Dieciocho

Tengo la certeza de que el suelo se desliza, y por eso choco con objetos que no estaban ahí. Lo más cotidiano puede ser extraño, y tocarlo, como si fuera la primera vez. Oigo voces lejanas, hilitos de sonidos que vagan por ahí, pero a veces no entiendo qué me quiere decir quien está frente a mí. Ni qué decir de mis queridas palabras, las pienso y no quieren salir. Pierdo prosa y poesía.

Ahora que todo está revuelto o dado vuelta, en estos tiempos que machacan los días y el ruido de afuera parece una moto desatada, sin tubo de escape, en ese mismo momento paro y cierro los ojos y pienso que el errado soy yo. No debería dolerme el ruido, y caminar como si fuera solo el caparazón de un animal débil.

Y tampoco debería pensar en estas cosas entre automatismos y rutina. ¿Qué pensarán las ballenas de todo esto? ¿También les pica la espalda y no pueden rascarse?

Es tan difícil sentir lo que otro. Por eso cuando vemos esa complicidad nos da algo de envidia, pero te das cuenta de que la tenemos. Vamos caminando cada día por la cuerda floja, pero sólo basta con estirar la mano y sentir que estás ahí. El descanso.

17/07/2021

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