La muerte del escritor. Siglo XXI

Un día, treinta años después, te despertás una mañana y vuelve el ardor. Una sensación de algo que muere dentro (quiere salir).  Mi cuerpo está quieto, intenta no moverse, no aceptar las órdenes que le grito (silencio). Todo se mueve adentro, y parece que las ideas, casi ideas, esbozos de pensamientos, usan mi cuerpo inane para correr por dentro. Más rápido de lo que puedo procesar.

El tiempo. Las claves de las cosas que pasan, como si hubiera un por qué, un sentido. Repasar los hechos, intentar buscar en los detalles todas aquellas pistas que nos devuelvan el sentido. Mi sentido.

El tiempo nos cambia los valores, pero soy el mismo. Esa dualidad es la que me acompaña. Aprendemos, y perdemos. Reímos de otra forma, y lloramos más en silencio. Y me miro al espejo y encuentro a ese señor enfrente que me mira, que soy yo pero cuesta reconocerme. Correr toda la vida sin mirar atrás y en un momento el espejo te dice que estás ahí, a esa hora, ese año, y por un segundo, aquel niño que se miraba en el espejo y su deseo era ser mayor, está ahí.

Vuelve la melancolía. No es pensar en lo que ni fue, es la sensación de pérdida del propio tiempo, es ver a tu hijo crecer, es saber que las horas se escapan de los dedos como si fuera agua, el propio aire, y en el fondo no queremos perdernos nada (pero perdemos todo, por más que lo guardemos en objetos, en cantidades, en materia).

Al principio buscaba la felicidad, como si fuera un fin en sí mismo. Ahora espero la tranquilidad, no tener la sensación de deber algo.

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