LA MIRADA DEL GATO

1

Mi nombre es Bono, y soy un gato. Me llamo Bono gracias a esas personas que dicen que soy suyo, y parece que es un nombre que les recuerda a otra persona que no conocen, pero que tal vez admiran. Mis personas son una hembra de nombre Yolanda, y un macho de nombre Nicolás, aunque no sé si esos nombres recuerdan a otras personas, o se llaman así por gusto. A veces se llaman por otros nombres, como Cariño, o Baby. Esto me lleva a pensar que las personas responden a varios nombres, como los gatos, que sabemos cuándo nos llaman, aunque sea con un silbido o una frase ñoña.

A Yolanda yo la quiero mucho, porque es la más cómoda, y porque me gusta que me acaricie. También me gusta jugar con ella aunque se enoje cuando la cosa se pone más divertida para mí. Claro, ella me puede levantar con una sola mano, y si me defiendo con uñas y dientes ya está, me grita y me tira hacia algún lado.

Con Nicolás es diferente, él me tira la pelotita y yo le sigo el juego y de pa- so me entreno por si me tengo que enfrentar a un enemigo. Por lo demás, sólo me gusta estar encima de él cuando no se mueve, así encuentro una posición cómoda, cosa no tan fácil. Pero bueno, él suele darme la comida y esas cosas raras que me mete en la boca.
Voy a sincerarme: los quiero un poco, a pesar de sus cosas, porque vivo con ellos hace ya muchos años y me dejan dormir en su cama. Y un secreto, hay veces que practican algo así como una lucha que no sé nunca quién gana, entonces me voy al comedor, o me quedo expectante, porque después se quedan muy cansados y puedo hacer lo que me da la gana.
Hay días que pienso que soy un gato con suerte, y observo por la ventana a esos compañeros del patio que me miran mal. Y otras me pregunto: ¿qué habrá afuera, más allá de esos paseos para ver a Carlos, y alguna que otra escapada infructuosa?

2

Quiero aclarar una creencia extendida entre las personas, según la cual el perro es el mejor amigo del hombre. Es sabido que los humanos son pro- pensos a las habladurías, a dar por buena cualquier opinión, especialmente si encuentra eco en los diarios o la televisión.

¡Es el Gato el mejor amigo del Hombre! Así, con mayúsculas. Los gatos, igual que los perros, recibimos a nuestras personas en la puerta, expectantes, pero sin vociferar como si se acabara el mundo, y también sin tirarnos encima de quien llega. ¿Acaso los perros creen que una persona que sale de casa no volverá más?

Los gatos nos arreglamos con menos espacio, vamos a nuestra bola, y no molestamos a nadie. Es más, marcamos bien el territorio del hogar, no sea que alguien quiera entrometerse. Por eso nos meamos en los rincones. Pero eso no tiene mayor importancia, porque nosotros descansamos en el rega- zo de nuestra personita, y dormimos el tiempo que sea necesario, todo con tal de no molestar.

Ya sé que a algunos hombres les gusta amaestrar a los perros, pero eso es un signo del ansia de poder que los mueve. Fíjense sino, dando órdenes y castigando si no los obedecen. A veces dan una lástima.
Por sobre todo, nosotros los gatos somos de naturaleza inteligente, reservados, austeros, amigos de nuestros amigos, y defensores (pero de verdad) de los nuestros.

3

La soledad del gato es algo normalmente tomada como una cualidad de los felinos. Nos tienen como autosuficientes, y nadie nunca nos preguntó si esto es así. Y cómo hacerlo, si no hay humano que sepa comprendernos. Como mucho, adivinar ciertos ademanes generales sobre lo que podemos querer decir. Se ve que esa sí que es una característica humana, la de no poder entenderse. Se hablan y no se escuchan, se imponen sin saber qué opina la otra persona. Nosotros los gatos, dentro de nuestras limitaciones, también tenemos sentimientos complejos. Y sabemos leer en los otros qué hay detrás. Y no ponemos barreras ni formalidades. Por eso somos leales. Por eso defendemos lo nuestro.
A veces, al ver a nuestras personas, no podemos más que reir o compade- cernos de esa ceguera que los acecha. Nosotros vemos en la noche. No te- memos la oscuridad. Somos los guardianes de esas pobres almas. Pero hay que admitirlo, generalmente los animales (y para nosotros no es peyorativo) poseemos ese sentido que nos alerta de la maldad. Para qué necesitamos la vanidad! Si tenemos hambre buscamos comida. Si el cuerpo nos pide sexo, buscamos (olemos) a nuestra hembra, a nuestro macho. Si se necesita ayuda, ahí estamos. No pedimos nada a cambio. Por eso nuestra soledad es diferente, sordos de los otros, escuchando aullidos en la lejanía.

4

Ya sé que muchas veces me río de los perros, y que casi siempre me parecen algo estúpidos. Pero el otro día, mis amigos Pica y Porte me contaron como murió Moro, un perro de los de antes, ovejero, fiel, un amigo. El luto por su desaparición duró una semana en Paradilla, y sus hazañas todavía resuenan en lugares tan lejanos como éste. Se ahogó en lodo, me dijeron. Iba persiguiendo
un gato, u otro perro, y no sabía que unos humanos, en nombre de la civilización, habían cavado un pozo para el tendido telefónico. Era de noche en Paradilla de la Sobarriba, y la oscuridad le jugó su última broma pesada. Cuando lo encontraron era tarde ya. Y esa pérdida inútil nadie puede subsnarla.

Una semana dije, duró el luto por el Moro, llorado por su familia, por sus amigos. Esos días en los que el vacío es tan intenso hay que dejarse llevar, porque la fuerza no nos acompaña. Yo sé que todo esto que cuento es cierto, porque me lo han contado unos amigos, y detrás de su mirada pícara sé que lloraban. Y eso que era un perro.

5

Las vacaciones no me gustan. No creo que sea difícil comprenderlo. Uno vive tranquilo todo el año, sabiendo que las personas están fuera durante diez, doce horas. Son las horas de mi siesta. Cuando llegan a casa puedo jugar, me ponen la comida y me divierto un rato. Pero cuando se van muchos días me dejan solo como un gato, esperando la visita de sus familiares para que vean si sigo vivo. Al final pasa que me acostumbro a ellos (los familiares) y ya vuelven Yolanda y Nicolás. Huelen mal, muchas veces tienen la piel más oscura, y encima esperan que les haga una fiesta! ¡Por favor! Un mes entero sin venir a verme y después quieren que todo siga como si nada. La verdad es que se me pasa rápido, pero yo me hago el enojado un par de días más, para que aprendan. No se juega con los sentimientos de un gato, no señor.

6

Carlos es mi médico. Cada vez que me siento mal, y a veces no sé por qué, me llevan a verlo.
Carlos tiene las manos muy grandes y en general me trata bien, aunque alguna vez se pone pesado y me mete palitos en la boca para después mirar en un aparato bastante extraño mi saliva.

A Carlos también lo quiero, pero siempre que vamos a verlo se queda hablando mucho rato con Nicolás y yo me aburro. Y, curiosamente, después de cada visita, Nicolás me empieza a dar esas cosas que me hacen vomitar.
Antes de que Carlos fuera mi doctor, me llevaban a otros, y ninguno sabía qué me pasaba.

Sé de muchos gatos a los que les da miedo ir al médico (se cagan encima). A mí, la verdad, me divierte, menos cuando se ponen a charlar, y aquella vez que me dolía la panza y me metieron algo por el culo que me dio diarrea.
Carlos es casi como mi segundo padre, y sabe un montón de lo que nos pa- sa a los gatos, y aunque sé que a escondidas también lo visitan los perros, yo lo admiro. Cuando sea mayor, quiero ser como él.

7

Tengo que confesarlo: a los gatos nos asustan las ratas y las cucarachas. Es verdad, y es algo que no podemos controlar. A un ratoncito lo podemos cazar, pero las ratas son enormes, y tienen una mala leche que no veas. Además son sucias. ¿Acaso alguien ha visto a un gato que no se lave? Con las cucarachas es diferente, aparecen por cualquier lado, y en el momento más inesperado. Son bichos malos. Cuando vean a un gato persiguiendo a una cucaracha es que se está defendiendo, nada más.

Los gatos del patio me dicen que soy un pijo, y que si tuviera hambre como ellos, me comería hasta la basura que dejan los del Condis, pero sé que ellos, en el fondo, si estuvieran en mi situación, pensarían lo mismo que yo. En eso nos parecemos sospechosamente a las personas.

8

La felicidad del gato es comer, dormir, y procrearse, por supuesto. Nuestra cualidad felina nos hace estar alertas, cazar si es necesario, pero a lo largo de los siglos hemos sabido adaptarnos a las circunstancias de la vida. Es así como nos transformamos en “animales de compañía”, como dicen. ¡A quién no le gustaría! Te miman, te dan de comer, te dejan dormir. Los que tienen suerte viven una existencia relajada y feliz. Aunque cada vez se sabe más de gatos maltratados por sus humanos, seres incapaces de comprender que no somos muñecos al servicio de ellos, que podemos no querer jugar ni hacer como que todo nos gusta. Somos gatos, no ositos de peluche. Y qué decir de las mutilaciones que sufrimos muchos de nosotros: nos esterilizan, nos transforman en seres sin sexo, y sin ganas de vivir. Por eso nos tiramos por ahí, y engordamos de pereza y tristeza. Con otros es peor: les arrancan las uñas. ¡Y les dicen médicos a esos torturadores amparados por la ley! Nosotros también sufrimos. Tenemos sentimientos. La vida es muy corta para vivirla como un eunuco.
Hay quien sueña con la libertad, pero la vida ahí afuera es dura. Nos han creado un mundo feliz que al mismo tiempo es nuestra cárcel. Pero es el mundo que conocemos.

9

Estoy enamorado. Espero que no se note mucho, porque sino mis personitas se ponen pesadas y no hay quien los aguante. Mi amor es imposible, y eso lo hace todo más romántico. Ella… ella es hermosa, tiene el pelo blanco y alguna que otra mancha marrón claro que le hace tener algo especial. Y lo mejor es que cada tanto me visita. Se cuela por el balcón de al lado y se acerca lentamente a la reja que nos separa, y así nos quedamos horas y horas mirándonos, oliéndonos. Pero como dije, es un amor imposible. Ella es una gata de la calle, y yo vivo encerrado en mi tranquila vida. A veces sueño que nos escapamos y nos vamos muy lejos a vivir una vida gatuna lejos de la gente, lejos del pienso duro y el pis en las piedras esas que me ponen. Lejos de todo pero cerca de mi amor. Me gusta soñar con mi gata, aunque también hay que decir que me daría un poco de pereza escaparme, con lo a gustito que estoy durmiendo estirado en la cama. Y hay que tener en cuenta que cada tanto me dan pollo. Es mi debilidad.

10

¿Cómo es la felicidad de las personas? Yo los observo y me parecen raros, seres que se comportan de forma extraña. Siempre llegan cansados a casa, y a veces ni siquiera me saludan. Después se pasan el rato diciéndose cosas que no entiendo, o callados, mientras las cosas las dice eso que llaman tele- visión. Yo tengo suerte, porque mis personas no hablan como en la televi- sión, pero me cuentan mis amigos del patio que hay otros que sí lo hacen y entonces es un griterío que no se aguanta.
¿Y el tiempo que pasan en el baño? Yo me lavo un rato y ya está, mientras ellos necesitan estar debajo de un chorro de agua (¡qué asco!) y pasarse ese líquido viscoso y espumoso. Con lo fácil que es lamerse.
Y también necesitan taparse para dormir. Claro, no tienen pelo por todo el cuerpo y tienen frío. La naturaleza, que es sabia, nos dio a los gatos el pelo, y con acurrucarnos en algún rincón, dormimos como la seda. Y para salir a la calle se ponen tantas cosas que cansa: ropa interior, pantalones, camisas, camisetas, abrigos y hasta gorros. No me sorprende que lleguen cansados y de mal humor, si van encarcelados de ellos mismos.
Otra cosa, tienen un aparato que de repente suena, es como un timbre que se repite, y se ponen a hablar por él.
Después lo dejan ahí como si nada, o se preguntan cosas, o cuentan cosas de lo que sale del aparato.
Para comer, se pasan horas en la cocina preparando platos, con lo simple que es ir y comer, como hago yo. Que si poner algo al fuego, que si está rico o feo, que si está podrido.
Todo es complicado para las personas. Yo creo que son felices cuando se ríen. En esos momentos, hasta la cosa más tonta les da risa. Pero están relajados y yo me aprovecho porque se ponen cariñosos. También se ponen cariñosos cuando están tristes.
No sé si son felices, pero al fin y al cabo las personas son entrañables.

Frío. Sueño. Camino. Orilla

Frío.

En un mundo dominado por verdades mutantes. Es un mundo de emociones dirigidas.

Caminamos por la calle como si fueran borrándonos las aristas, esas imperfecciones molestas que no sirven para ser feliz. Para ser.

Cada vez nos acercamos a esa perfección idiota. Económica, falta de humor porque viene de un lugar que no conocemos.

Para ser. Y todos, o casi todos, intentamos escapar, tener nuestro escondite donde soltar una frase inconexa, un sentimiento irascible, una acción hiriente, un espasmo real.

De esta cárcel que nos dicen que no se puede salir, pero la verdad es que no hay llaves en las puertas.

Salir.

Y respirar, aliviados.

Y olvidar un rato.

Entonces sí, volver.

Sueño.

Pienso en la oscuridad, o ese estado donde ya no sabemos, pero estamos lúcidos. Sólo sentimos las imágenes, las ideas que nos invaden y se aceleran hasta que decimos basta. Pero no paran, no somos capaces de detener un estado hipnótico, sórdido, solitario.

En el silencio de la noche pasan cosas. Imperceptibles, como un ruido lejano o una respiración del otro lado de la pared. También, dormir.

Camino.

Como si fuera tarde, con prisa. O tal vez para no ver lo que pasa a mi lado, no quedarme mirando algo, alguien, y que el mundo se pare. Entonces sigo, camino, los pasos una huella invisible en el asfalto. Y a veces miro lejos, buscando esa línea que me lleva pero no está. Se perdió.

Caminar como si no viera nada. Pero una silueta me hace cambiar de acera. O elegir el trayecto más largo porque me gusta más, me da tranquilidad.

Voy buscando hacer el mismo camino, cada día, sin lograrlo.

Orilla

Habitamos la orilla, un lugar donde los límites se difuminan, donde es difícil saber de qué lado estás. Y el peligro, pasar al otro lado.  Es como perderme. Te vas, y todo depende de cuándo aterrizamos. Pero me perturba el vacío.

La orilla es el límite que nos ponemos, o el que nos encontramos, es el lugar indefinido. Y los miedos. A veces las certezas.

31-12-2017

 

 

 

 

Pocas palabras

Bueno, no es un libro, son postales. Un contenedor de palabras como cualquier otro. Prefiero verlo como si enviara mensajes en botellas que se dejan en el mar (la mar). Parte de algo, rastros de (un pensamiento, un sentimiento?), que pasa por ahí.

Pocas Palabras

1

Un día reflexionamos, nos preguntamos hacia dónde vamos. El pasado es una película a cámara rápida, flashes de una memoria que se puede perder. Esos fragmentos son lo que pensamos de nosotros, y por eso es parcial. A veces, tenemos la oportunidad de pensarnos diferentes, y esa mirada casi externa, además de asustarnos, nos ilumina. Es ese día que nos miramos al espejo y escudriñamos a ese que nos observa como a un extraño. ¡Cuántas veces, de manera autómata, nos lavamos la cara como quien limpia la mesa! Sacar esas migas. Qué sabia es la mente, que sabe cuando apagar el interruptor. Vivir en la intensidad trae sufrimiento. Buscar la felicidad como seguir un manual es poner cemento a un basurero. Por eso hay quien necesita el riesgo para sentirse vivo, caminar sobre una cuerda en el abismo, caer al vacío como la forma de acercarse a lo que creen que es vida. Pero no hay normas, ni forma de atrapar los sentimientos. Pero sí es posible vivirlos. Y reconocerse en el espejo. A veces, descansar.

2

A veces pienso en un hilo de agua, bajando una montaña. O quisiera asomarme a la ventana y descubrir que el día gris se transformó en soleado. Y si estoy cansado me gustaría parar, mirar al vacío, aislarme un rato hasta reirme de algo.

3

Pocas palabras

Cada vez, a medida que avanza el tiempo, me voy quedando sin palabras. No es que se pierden, yo diría que me vuelvo austero, economía pura. Pero también veo que las que van quedando ganan en profundidad, como si adoptaran otros significados. Y me toca luchar para no dejar de comunicarme.

A veces un “hola” contiene dentro un “qué tal, me alegro de verte”, pero se queda adentro, atrapado en una palabra. O un “más o menos” que esconde “necesito un abrazo”, puede perderse en la nada, ahí…

Ahora entiendo por qué escribimos, una forma de ganarle al tiempo, de no perdernos, de que todas esas palabras ocultas vean la luz.

 

De la importancia y otras banalidades

 

De la importancia y otras banalidades

1

Una vez me miré al espejo e intenté decirme cosas positivas, “yo soy el mejor” y cosas por el estilo. No soy buen consumidor de autoayuda, más bien me sentí tonto, aunque ese sentirme tonto me reafirmó en mis pensamientos. Casi pensamientos.

También probé intentar ser el centro de atención, y participar de conversaciones animadas intentando llevar las riendas y pronunciar frases ingeniosas e inteligentes. Hay un momento en que te mirás desde afuera y ves al resto de la gente que parece que va a reir antes de que hables, sea un chiste o que se murió un familiar el día anterior. O ya sabés lo que vas a decir. Es cansado y de mal gusto.

Con el alcohol no me fue mejor, porque si uno no para a tiempo, de la chispa a lo patético  hay un sinfín de estados entre los que están el mareo, la verborrea sin sentido, la verborrea sin sentido ni vista, y el vómito. Siempre es bueno sacar los malos humores fuera.

Ah, sí, intenté escribir para sentirme importante, pero por exceso o carencia de ego, nunca llegué a buen puerto. Siempre parece que las palabras están ahí por casualidad, a punto de irse a un lugar mejor. Parece que te están diciendo: no me pongas ahí, no me gusta estar al lado de ésta (palabra), por qué me ponés un punto y no una coma.

En el deporte no me fue mejor, ya que al carecer de esa ansia competitiva, te da lo mismo ganar que perder. Y ya se sabe que la deportividad es una tontería inventada para que los niños no se sientan desolados al quedar segundos. Nadie quiere perder.

Quise tener una vida contemplativa meditando, intentando encontrar mi ki o chi, o lo que sea, peor me encantan las películas de acción. He perdido paciencia.

 

Llega un momento en que las conversaciones más profundas son sobre el calor y la lluvia, a veces sobre el tráfico o “cómo está el mundo”. Si el mundo es una mierda, es la de siempre, y por eso cansa un poco tanta frase hecha. Las que digo yo.

Probé sentarme en un banco de la calle a ver pasar a la gente y los coches. Es muy aburrido, y termino contando cuantos pasan de color rojo, sean coches o personas, y me hago apuestas que pierdo siempre.

Falto de constancia y consistencia voy a trabajar. Qué manera de hablar de la gente. Pero desde que aprendí el vocabulario básico de mi sector, ya puedo practicar todas las otras técnicas de la importancia, aunque mejor ser moderado con la bebida. Hay que mantener la imagen.

2

Miré hacia la ventana, como si fuera a entrar algo más que el aire. Pero no esperaba nada.

Modos de respirar.

Me enfrenté al espejo por la mañana. Sólo me reconocí de reojo.

Más tarde, en medio de  la vorágine, yo iba a cámara lenta, o el resto iba muy rápido. Acelerando.

Al final, durante un instante, hubo silencio.

3

A veces, parece que la vida, tal como la vivimos, es una montaña rusa, y cada momento puede ser una subida lenta, o una bajada vertiginosa. Es cuando me pregunto: ¿Cómo se llega a la tranquilidad, esa paz interior que nos dice “todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar” (con música de Serrat, claro)? Porque mis neuronas están lanzadas, y en su fuga chocan entre ellas.

Busco el silencio, las palabras no hirientes, los rincones del sosiego.

4

El hombre, después de mucho andar, paró y se preguntó. ¿Dónde estoy? ¿Quién soy? ¿A dónde iba?

Al no obtener respuesta, siguió caminando.

5

Biel se levanta a las siete de la mañana, indefectiblemente. Y viene a nuestra cama, y se incrusta entre los dos. Este pequeño hecho cotidiano desata su actividad, dividida entre el juego continuo, la conversación continua, y el movimiento continuo. A veces, las actividades se multiplican, se entremezclan, o comienzan caminos paralelos , cambios bruscos e intereses nuevos. Y de preguntas nuevas, o las ya conocidas. A veces, Biel ya tiene pensado todo lo que hará durante el día, sin contar los días de escuela que ya están programados. Y en un giro inesperado, recupera juegos y palabras de tiempo atrás, casi olvidadas. Otras veces, algún hecho, una noticia, o una película, lo dirige hacia algo nuevo, siempre fascinante.

Todo esto, con las emociones a flor de piel, con esa intensidad de intentar aspirar todo el aire que lo rodea, pero también con la posibilidad de que duela.

Si nos quedamos un sábado o domingo en casa, hay un momento en que es ya de noche, y el tiempo se fue a su velocidad, porque él parece que se come el tiempo, lo va devorando, alimentándose de cada pequeño instante vivido.

Los días de fiebre, tres o cuatro en estos años, nos miramos extrañados sin saber bien qué hacer, por falta de costumbre.

Lo nuestro es un cansancio fortalecedor, que nos llena, que a veces no sabemos cómo gestionar.

Y siempre tiene un beso, o un “mami t’estimo”.

17/07/2016

Libro A5, con encuadernado en papel decorativo 28 x 28 cm., que hace almismo tiempo de envoltorio.

LAS FORMAS DE LA FELICIDAD. INTROSPECTO

31 de diciembre de 2015

1

Intensidad

 

La energía fluye por la mente y el cuerpo, es la necesidad de hacer, de moverse, de crear. No hay puntos medios, no hay descanso. Sólo se puede ser feliz haciendo, porque estamos creando el mundo, nos creamos a nosotros en un continuo presente (pero se graba en la memoria a fuego).

La intensidad no sabe de premisas, no mira atrás, ni tampoco sabe de proyección. Nunca volvemos a cero, al estado inicial.

La intensidad es la fuerza de lo nuevo, aunque sea la enésima vez.

2

Ultimamente me da por pensar. Pienso en  lo que es diferente, en lo que se aparta de lo normal. Pienso en la gente. Y pienso en nosotros. Pienso en los esfuerzos y en todas las alegrías. Sé que no hay Dios , es decir, no la historia que nos cuentan. Al fin y al cabo, cada día creamos lo que somos, nos abrimos camino. Pero no me asaltan dudas, somos más fuertes. Nunca imaginé esta vida, y nunca la cambiaría.

Aceptarnos. Mirarnos para adentro. Rascar las mesas, escribir un diario. Creer.

Una forma de nuestra felicidad.

3

La felicidad del recuerdo

 

La memoria, que muchas veces parece que es un ser autónomo interior, nos ayuda a recordar, y también a olvidar. A mí se me ocurre que son como cajas o compartimentos que se llenan según una selección arbitraria (de uno mismo). Más adelante, una conversación, o mejor, un olor o una música, abren la caja y nos devuelven una sensación o sentimiento.

Hay quien vive hacia atrás, abriendo constantemente sus cajas en busca de un pasado que siempre fue mejor. Otros, borran las huellas del pasado buscando con ansiedad lo nuevo, como si nunca fuera suficiente, o como si existiera la necesidad de tapar un sentimiento de pérdida, esa emotividad. Aceptarlo.

No existe el punto medio, aunque sí los matices. Dicen que en la vejez nos vienen los recuerdos más tempranos, como si el cerebro supiera que llega el momento de empezar a leer nuestra propia biografía, que es la mejor historia, porque nosotros somos los protagonistas.

4

La felicidad del espejo

 

Me miro al espejo y no me reconozco. Esa persona que me está mirando también tiene cara de no conocerme. Ni siquiera sé si es interesante su vida en ese mundo paralelo aunque sospechosamente parece haber vivido lo que yo, lo intuyo por las arrugas de su frente, la mirada, y hasta el gesto pasmado. No le digo nada, por si acaso. ¿Y si me contesta? ¿Y si cobra vida y en vez de ser mi reflejo resulta que es al revés, y sólo soy una sombra de mí?

Es el problema de estar solo, mirándome a un espejo. Son dos, así que estoy yo y mis dos compañeros, que nunca dirán nada. Están ahí.

5

La felicidad del ombligo

 

No vamos a descubrir nada nuevo al decir que los seres humanos somos ególatras y egoístas. La capacidad de pensar en un YO, y reconocernos en eso, nos transformó a lo largo de los siglos en déspotas de uno mismo, incapaces de ver más allá de nuestros intereses. Por suerte, no todos son así, pero siempre hay un punto donde, si hay hambre, te llevarás antes que nadie ese pan duro.

A eso lo llamo la felicidad del ombligo, pero mi amigo el cínico suele decirme que es la felicidad del que no quiere ver, cegado por su impulso auto- destructivo (la verdad es que dice “gilipollas”). Cuántas veces vemos a personas descargando su ira y sus frustraciones con quienes más quiere. Cuántas veces  hay quien se acerca a otros a sabiendas de que es un error (un dolor), como rascarse una herida con un cuchillo.

No quiero que parezca una diatriba sobre la bondad (mi amigo el cínico quemaría este papel), pero sí creo que hay límites a las tonterías y al daño para rebajar al otro a tu nivel.

Podría ser al revés, pero para eso hay que estar despierto, aceptarnos tal como somos, y no dejar pasar las oportunidades.

6

La Felicidad del Año Nuevo

 

¿Qué sería de nosotros sin el calendario? Además de lo práctico, que sería contabilizar la rotación de la Tierra alrededor del Sol, y de la Luna alrededor de la Tierra, las estaciones, etc., hay algo inasible, pero indispensable, que es la capacidad de poner nuestro reloj a cero (es una forma de decir) para recomenzar, para decirnos esta vez sí, para pensar en proyectos y anhelos. El 1 de enero es nuestro punto de partida a empezar o terminar cosas, también a hacer promesas imposibles. Y muchas veces a saber que ya se nos va el tiempo, de tanto repetirnos. Pero sin ese cambio de año, sin el click y la celebración, y a pesar (o gracias) a todos estos años, y a los que nos reunimos, simplemente porque nos queremos, la mayoría de las cosas que hacemos no tendrían sentido.

Nocheviejas, cumpleaños, aniversarios, y también recordar siempre aquel día que hicimos tal o cual cosa, es el fuego que nos mantiene vivos.

(es sólo para tener historias que contar, una copa de vino, la compañía, las llamas del fuego que calienta nuestras caras).