidad trae sufrimiento. Buscar la felicidad como seguir un manual es poner cemento a un basurero. Por eso hay quien necesita el riesgo para sentirse vivo, caminar sobre una cuerda en el abismo, caer al vacío como la forma de acercarse a lo que creen que es vida. Pero no hay normas, ni forma de atrapar los sentimientos. Pero sí es posible vivirlos. Y reconocerse en el espejo. A veces, descansar.

2

A veces pienso en un hilo de agua, bajando una montaña. O quisiera asomarme a la ventana y descubrir que el día gris se transformó en soleado. Y si estoy cansado me gustaría parar, mirar al vacío, aislarme un rato hasta reirme de algo.

3

Pocas palabras

Cada vez, a medida que avanza el tiempo, me voy quedando sin palabras. No es que se pierden, yo diría que me vuelvo austero, economía pura. Pero también veo que las que van quedando ganan en profundidad, como si adoptaran otros significados. Y me toca luchar para no dejar de comunicarme.

A veces un “hola” contiene dentro un “qué tal, me alegro de verte”, pero se queda adentro, atrapado en una palabra. O un “más o menos” que esconde “necesito un abrazo”, puede perderse en la nada, ahí…

Ahora entiendo por qué escribimos, una forma de ganarle al tiempo, de no perdernos, de que todas esas palabras ocultas vean la luz.

 

De la importancia y otras banalidades

 

De la importancia y otras banalidades

1

Una vez me miré al espejo e intenté decirme cosas positivas, “yo soy el mejor” y cosas por el estilo. No soy buen consumidor de autoayuda, más bien me sentí tonto, aunque ese sentirme tonto me reafirmó en mis pensamientos. Casi pensamientos.

También probé intentar ser el centro de atención, y participar de conversaciones animadas intentando llevar las riendas y pronunciar frases ingeniosas e inteligentes. Hay un momento en que te mirás desde afuera y ves al resto de la gente que parece que va a reir antes de que hables, sea un chiste o que se murió un familiar el día anterior. O ya sabés lo que vas a decir. Es cansado y de mal gusto.

Con el alcohol no me fue mejor, porque si uno no para a tiempo, de la chispa a lo patético  hay un sinfín de estados entre los que están el mareo, la verborrea sin sentido, la verborrea sin sentido ni vista, y el vómito. Siempre es bueno sacar los malos humores fuera.

Ah, sí, intenté escribir para sentirme importante, pero por exceso o carencia de ego, nunca llegué a buen puerto. Siempre parece que las palabras están ahí por casualidad, a punto de irse a un lugar mejor. Parece que te están diciendo: no me pongas ahí, no me gusta estar al lado de ésta (palabra), por qué me ponés un punto y no una coma.

En el deporte no me fue mejor, ya que al carecer de esa ansia competitiva, te da lo mismo ganar que perder. Y ya se sabe que la deportividad es una tontería inventada para que los niños no se sientan desolados al quedar segundos. Nadie quiere perder.

Quise tener una vida contemplativa meditando, intentando encontrar mi ki o chi, o lo que sea, peor me encantan las películas de acción. He perdido paciencia.

 

Llega un momento en que las conversaciones más profundas son sobre el calor y la lluvia, a veces sobre el tráfico o “cómo está el mundo”. Si el mundo es una mierda, es la de siempre, y por eso cansa un poco tanta frase hecha. Las que digo yo.

Probé sentarme en un banco de la calle a ver pasar a la gente y los coches. Es muy aburrido, y termino contando cuantos pasan de color rojo, sean coches o personas, y me hago apuestas que pierdo siempre.

Falto de constancia y consistencia voy a trabajar. Qué manera de hablar de la gente. Pero desde que aprendí el vocabulario básico de mi sector, ya puedo practicar todas las otras técnicas de la importancia, aunque mejor ser moderado con la bebida. Hay que mantener la imagen.

2

Miré hacia la ventana, como si fuera a entrar algo más que el aire. Pero no esperaba nada.

Modos de respirar.

Me enfrenté al espejo por la mañana. Sólo me reconocí de reojo.

Más tarde, en medio de  la vorágine, yo iba a cámara lenta, o el resto iba muy rápido. Acelerando.

Al final, durante un instante, hubo silencio.

3

A veces, parece que la vida, tal como la vivimos, es una montaña rusa, y cada momento puede ser una subida lenta, o una bajada vertiginosa. Es cuando me pregunto: ¿Cómo se llega a la tranquilidad, esa paz interior que nos dice “todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar” (con música de Serrat, claro)? Porque mis neuronas están lanzadas, y en su fuga chocan entre ellas.

Busco el silencio, las palabras no hirientes, los rincones del sosiego.

4

El hombre, después de mucho andar, paró y se preguntó. ¿Dónde estoy? ¿Quién soy? ¿A dónde iba?

Al no obtener respuesta, siguió caminando.

5

Biel se levanta a las siete de la mañana, indefectiblemente. Y viene a nuestra cama, y se incrusta entre los dos. Este pequeño hecho cotidiano desata su actividad, dividida entre el juego continuo, la conversación continua, y el movimiento continuo. A veces, las actividades se multiplican, se entremezclan, o comienzan caminos paralelos , cambios bruscos e intereses nuevos. Y de preguntas nuevas, o las ya conocidas. A veces, Biel ya tiene pensado todo lo que hará durante el día, sin contar los días de escuela que ya están programados. Y en un giro inesperado, recupera juegos y palabras de tiempo atrás, casi olvidadas. Otras veces, algún hecho, una noticia, o una película, lo dirige hacia algo nuevo, siempre fascinante.

Todo esto, con las emociones a flor de piel, con esa intensidad de intentar aspirar todo el aire que lo rodea, pero también con la posibilidad de que duela.

Si nos quedamos un sábado o domingo en casa, hay un momento en que es ya de noche, y el tiempo se fue a su velocidad, porque él parece que se come el tiempo, lo va devorando, alimentándose de cada pequeño instante vivido.

Los días de fiebre, tres o cuatro en estos años, nos miramos extrañados sin saber bien qué hacer, por falta de costumbre.

Lo nuestro es un cansancio fortalecedor, que nos llena, que a veces no sabemos cómo gestionar.

Y siempre tiene un beso, o un “mami t’estimo”.

17/07/2016

Libro A5, con encuadernado en papel decorativo 28 x 28 cm., que hace almismo tiempo de envoltorio.