De la importancia y otras banalidades

 

De la importancia y otras banalidades

1

Una vez me miré al espejo e intenté decirme cosas positivas, “yo soy el mejor” y cosas por el estilo. No soy buen consumidor de autoayuda, más bien me sentí tonto, aunque ese sentirme tonto me reafirmó en mis pensamientos. Casi pensamientos.

También probé intentar ser el centro de atención, y participar de conversaciones animadas intentando llevar las riendas y pronunciar frases ingeniosas e inteligentes. Hay un momento en que te mirás desde afuera y ves al resto de la gente que parece que va a reir antes de que hables, sea un chiste o que se murió un familiar el día anterior. O ya sabés lo que vas a decir. Es cansado y de mal gusto.

Con el alcohol no me fue mejor, porque si uno no para a tiempo, de la chispa a lo patético  hay un sinfín de estados entre los que están el mareo, la verborrea sin sentido, la verborrea sin sentido ni vista, y el vómito. Siempre es bueno sacar los malos humores fuera.

Ah, sí, intenté escribir para sentirme importante, pero por exceso o carencia de ego, nunca llegué a buen puerto. Siempre parece que las palabras están ahí por casualidad, a punto de irse a un lugar mejor. Parece que te están diciendo: no me pongas ahí, no me gusta estar al lado de ésta (palabra), por qué me ponés un punto y no una coma.

En el deporte no me fue mejor, ya que al carecer de esa ansia competitiva, te da lo mismo ganar que perder. Y ya se sabe que la deportividad es una tontería inventada para que los niños no se sientan desolados al quedar segundos. Nadie quiere perder.

Quise tener una vida contemplativa meditando, intentando encontrar mi ki o chi, o lo que sea, peor me encantan las películas de acción. He perdido paciencia.

 

Llega un momento en que las conversaciones más profundas son sobre el calor y la lluvia, a veces sobre el tráfico o “cómo está el mundo”. Si el mundo es una mierda, es la de siempre, y por eso cansa un poco tanta frase hecha. Las que digo yo.

Probé sentarme en un banco de la calle a ver pasar a la gente y los coches. Es muy aburrido, y termino contando cuantos pasan de color rojo, sean coches o personas, y me hago apuestas que pierdo siempre.

Falto de constancia y consistencia voy a trabajar. Qué manera de hablar de la gente. Pero desde que aprendí el vocabulario básico de mi sector, ya puedo practicar todas las otras técnicas de la importancia, aunque mejor ser moderado con la bebida. Hay que mantener la imagen.

2

Miré hacia la ventana, como si fuera a entrar algo más que el aire. Pero no esperaba nada.

Modos de respirar.

Me enfrenté al espejo por la mañana. Sólo me reconocí de reojo.

Más tarde, en medio de  la vorágine, yo iba a cámara lenta, o el resto iba muy rápido. Acelerando.

Al final, durante un instante, hubo silencio.

3

A veces, parece que la vida, tal como la vivimos, es una montaña rusa, y cada momento puede ser una subida lenta, o una bajada vertiginosa. Es cuando me pregunto: ¿Cómo se llega a la tranquilidad, esa paz interior que nos dice “todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar” (con música de Serrat, claro)? Porque mis neuronas están lanzadas, y en su fuga chocan entre ellas.

Busco el silencio, las palabras no hirientes, los rincones del sosiego.

4

El hombre, después de mucho andar, paró y se preguntó. ¿Dónde estoy? ¿Quién soy? ¿A dónde iba?

Al no obtener respuesta, siguió caminando.

5

Biel se levanta a las siete de la mañana, indefectiblemente. Y viene a nuestra cama, y se incrusta entre los dos. Este pequeño hecho cotidiano desata su actividad, dividida entre el juego continuo, la conversación continua, y el movimiento continuo. A veces, las actividades se multiplican, se entremezclan, o comienzan caminos paralelos , cambios bruscos e intereses nuevos. Y de preguntas nuevas, o las ya conocidas. A veces, Biel ya tiene pensado todo lo que hará durante el día, sin contar los días de escuela que ya están programados. Y en un giro inesperado, recupera juegos y palabras de tiempo atrás, casi olvidadas. Otras veces, algún hecho, una noticia, o una película, lo dirige hacia algo nuevo, siempre fascinante.

Todo esto, con las emociones a flor de piel, con esa intensidad de intentar aspirar todo el aire que lo rodea, pero también con la posibilidad de que duela.

Si nos quedamos un sábado o domingo en casa, hay un momento en que es ya de noche, y el tiempo se fue a su velocidad, porque él parece que se come el tiempo, lo va devorando, alimentándose de cada pequeño instante vivido.

Los días de fiebre, tres o cuatro en estos años, nos miramos extrañados sin saber bien qué hacer, por falta de costumbre.

Lo nuestro es un cansancio fortalecedor, que nos llena, que a veces no sabemos cómo gestionar.

Y siempre tiene un beso, o un “mami t’estimo”.

17/07/2016

Libro A5, con encuadernado en papel decorativo 28 x 28 cm., que hace almismo tiempo de envoltorio.

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