De la importancia y otras banalidades

 

De la importancia y otras banalidades

1

Una vez me miré al espejo e intenté decirme cosas positivas, “yo soy el mejor” y cosas por el estilo. No soy buen consumidor de autoayuda, más bien me sentí tonto, aunque ese sentirme tonto me reafirmó en mis pensamientos. Casi pensamientos.

También probé intentar ser el centro de atención, y participar de conversaciones animadas intentando llevar las riendas y pronunciar frases ingeniosas e inteligentes. Hay un momento en que te mirás desde afuera y ves al resto de la gente que parece que va a reir antes de que hables, sea un chiste o que se murió un familiar el día anterior. O ya sabés lo que vas a decir. Es cansado y de mal gusto.

Con el alcohol no me fue mejor, porque si uno no para a tiempo, de la chispa a lo patético  hay un sinfín de estados entre los que están el mareo, la verborrea sin sentido, la verborrea sin sentido ni vista, y el vómito. Siempre es bueno sacar los malos humores fuera.

Ah, sí, intenté escribir para sentirme importante, pero por exceso o carencia de ego, nunca llegué a buen puerto. Siempre parece que las palabras están ahí por casualidad, a punto de irse a un lugar mejor. Parece que te están diciendo: no me pongas ahí, no me gusta estar al lado de ésta (palabra), por qué me ponés un punto y no una coma.

En el deporte no me fue mejor, ya que al carecer de esa ansia competitiva, te da lo mismo ganar que perder. Y ya se sabe que la deportividad es una tontería inventada para que los niños no se sientan desolados al quedar segundos. Nadie quiere perder.

Quise tener una vida contemplativa meditando, intentando encontrar mi ki o chi, o lo que sea, peor me encantan las películas de acción. He perdido paciencia.

 

Llega un momento en que las conversaciones más profundas son sobre el calor y la lluvia, a veces sobre el tráfico o “cómo está el mundo”. Si el mundo es una mierda, es la de siempre, y por eso cansa un poco tanta frase hecha. Las que digo yo.

Probé sentarme en un banco de la calle a ver pasar a la gente y los coches. Es muy aburrido, y termino contando cuantos pasan de color rojo, sean coches o personas, y me hago apuestas que pierdo siempre.

Falto de constancia y consistencia voy a trabajar. Qué manera de hablar de la gente. Pero desde que aprendí el vocabulario básico de mi sector, ya puedo practicar todas las otras técnicas de la importancia, aunque mejor ser moderado con la bebida. Hay que mantener la imagen.

2

Miré hacia la ventana, como si fuera a entrar algo más que el aire. Pero no esperaba nada.

Modos de respirar.

Me enfrenté al espejo por la mañana. Sólo me reconocí de reojo.

Más tarde, en medio de  la vorágine, yo iba a cámara lenta, o el resto iba muy rápido. Acelerando.

Al final, durante un instante, hubo silencio.

3

A veces, parece que la vida, tal como la vivimos, es una montaña rusa, y cada momento puede ser una subida lenta, o una bajada vertiginosa. Es cuando me pregunto: ¿Cómo se llega a la tranquilidad, esa paz interior que nos dice “todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar” (con música de Serrat, claro)? Porque mis neuronas están lanzadas, y en su fuga chocan entre ellas.

Busco el silencio, las palabras no hirientes, los rincones del sosiego.

4

El hombre, después de mucho andar, paró y se preguntó. ¿Dónde estoy? ¿Quién soy? ¿A dónde iba?

Al no obtener respuesta, siguió caminando.

5

Biel se levanta a las siete de la mañana, indefectiblemente. Y viene a nuestra cama, y se incrusta entre los dos. Este pequeño hecho cotidiano desata su actividad, dividida entre el juego continuo, la conversación continua, y el movimiento continuo. A veces, las actividades se multiplican, se entremezclan, o comienzan caminos paralelos , cambios bruscos e intereses nuevos. Y de preguntas nuevas, o las ya conocidas. A veces, Biel ya tiene pensado todo lo que hará durante el día, sin contar los días de escuela que ya están programados. Y en un giro inesperado, recupera juegos y palabras de tiempo atrás, casi olvidadas. Otras veces, algún hecho, una noticia, o una película, lo dirige hacia algo nuevo, siempre fascinante.

Todo esto, con las emociones a flor de piel, con esa intensidad de intentar aspirar todo el aire que lo rodea, pero también con la posibilidad de que duela.

Si nos quedamos un sábado o domingo en casa, hay un momento en que es ya de noche, y el tiempo se fue a su velocidad, porque él parece que se come el tiempo, lo va devorando, alimentándose de cada pequeño instante vivido.

Los días de fiebre, tres o cuatro en estos años, nos miramos extrañados sin saber bien qué hacer, por falta de costumbre.

Lo nuestro es un cansancio fortalecedor, que nos llena, que a veces no sabemos cómo gestionar.

Y siempre tiene un beso, o un “mami t’estimo”.

17/07/2016

Libro A5, con encuadernado en papel decorativo 28 x 28 cm., que hace almismo tiempo de envoltorio.

LAS FORMAS DE LA FELICIDAD. INTROSPECTO

31 de diciembre de 2015

1

Intensidad

 

La energía fluye por la mente y el cuerpo, es la necesidad de hacer, de moverse, de crear. No hay puntos medios, no hay descanso. Sólo se puede ser feliz haciendo, porque estamos creando el mundo, nos creamos a nosotros en un continuo presente (pero se graba en la memoria a fuego).

La intensidad no sabe de premisas, no mira atrás, ni tampoco sabe de proyección. Nunca volvemos a cero, al estado inicial.

La intensidad es la fuerza de lo nuevo, aunque sea la enésima vez.

2

Ultimamente me da por pensar. Pienso en  lo que es diferente, en lo que se aparta de lo normal. Pienso en la gente. Y pienso en nosotros. Pienso en los esfuerzos y en todas las alegrías. Sé que no hay Dios , es decir, no la historia que nos cuentan. Al fin y al cabo, cada día creamos lo que somos, nos abrimos camino. Pero no me asaltan dudas, somos más fuertes. Nunca imaginé esta vida, y nunca la cambiaría.

Aceptarnos. Mirarnos para adentro. Rascar las mesas, escribir un diario. Creer.

Una forma de nuestra felicidad.

3

La felicidad del recuerdo

 

La memoria, que muchas veces parece que es un ser autónomo interior, nos ayuda a recordar, y también a olvidar. A mí se me ocurre que son como cajas o compartimentos que se llenan según una selección arbitraria (de uno mismo). Más adelante, una conversación, o mejor, un olor o una música, abren la caja y nos devuelven una sensación o sentimiento.

Hay quien vive hacia atrás, abriendo constantemente sus cajas en busca de un pasado que siempre fue mejor. Otros, borran las huellas del pasado buscando con ansiedad lo nuevo, como si nunca fuera suficiente, o como si existiera la necesidad de tapar un sentimiento de pérdida, esa emotividad. Aceptarlo.

No existe el punto medio, aunque sí los matices. Dicen que en la vejez nos vienen los recuerdos más tempranos, como si el cerebro supiera que llega el momento de empezar a leer nuestra propia biografía, que es la mejor historia, porque nosotros somos los protagonistas.

4

La felicidad del espejo

 

Me miro al espejo y no me reconozco. Esa persona que me está mirando también tiene cara de no conocerme. Ni siquiera sé si es interesante su vida en ese mundo paralelo aunque sospechosamente parece haber vivido lo que yo, lo intuyo por las arrugas de su frente, la mirada, y hasta el gesto pasmado. No le digo nada, por si acaso. ¿Y si me contesta? ¿Y si cobra vida y en vez de ser mi reflejo resulta que es al revés, y sólo soy una sombra de mí?

Es el problema de estar solo, mirándome a un espejo. Son dos, así que estoy yo y mis dos compañeros, que nunca dirán nada. Están ahí.

5

La felicidad del ombligo

 

No vamos a descubrir nada nuevo al decir que los seres humanos somos ególatras y egoístas. La capacidad de pensar en un YO, y reconocernos en eso, nos transformó a lo largo de los siglos en déspotas de uno mismo, incapaces de ver más allá de nuestros intereses. Por suerte, no todos son así, pero siempre hay un punto donde, si hay hambre, te llevarás antes que nadie ese pan duro.

A eso lo llamo la felicidad del ombligo, pero mi amigo el cínico suele decirme que es la felicidad del que no quiere ver, cegado por su impulso auto- destructivo (la verdad es que dice “gilipollas”). Cuántas veces vemos a personas descargando su ira y sus frustraciones con quienes más quiere. Cuántas veces  hay quien se acerca a otros a sabiendas de que es un error (un dolor), como rascarse una herida con un cuchillo.

No quiero que parezca una diatriba sobre la bondad (mi amigo el cínico quemaría este papel), pero sí creo que hay límites a las tonterías y al daño para rebajar al otro a tu nivel.

Podría ser al revés, pero para eso hay que estar despierto, aceptarnos tal como somos, y no dejar pasar las oportunidades.

6

La Felicidad del Año Nuevo

 

¿Qué sería de nosotros sin el calendario? Además de lo práctico, que sería contabilizar la rotación de la Tierra alrededor del Sol, y de la Luna alrededor de la Tierra, las estaciones, etc., hay algo inasible, pero indispensable, que es la capacidad de poner nuestro reloj a cero (es una forma de decir) para recomenzar, para decirnos esta vez sí, para pensar en proyectos y anhelos. El 1 de enero es nuestro punto de partida a empezar o terminar cosas, también a hacer promesas imposibles. Y muchas veces a saber que ya se nos va el tiempo, de tanto repetirnos. Pero sin ese cambio de año, sin el click y la celebración, y a pesar (o gracias) a todos estos años, y a los que nos reunimos, simplemente porque nos queremos, la mayoría de las cosas que hacemos no tendrían sentido.

Nocheviejas, cumpleaños, aniversarios, y también recordar siempre aquel día que hicimos tal o cual cosa, es el fuego que nos mantiene vivos.

(es sólo para tener historias que contar, una copa de vino, la compañía, las llamas del fuego que calienta nuestras caras).

 

 

LAS FORMAS DE LA FELICIDAD. El yo cambiante.

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1

Todos los días me levanto a las seis y media de la mañana, hago pis, me cepillo los dientes y me meto en la ducha. Entonces es cuando me siento despierto.

Me gusta caminar por casa mientras todos duermen, no porque me crea dueño del espacio, sino es la sensación raramente libre de esos minutos en que comienza a clarear el día. Y me preparo un café y miro las noticias en el teléfono, de pasada, apurando esos minutos hasta despertar a Biel. Y entonces todo cambia, se revoluciona el tiempo y el espacio. Y al rato despierto a Yolanda, y la mañana ya está completa para arrancar. Y hay unos minutos, o segundos, cuando mi mente empieza a hilar pensamientos- es un momento, casi un suspiro, en el que divago, es una deriva que une las mayores tonterías con las ideas geniales y grandes poemas que olvido a los pocos segundos, como hilos de palabras que nunca volverán.

Asi comienza un día.

2

A veces siento que habito una vaguedad, como si tuviera una nube en la cabeza, y me pierdo. Entonces soy débil.

Otras, soy como un ser que se mueve a ras del suelo, dentro de una realidad que me preocupa.

Y la mayoría de las veces, estoy en medio, haciendo equilibrios, siendo esa persona que ven desde fuera.

No es verdad que esconda un yo, más bien tiendo a la transparencia, a la ironía y el sarcasmo, aunque me río de los chistes bastos.

Hay que aprender a descansar.

3

Descubrir que el pasado es la historia y lo que somos, y el futuro un espacio a conquistar, nunca predeterminado.

Pensar que todo puede ser diferente, que la realidad de algunos es un cuento fantástico, y que también se puede poner un punto. Y mirar más allá.

Vamos de la mano y el cielo se torna naranja. Es el aire del verano que parece que todo lo detiene, como si fuera el infinito.

4

Un día me digo: ya no sé de qué escribir. Una forma de no tener ganas, hambre de palabras. Pero al final es como comer, o como todo en la vida: la cabeza descansa, el cuerpo se ejercita, y vuelve la necesidad. Creo que somos seres pulsionales, que funcionamos a base de pequeñas (o grandes) descargas eléctricas, que se transforman en esos impulsos que nos llevan a movernos: odio, amor, deseo, necesidad, obligación.

¿Pero qué es la felicidad, conseguir el objetivo, o los propios impulsos?

5

La Felicidad del otro

¿Cómo vemos al otro? ¿Somos capaces de aceptar la felicidad del otro?

Posiblemente sí, desde nuestra subjetividad, especialmente en las relaciones más cercanas. Pero estamos enseñados a ver al otro como contrincante. Y nos preguntamos: ¿Por qué él/ella es feliz y yo no (o no tanto)? Luego buscamos excusas para soportar lo evidente, nuestra envidia:

– Ya lo decía yo.

– Si no le hubiera dicho eso aquel día, no lo hubiese conseguido.

– Fue gracias al empujoncito que le di cuando…

– Siempre tiene suerte.

Tal vez, sería más fácil aceptarlo y decir: “Qué cabrón/a, ahora mismo te odio, odio tu felicidad y todo ese positivismo que irradias”. Pero no lo hacemos.

(sé, me contaron que existen personas que se alegran de lo bueno que le pasa a otros, sin resquemores ni miradas esquivas)

6

Ahora mismo, mi felicidad es estar sentado en un bar viendo pasar a la gente y todo el movimiento de la calle. La sensación es de paz. Una felicidad banal si miramos más allá, aunque la vida también está llena de estos momentos. Crear nuestra burbuja, nuestros oasis para seguir. Estar cerca de las personas que queremos, física y virtualmente.

Una madre abraza a su hijo.

Una pareja de turistas mira, perdida, una dirección.

Otros, pasan casi corriendo.

Un señor lleva en una cesta a su gato.

Un padre empuja un cochecito con su hijo, ya grande para estar ahí.

Dos mujeres pasan mirando su teléfono.

Algunos con cara de calor.

Algunos frunciendo el ceño.

Algunos rascándose la cabeza.

Hasta ahora no vi ninguna sonrisa

(se las guardan para ellos, pienso).

7

El principio de incertidumbre, o la felicidad del tiempo

A medida que pasan los años, cambiamos el ímpetu por el saber hacer, la inteligencia por la intuición. También, a veces, me pasa algo raro, porque la certidumbre del paso del tiempo, muchas veces, me trae la incertidumbre de saber que ya no somos aquellos jóvenes a los que nos faltaban horas en los días para disfrutarla (ni lo pensábamos). Y en cambio esa incertidumbre de tener toda la vida por delante nos daba la certeza de que corríamos hacia algún sitio, una meta.

No soy pesimista, pero de tanto en tanto miro atrás y me veo con esa ingenua candidez que, eso sí, ya no volverá.

Hay cosas en la vida que nunca pensaste que harías, y otras que hacés y nadie (o casi nadie) haría. Y otros pensamientos inútiles

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Este es un libro de influencia japonesa. Un cierto aire minimalista y, seguramente el palillo que le da estructura a esta imagen de levedad lo atestiguan. También es sostenible/sustentable, porque estoy reciclando el exceso de uso de madera de los restaurantes orientales.

El contenido, es otra cosa.

1

Hay cosas en la vida que nunca pensaste que harías, y otras que hacés y que nadie (o casi) haría.

Cuando a los 13 o 14 años saqué mis ahorros del cajón y me compré una pirámide de aluminio para meditar, me pareció lo más normal del mundo, pero tiempo más tarde me di cuenta de que, por lo menos en mi círculo de gente, tenía cierta rareza. Y, para no faltar a la verdad, más allá de la dificultad de orientar la pirámide al norte por el espacio que tenía en mi habitación, la carne se pudría ahí adentro (era una de las pruebas energéticas del libro de instrucciones, la carne se momificaba).
Un año le pedí a Yolanda que me regalara un Diccionario Enciclopédico. Obviamente es un objeto en desuso, pero que me sacó muchas veces de dudas semánticas, ortográficas, y también históricas.

Cosas que nunca pensé que haría: vivir en un país diferente al que nací, ser vendedor, sentir placer al contestar de forma agresiva y desafiante a los que te quieren vender algo por teléfono, sentirme un señor, cagar en un árbol como un perro (sólo una vez, hay que decirlo), llorar desconsoladamente cuando murió mi gato.

No es cuestión de hacer listas, pero las cosas están ahí, y nos van moldeando. También pasa que te acostumbrás a situaciones que podríamos llamar de mala suerte, y cuando ya estás resignado a tu sino, la sorpresa es que no se retrasó el avión o que pudiste hacer un trámite a la primera. Y esa sensación de triunfo es una mierda, porque es la anomalía de una anomalía. Como cuando el fin de semana es soleado, o (peor) cuando alguien encuentra un trabajo teniendo que aceptar las condiciones paupérrimas de principios del siglo XXI.

2

El 99% de las ideas que tengas ya están inventadas

Debe ser la mentalidad abierta de los nuevos mundos (vistos desde Europa), la necesidad para salir de la pobreza, o la propaganda del modo de vida americano. O la suma de todos estos factores. La cuestión es que vengo de un país donde muchos piensan, y sueñan, con ese gran negocio, o invento, que los jubile para siempre.

Está lleno de ejemplos de las casualidades que coinciden en la aparición de algo nuevo (hasta para los científicos), pero esta es una razón de la que se llenan los entusiastas para seguir probando. La verdad es que si buscamos la probabilidad de que un simple mortal como yo pudiera hacer, o encontrar, el negocio del siglo, es bastante baja.

Ya en siglos precedentes ocurría que algunos descubrimientos científicos se hicieran prácticamente al mismo tiempo aunque en países o continentes diferentes, sin posibilidad de comunicación y sin conocerse ni saber antes en qué trabajaba ese otro inventor o científico. Después, uno se quedaba con la gloria, o con el negocio, y de esta forma se alimentaban los rumores del estilo de “en verdad X no descubrió los rayos…, sino que fue Y, que lo jodieron para siempre”.

Cada vez que alguien me dice que busca el negocio de su vida, tiemblo, porque no es lo mismo decir que se te ocurrió algo a decir que se te ocurrió que querés que se te ocurra algo.

Recuerdo hace años, uno de mis primeros viajes de trabajo. Me dio por hacer fotos de las vistas que tenía desde las ventanas de los hoteles. Al principio me pareció divertido, hasta que me di cuenta de que la mayoría de esas vistas eran feas, desasosegantes, depresivas. Y las fotos de baja calidad. Curiosamente, un par de años después, encontré un libro de un iluminado como yo que había hecho lo mismo, con la salvedad de que ese señor sí era fotógrafo (o eso recuerdo). Primero me dio bronca (me habían robado mi idea!). Después sentí pena por los dos.

Un día miré las probabilidades de ganar los diferentes tipos de loterías. Para apuestas de cinco o seis números era de una entre trece millones! Pero como somos seres irracionales e impulsivos chocamos siempre con la misma piedra.

Yo, por si acaso, siempre juego un numerito.

3

Cuando te das cuenta de que los años pasan (bueno, ya pasaron)

Aunque es un proceso largo y continuo, a partir de cierto momento empiezan a pasarnos cosas que nos dicen que ya no somos jóvenes. De unas ni nos damos cuenta, y las otras no queremos verlas. Pero están ahí, un poso que se asienta como los kilos o las arrugas de nuestra cara.

-Cada renovación del carnet de conducir.

-No ves nada, o si ya no veías nada, te agregan dioptrías de lejos o cerca. Éste es un punto al que nos resistimos de forma estoica y miope.

-Te nombran presidente de tu comunidad de vecinos. Conlleva haberse comprado una vivienda, que cuenta para los clase media que nos creíamos libres.

-Tener más de dos cremas no medicinales

-Tu primer dolor lumbar/ciática.

-Te asustás al ver las fotos donde hay pelo donde ahora ya no.

-Antes hacías una fiesta en tu casa y los vecinos se quejaban. Ahora es al revés.

-Tu hijo crece.

-Hay padres de sus compañeritos del cole que son más jóvenes. ¡Y se nota!

-Tu hijo te dice que sos viejo.

-Sos el referente de tu hijo

-Contar los años que faltan para la jubilación (los que puedan jubilarse, claro).

–¿Una discoteca? ¿Qué era eso?

Bodas de plata, aniversarios de más de dos dígitos, etc.

La lista puede ser infinita. En el fondo, y para no dramatizar, lo más importante es cómo nos lo pasamos.

Ahora tenemos experiencia.

4

Digitalia, ese mundo verdadero

A veces parece que cada vez vivimos más en ese otro mundo de lo digital (teléfono, Internet, televisión) que en lo que llamamos mundo real. Es más fácil y más rápido decirle las cosas a alguien por mensajes o mails o en las redes sociales así se entera todo el mundo, porque la vergüenza, la cara de tonto, o el titubeo de una conversación desaparecen, y si queremos que sí se sepan, tenemos a manos cientos de emoticonos. Y somos más valientes. A veces, al salir a la calle, me siento desnudo y desprotegido. ¡Si hasta se ve mejor un partido en la tele! Estamos en contacto con todos nuestros amigos de forma inmediata y nos aligera la vida. Sí.

Viendo algunos programas de televisión, a veces me da la sensación de ser un imbécil y subnormal social, porque no soy capaz de decirle a la gente, cada vez que los veo, lo que pienso de ellos. ¿Será así el futuro, una especie de gran reality por Facebook, Twitter, Youtube? Ah, no, eso ya es el presente. El pasado, por lo visto, soy yo. Estoy escribiendo esto en un papel, mi letra ininteligible. No se lo cuenten a @nadie.

Al final, si todos reaccionamos, o nos transformamos ante una cámara, ya no será nada especial, sólo un video más navegando en la nube que mañana nadie recordará. Como la vida misma.

5

Por qué nunca sabemos nada pero al mismo tiempo sabemos todo (y eso sin cambiar la cara de tonto)

Experiencia 1: todos conocemos al sabelotodo o marisabidillo, esa persona que te arregla el mundo en un segundo, porque tiene claro los problemas que le aquejan al país, todos los corruptos que nos rodean, todos los famosos que son gays y no lo dicen, o que están arruinados y no lo dicen, o que son drogadictos y no lo dicen, o que tienen cuernos y no se dan cuenta. Y a veces todas las cosas juntas. La realidad se presenta para él como un hecho paranoico. Y nos lo hace saber todo el tiempo.

Cuidado con éstos, que te dicen que te arreglan un escape de agua y al final te dirigen acodados a la pared con una cerveza en la mano.

Experiencia 2: en el fondo, todos sabemos más o menos que la realidad es imperfecta y mejorable. Nos indignamos con guerras y otras injusticias, despotricamos contra los que nos roban a nosotros y a los otros. Tan tontos no somos como para no darnos cuenta de que nos enteramos de la mitad de las cosas (¡con suerte!). Lo pensaba el otro día viendo un programa de televisión. Da igual de qué hablaban, pero esos periodistas y opinadores amenazaban con contar una verdad que ellos conocían, pero la audiencia no. Como toda la vida, la plebe traga lo que sea. Por supuesto, no contaron nada. Otras veces, al saberse una noticia, dicen que ellos lo sabían desde hacía varias semanas, o meses (ya me lo decía el sabelotodo).

Entonces va Biel y me pregunta: ¿Por qué se pelean esos señores de la tele?

6

Cuando nos sentimos turistas en nuestra ciudad es algo extraño

Creo que son momentos, inesperados, en que nos puede sobrevenir esa sensación de turista, o extranjero de tu propia ciudad. Lo contrario sería llegar a un lugar y que te sientas como en casa. Como oler algo conocido.

Me ocurrió hoy cuando me senté en la terraza de un bar y pedí un café. Debió ser el calor sofocante de las diez de la mañana y los olores del Raval pululando. Y me sentí en otro lado, como si estuviera en El Cairo u otra ciudad de agostos imposibles, pero sabiendo que estaba en Barcelona. Indescriptible.

Pero la primera vez que tuve esta sensación dual (sé donde estoy, pero me siento extranjero de mi mismo, es decir, de mi lugar) fue cuando tenía diecisiete años. Viajaba a Israel con un programa del gobierno israelí que después me di cuenta de que era de captación de jóvenes a su causa (sin comentarios). Ya no recuerdo el día exacto, tal vez veinticinco de diciembre del ochenta y seis, pero eso está en las hemerotecas porque hubo un atentado en el aeropuerto de Roma. A las dos horas de vuelo desde Buenos Aires, dimos la vuelta y de repente volvíamos a estar en nuestra ciudad, aunque nos pidieron que no llamáramos a nuestros familiares. Nos alojaron a todos en el Hotel Colón, con vistas al Obelisco. Creo que hasta nos dieron dinero para cenar. Fue fascinante caminar por las calles de Buenos Aires como turista, una sensación extraña de libertad. No teníamos conciencia de que nuestro avión se dirigía al aeropuerto de Roma, y nos dejaron en nuestra burbuja. Nosotros ya estábamos de viaje. Redescubrimos nuestra ciudad como si fuéramos otros, cuando estábamos por descubrir el mundo.

7

No sé si prefiero que sea un tonto o un hijo de puta

No voy a descubrir nada nuevo, pero el mundo está lleno de gente mala, por decirlo de alguna manera. Son esos especímenes que disfrutan con el maltrato, con la vejación, con la burla hacia el más débil. Estoy hablando de gente a primera vista normal, que en algún momento delatan su condición, y a veces por la sorpresa, porque uno espera que el otro se defienda, o por vergüenza simplemente, no hacemos lo que nos pide el cuerpo, que es darle un buen sopapo. Yo soy más bien pacifista y antiviolencia, pero si algo me da ira, es esto. Y más tarde pienso: ¿es un tonto que no se da cuenta, o un hijo de puta que no se reprime, o no quiere reprimirse? Porque a veces creo que mejor que sea alguien que por falta de capacidad no sepa el mal que hace, pero por otro lado, me gustaría que fuera un real hijo de puta para poder pelearme de verdad.

Recuerdo hace muchos años, que con un amigo defendíamos mucho a un compañero en un viaje, porque le hacían demasiadas bromas. El chico estaba por debajo de la media, pero le tiraba más ser parte del grupo, aguantando lo que le caía, a cualquier coste. Nos dimos cuenta de que estábamos fuera de juego.

A veces, todo es muy raro e incomprensible.

8

No me gusta Julia Roberts

Me gusta el cine. Es más, me gusta casi todo el cine: películas de culto, los clásicos antiguos y modernos, las del oeste, las de acción, las de ciencia ficción, las comedias y las dramáticas, y las románticas. Me trago todo. Y ya desde pequeño me enamoraba de las protagonistas. La primera, creo, una nena rubia norteamericana de una película que no recuerdo bien. Juvenil. Me había quedado una imagen idealizada y bucólica que se rompió unos pocos años más tarde cuando volvía verla: mala peli, moralista, y lo peor, no lograba entenderme a mí mismo.

¿Qué tiene que ver esto con Julia Roberts? Tal vez un camino al revés, aunque no tanto. Nunca me gustó, es un tipo de mujer que no me atrae, esa boca enorme, esos ojos que tal vez en otra cara sean más expresivos. Si la conociera diría que es una cuestión de piel.

El caso es que en alguna de sus películas pude ver a la actriz, y no me pareció mal. Así que mi imagen de esta señora es la de una buena actriz sin sex appeal.

Todo esto me lleva a pensar que sí, yo me enamoraba de las actrices en una película, pero a la siguiente ya no. Es como aquel filme que te parecía tan bueno y cuando volvés a verlo te decepciona. Esta tontería me hizo ver el cine de forma diferente, huir del fetiche.

Pero siempre quedará Ava Gardner.

9

¿Tengo un “don” o soy un friky?

Uno tiende a pensar que en la vida todo tiene un sentido, que hacemos las cosas que hacemos porque hay un destino escrito que nos espera. Mentira. Les voy a contar una cosa: tengo un don. Lo mejor de todo es que no sirve para nada, pero lo tengo. Y debo vivir con ello.

Da un poco de vergüenza, pero es lo que hay en el reparto de cualidades humanas (o sobre humanas): cuando veo un partido de fútbol, lo normal es comentar lo que va pasando, una jugada, esas cosas. Entonces yo digo algo del estilo de: “el jugador X no está adaptado al juego del equipo”, o “esta jugada me recuerda la de hace tres años en el Heliodoro Rodriguez”, o “esa forma de patear la inventó Y en el 57”. A los cinco segundos, el comentarista dice lo mismo que yo. No las mismas palabras, pero dice lo mismo.

Por la razón que sea, en mi memoria se fueron quedando esos datos inútiles que alimentan (via hemerotecas, ahora googles) a los comentaristas deportivos y por lo visto, a mí también. Que repitan lo que yo digo parece divertido, pero luego pienso que si no tienen nada mejor que decir que uno que lo hace desde el sofá rascándose el pie (o lo que sea), es desolador. Y lo que sería un don (adivinar lo que dice otro a los cinco segundos), se transforma en una “frikada” llena de lugares comunes.

Eso sí, cada tanto puedo contestar una pregunta difícil al Trivial.

Restos Virtuales de mí. Textos

1-

En un futuro lejano, me veo caminando por un desierto naranja interminable, donde el calor parece presionarte hacia el suelo.

Pero estoy en casa.

2-

Cuando estamos lejos hablamos como cada día, hola qué tal? Y hacemos como si nada. Pero no puedo tocarte.

3-

La verdad es que sí somos viajeros del tiempo. Lo perdemos. Lo perdemos.

4-

Cuando estoy solo me escondo, busco ser invisible. A ver si se encuentran mi estado y mis sensaciones.

5-

Cada vez hay más cosas que me dan ganas de llorar.

6-

A veces, la vida es como un sueño, donde perseguimos algo que no logramos alcanzar.

Entonces despertamos.

7-

¿Y si existieran los monstruos del espacio?

8-

Al final, algunas cosas me van quedando claras: no tomarme demasiado en serio; no tomarme las cosas que pasan demasiado en serio; seguir buscando lo esencial (que por supuesto no existe, es la suma de todas las pequeñas cosas).

9-

En el colmo de la contradicción, nos inventamos historias bonitas para olvidar que también somos crueles y vanidosos.

10-

Parar, apagar la luz, intentar ver las estrellas.

11-

El amor más verdadero que conozco es el de una madre o un padre a su hij@. Y el miedo, a dejarlos, a que se queden solos.

12-

Termina un año. Comienza otro. Entonces pensamos que todo puede cambiar aunque nada pase. (pero al día siguiente el sol de la mañana te da en la cara, y esa brisa transforma tu humor, sin saber por qué).

Diez ventanas

1

Mirar por la ventana el tumulto de la calle. Saber que allá abajo pasa algo, que baje al bar. Y el paseo de los perros. Y hasta cuando no hay nadie que sobresalte el calor del mediodía o el silencio cómplice de la noche. Enton- ces imagino. Todo lo que no sucede en la calle está encerrado en paredes, o en estadios llenos de gente, anónimos que gritan. Desde al lado llega un gemido que no distingue el placer del dolor. Y enfrente una televisión encendida colorea un concurso caduco. Por suerte el vecino del sexto pone clásica en el CD, y la vigilia se hace amena y tranquila. La inocente paz que se respira es sólo una tregua que da paso a otro día, porque nunca se sabe cuándo terminará esta felicidad, o cuándo el tedio llenará mi cuerpo para querer salir y chocar con el mundo. O lo fácil que es esperar que un hecho suceda, sin moverse. Esperar que el rosal florezca, que la humedad baje, que me digas te quiero, que la brisa me abrace. Esperar que las cosas pe- queñas den sentido a una vida. Esperar que las grandes aparezcan. Esperar es una palabra vil, pero feliz a veces. Esperar que salga el sol por la mañana, o que llueva torrencialmente. Esperar mi movimiento cuando no sale. Apacible espera de un pétalo, un beso y una mirada.

2

A mí, es que me da vértigo cualquier altura, pero a Joaquín le flipan. No hay cornisa ni terraza ni precipicio al que no se asome. Es como una enfer- medad. El dice que así se siente vivo. Y le creo. Antes iba con él, lo acompañaba a los lugares, hasta nos divertíamos. Pero siempre había, llegaba el momento en que encontraba ese sitio a donde yo no quería ir. Me entraba como un picor en el estómago, se me achicaba, y ya no podía pensar. A Joaquín le divertía. El se reía a mi costa. Y digo se reía, porque dejé de ir con él. No lo aguanté más. Claro, empezó con el puenting, siguió con el parapente, y al final la caída libre.

Sorpresivamente, cuando lo dejé de ver fue cuando comencé a compren- derlo. Digo, eso de ponerse en un punto en que te estás por caer, o que caes y algo te sostiene. El peligro. La adrenalina. Todas esas cosas que se dicen son válidas. Y también la libertad. Ese sentir que uno es libre aunque sea esos segundos en que el aire es el único testigo. Después se me ocurrió pensar que lo que le pasa a Joaquín es que le gusta esta forma de divertirse porque se siente atado en su vida. Las obligaciones, la familia, y los amigos como yo a los que nos gusta más bien la paz de un sillón mullido. Entonces, para descargar toda la ira que lleva adentro, Joaquín busca espacios vacíos por los que tirarse. Por supuesto que no quiere matarse, pero al existir esa posibilidad se siente diferente. Como si hubiera elegido ser torero, o algo así.

Lo que es seguro, eso sí, es que Joaquín se realiza cada vez que se trepa a un tejado o que se tira desde un puente asido a una cuerda. Qué se le va a hacer. Ahora casi no lo veo nunca, pero aprendí a saber que su forma de vida es la más segura para él. Y le crecerán alas.

3

Desde tiempos inmemoriales, la razón de mucha, muchísima gente, fue el tener hijos. Procrear, hacer nuevas vidas, darles hermanitos a los hermani- tos. Ser numerosos. Sé que hoy en día no tiene muy buen ver está visión de las cosas, pero en el fondo a la mayoría le hace ilusión el ver reflejado en otro ser humano a sí mismo. Ese “es igualito al padre”, o frases por el estilo, son de un trasfondo feliz para quien las recibe. La naturaleza humana. La cuestión es formar una familia. Es lo que le pasó a Carla hace unos años: ella era una chica liberal (perdón, progresista), que vivía en pareja con su novio Juan Antonio, también progre (o liberal). Todo marchaba sobre rue- das hasta que un día, en una cena familiar, a una tía-abuela pesada se le ocurrió preguntar que para cuando el casorio, que sino a Carla se le iba a pasar la edad de tener retoños. La broma fue festejada, sí, pero por la noche, después de un polvo liberal, Carla tiró la pregunta: ¿te casarías conmigo? A partir de aquí ya se pueden imaginar. Idas y venidas y discusiones y un poco de pelea hasta que los dos se dieron cuenta de que su forma de vivir ya los convertía en una familia, y que después de todo, darle una ale- gría a los viejos no estaba del todo mal, y que, además, el estar casados les convenía en materia fiscal. Conclusión: boda al año siguiente (por la iglesia, por los viejos), y un Juanantonito al cabo de año y medio.

Ahora Carla y Juan Antonio son felices, acumulan algunas deudas, dejan a su niño en casa de los abuelos cuando se tercia una noche de marcha, y piensan que lo más importante en la vida ha sido darle a este mundo un ser destinado a ser médico o abogado o ingeniero. Serán unos padres liberales (o progres) y dejarán que su varoncito traiga a cenar a la novia cuando sea adolescente. Se preocuparán por el tema de las drogas y del sida. Y hasta darán dinero a una ONG.

Hace bastante que no veo a Carla, está muy ocupada. Y Juan Antonio tam- bién. En verdad no es que no los vea porque ellos no me llamen. Lo que pasa es que cuando nos encontramos, lo primero que me preguntan es que para cuando yo. Tiemblo.

4

Mi amiga Rebeca tiene una filosofía muy acorde con los tiempos en que vivimos: vive y deja vivir. Después de pasar por muchas formas de pensar cómo debía ser el compromiso ante los hechos que se suceden en nuestro existir, decidió que eso era lo suyo. Y encontró la felicidad. La particularidad de su “vivir y dejar vivir” es que Rebeca lo tomó en sentido amplio, y si bien ideológicamente está de puta madre, cuando nos adentramos en las cosas prácticas, le trajo algunos desentendidos. No por esto dejó de ser tan feliz como lo es, hay que aclararlo.

Todo esto sería una tontería sino fuera porque un día me dejó plantado en plena mudanza porque le apetecía, o que le llevó un par de días tarde a Carlos los libros indispensables para su examen (el tiempo justo para comprobar que ya lo había hecho fatal). Claro, no se le puede exigir algo que lo hace de favor. Rebeca es tan buena y simpática, que se lo perdonamos todo. Al fin y al cabo, es nuestra amiga, y un error lo tiene cualquiera. Además, cuando me enojo, o se enoja Carlos, ella, u otro, se encargan de mostrarnos nuestros propios fallos, y nos sentimos idiotas. Tal vez se trate sólo de una forma de egoísmo que no sabemos comprender, o es que estemos (esté) tan equivocados, y que ella tenga razón. O es su carácter, con lo cual ya no se puede hacer nada.

No hay problema. Yo le seguiré haciendo favores, correré a buscar eso que le falte, intentaré contentarla con las cosas que ella haga. Y lo mismo con Carlos y los demás. También es cuestión de carácter.

Ah, Rebeca se quiere apuntar a un viaje solidario a Guatemala. ¿Con eso bastará para tener la conciencia tranquila y seguir con el “vivir y dejar vivir”?

5

Antes, la realización de una vida se conseguía por medio de grandes actos, grandes pensamientos, o grandes fracasos (¿por qué no?). Hoy en día, esta- mos convencidos de que seremos felices logrando esa consecución cotidiana que nos redima de un día, o una vida, que no va a ningún lado. Realzamos el placer de un instante, tal vez un momento, y nos quedamos tranquilos.

¿Cuál es la mejor forma de vivir? Un interrogante difícil, y determinado por cada época. Yo, por ejemplo, me alegro de vivir una tarde sentado en una terraza viendo el ocaso, o intuyo una brisa en un poema. Pero luego me atrapa la zozobra de no saber para dónde estoy caminando, ni siquiera el por qué. Y en los ratos de lucidez pienso que a través de esas pequeñas acciones llegaré al objetivo final de mi propia vida. Es demasiado trascen- dental, lo sé, pero a algo hay que aferrarse. Me lleva a pensar en todos aquellos que quieren llegar a su destino sin caminar el largo trecho que les queda, como si tuvieran pereza, o la sensación de que sólo sabiéndolo ya es suficiente. Lo contrario sería entrar en interminables batallas contra uno mismo que no nos llevan a ningún lado.

¿Existe entonces una forma de la felicidad? Tal vez sea esa mentira piadosa sobre la cual nos creamos nuestro pequeño mundo, nuestro castillo encantado.

6

Bueno, siempre soñé con ser escritor, y lo que me hubiese gustado es tener un despacho con una gran biblioteca al fondo. Mesa de roble, sillón mullido, y un cierto desorden adrede, como quien no quiere la cosa. Como colofón, un gato que se paseara como el dueño del lugar. Y pasar las horas meditando aquella gran novela por escribir. Qué vida. Por las mañanas, me traerían el chocolate caliente en un gran tazón, para tener fuerzas durante el duro trabajo de hacer feliz a los demás. La barba a medio crecer, aunque sea sólo para hacer juego con la pipa (con el humo de la pipa).

Nunca le pedí demasiado a la vida. Mi fracaso es no haber conseguido este sueño que me persigue. A veces creo que es inútil, que los deseos son películas sin hacer, novelas inconclusas, y que las utopías de juventud quedan en esa zona de nuestras vidas en las que olvidamos entrar con asiduidad para ver a lo que hemos llegado. A dónde hemos llegado.

Además, nunca pedí la fama. Con un pequeño reconocimiento del mundo literario me hubiera bastado para trabajar con tranquilidad. Ya he dicho que era un sueño de mis años adolescentes. Con esos poemitas que leía a las chicas que terminaban aburriéndose de mí. Si hasta la profesora de lengua de tercero me miró con cara de sorpresa y sarcasmo cuando le comenté con pudor mis planes de vida. Ni siquiera ella creía en lo que enseñaba. Ese fue el principio del fin. Ahora me queda la vaguedad de un despacho soñado y un gato que cuide los tesoros que no escribiré.

Hace un par de días, Javier, mi hijo, me confesó su amor por las artes. Me dijo: papá, quiero ser poeta. “Te lo prohíbo. ¿Me escuchás? Buscate algo con salida. Pensá un poco”. Esa fue mi respuesta. Estoy acabado.

7

A la hermana de mi amigo Rubén se le ocurrió un día que quería ser can- tante de un grupo de rock. Así que dejó de lado la falda plisada del colegio (tenía dieciséis años) y se calzó los jeans elásticos y la camiseta con el es- tampado de “Metállica” de Rubén. María Ángeles, que es como se llama la hermana de Rubén, no tenía ni puta idea de cantar, pero logró rodearse de un grupito que no lo hacían nada mal.

Los primeros días de resaca de calimocho los superó gracias a la utilización de los métodos aprendidos en la terapia que le pagaban los padres, y que consistía en mirarse al espejo y decir: estoy genial, soy la mejor. La idea de una vida marginal y rebelde la seducía tanto, que aceptaba cualquier cosa con la naturalidad de su ingenuidad. Probó de todo, hasta los insultos a los padres, porque hay que mantener la imagen. Una vez, estuvo quince días sin bañarse, sólo para que su cabello antes liso y sedoso, adquiriera la textura deseada.

Todo esto a Rubén le asustaba un poco. A él, el rock le parecía muy bien, y era la música que más escuchaba, pero que su hermana tuviera esos hábitos tan de otras épocas ya era algo que no podía admitir. Intenté convencerle que a la pobre María Ángeles eso era lo que la hacía feliz, y él no era quien para ir a decirle lo que debía o no hacer. “Es que es mi hermana”, me replicaba con cara de castrador compungido.

Un día, María Ángeles rompió todos los discos de rock duro, y se alistó al club de fans de las Spice Girls o de los Back Street Boys (qué más da). Rubén sufría ahora al ver tan despechugada a su hermanita, y me decía que la prefería sucia y rockera. Entonces comprendí que mi amigo Rubén tenía una faceta incestuosa, o que era un idiota.

8

Una noche en que festejábamos algo (no recuerdo qué), encontramos con unos amigos un montón de juguetes y de objetos, entre ellos un diario. Así supimos, o imaginamos, que todo aquello perteneció a una niña, y nos estremecimos. El diario llevaba la fecha de ese mismo año. Pienso ahora si esa niña ha sido objeto de un simple error (tirar a la basura su diario junto a juguetes viejos) o de una calamidad. Pienso que esa niña, o tal vez todos los niños, nos enseñan tantas cosas desde su ingenuidad, que es para asustarse (de nosotros).

“Jueves 15 de junio de 1995.

Hoy ha sido el mejor día para mí: he celebrado mi cumpleaños. Aunque no lo sea aún. Hemos ido al Mc Donald’s con mis mejores amigas: la Judith, La Rosa, la Marta, las dos Sandras, la Beti, las Griño, y las González, la Lorena y por último la Patricia.

Ha sido muy divertido y lo mejor es que dentro de dos días tengo otro cum- pleaños. La única cosa fastidiosa es que me hicieron una trampa.”

“20-10-95 Ya que hace meses que no escribo, escribiré desde hoy. Hoy ha sido un día como los demás en el colegio.

Pero estoy un poco triste porque hace dos días una profesora me quitó la cosa que más quería en el mundo: mi pingüi. Dice que no sabe si me lo de- volverá o no. Pero por otra parte estoy feliz ya que mi coche teledirigido de 9 años ya funciona como siempre aunque no tenga mando.

En el cole hay una niña que primero se le murió el padre y ahora la madre está en el hospital.”

“21-10-95

Hoy estoy algo confundida, no estamos ni en noviembre y ya ponen las luces de navidad.

He arreglado mi coche teledirigido, ahora se le encienden las luces.

El lunes me quitarán mi tele que es muy grande. Traerán otra. Yo no quiero porque me la quiero mucho, pero no se puede pedir todo en la vida.”

“15-10-96

Le podría decir que hace 1 año que no escribo. No tengo tiempo.

Hace algunos días nos cambiamos todos de cole. Al principio me costó acostumbrarme, pero ahora más o menos ya ha pasado. Ahora cada tarde nos tenemos que quedar solos porque mi madre se queda más tarde al trabajo.

Hoy todo ha ido bien. Por cierto, hay un niño en el cole que me gusta. Se llama Xabi. Aunque no sea la única a quien le guste ese niño.

De momento me gusta tal como van las cosas.

Hay una cosa que no entiendo. Hace un año me quitaron a mi hermana y pusieron otra tele en lugar de ella. Ahora mi hermana gemela está en casa de mis abuelos y soy la que me la conozco mejor. Será de familia.”

9

Hay que decirlo: hay gente masoquista. Sí, les gusta sufrir. Les encanta que las cosas salgan mal, especialmente a ellos. Los más conocidos son por supuesto los masocas sexuales, esos a quienes les da morbo que les peguen y lastimen. Pero también los hay de otras clases. Por ejemplo los políticos, a los que les va eso de ser calumniados y castigados de todas las formas posibles, y con merecimiento. Una vez me dijeron que no podían ser masoquistas porque esos listillos se forran a costa nuestra. Mi respuesta es que las consecuencias no son parte de la descripción del comportamiento.

Otros masoquistas son esos que se buscan trabajos donde puedan ser vilipendiados a placer por un jefe déspota e hijoputa. Y cobrar poco. También les gusta ser despedidos y así quedar sin trabajo y desguarecidos ante la vida. Ello lleva al castigo familiar por perder el sobrevalorado puesto de trabajo. Y así continuamos.

Los masocas rebeldes, por ejemplo, son esos que se quejan y parecen que van a explotar y mandarnos a tomar por culo, pero siempre se lo guardan. Esta relación se da bastante entre amigos, y en muchas parejas. No sé por qué, pero es así.

Podría hacer una lista infinita, pero sería aburrido. Qué sé yo, están los que gozan haciéndose llagas después de estar cinco horas comiendo pipas, los que se agarran los dedos en las puertas, los que comen porquerías (¿eso es masoquismo?), los que sueñan que los violen, y un largo etcétera.

Hay que entender que ésta es una conducta que busca la felicidad para quien la practica, y que es tan humana y normal como besarse y acariciarse. Quien lo consiga, bienaventurado sea.

10

Hay personas a las que la felicidad rehuye de manera continua. Son los desdichados. Como si lo suyo fuera mirar desde fuera, cualquier acción placentera, o recompensa a un esfuerzo, o una estabilidad general, le pasa de lado. El infeliz sabe que su número no es el ganador, o que si lo es, ya vendrá aquel cuervo que se lo lleve todo. No le es suficiente con tener malas relaciones familiares y laborales, sino que además sólo da lástima a quien lo conoce, porque lleva el signo en la cara.

Pero la verdad es que todos podemos ser infelices, desdichados, o como quiera llamarse a este estado en la vida. Dicen que quien sale de la infelicidad es que nunca lo ha sido. Todos podemos serlo, pero tampoco es tan fácil. Hay que tener ciertas cualidades, o desarrollarlas. No es cosa de dos días el saber elegir siempre la opción mala, o pisar la mierda en la calle con la vista en otro lado. Que yo sepa, no hay ninguna academia de la infelicidad. Por lo menos ninguna que lo exprese abiertamente, porque es sabido que algunas instancias educativas parecen buscar solamente este estado.

No hay que olvidar a los relativistas, aquellos que dicen que la felicidad y la infelicidad son dos formas de un mismo estado. Como el ying y yang. Y puede que lo sea en algunos casos. Sin embargo, no se puede dejar de admitir que los desdichados, o los perdedores como gustan llamarse, son una clase de personas muy definidas. Ahí está mi amigo Ramón, un cero a la izquierda, un pobre hombre, en definitiva, un desdichado. Nada le sale bien. Una vez se casó, y no sólo se había olvidado de los anillos frente al cura, sino que esa misma noche la que fue su mujer le puso los cuernos con un camarero del hotel. Ahora es un pobre divorciado. Podría contar tantas cosas de Ramón, que sería una mala novela.