Hay cosas en la vida que nunca pensaste que harías, y otras que hacés y nadie (o casi nadie) haría. Y otros pensamientos inútiles

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Este es un libro de influencia japonesa. Un cierto aire minimalista y, seguramente el palillo que le da estructura a esta imagen de levedad lo atestiguan. También es sostenible/sustentable, porque estoy reciclando el exceso de uso de madera de los restaurantes orientales.

El contenido, es otra cosa.

1

Hay cosas en la vida que nunca pensaste que harías, y otras que hacés y que nadie (o casi) haría.

Cuando a los 13 o 14 años saqué mis ahorros del cajón y me compré una pirámide de aluminio para meditar, me pareció lo más normal del mundo, pero tiempo más tarde me di cuenta de que, por lo menos en mi círculo de gente, tenía cierta rareza. Y, para no faltar a la verdad, más allá de la dificultad de orientar la pirámide al norte por el espacio que tenía en mi habitación, la carne se pudría ahí adentro (era una de las pruebas energéticas del libro de instrucciones, la carne se momificaba).
Un año le pedí a Yolanda que me regalara un Diccionario Enciclopédico. Obviamente es un objeto en desuso, pero que me sacó muchas veces de dudas semánticas, ortográficas, y también históricas.

Cosas que nunca pensé que haría: vivir en un país diferente al que nací, ser vendedor, sentir placer al contestar de forma agresiva y desafiante a los que te quieren vender algo por teléfono, sentirme un señor, cagar en un árbol como un perro (sólo una vez, hay que decirlo), llorar desconsoladamente cuando murió mi gato.

No es cuestión de hacer listas, pero las cosas están ahí, y nos van moldeando. También pasa que te acostumbrás a situaciones que podríamos llamar de mala suerte, y cuando ya estás resignado a tu sino, la sorpresa es que no se retrasó el avión o que pudiste hacer un trámite a la primera. Y esa sensación de triunfo es una mierda, porque es la anomalía de una anomalía. Como cuando el fin de semana es soleado, o (peor) cuando alguien encuentra un trabajo teniendo que aceptar las condiciones paupérrimas de principios del siglo XXI.

2

El 99% de las ideas que tengas ya están inventadas

Debe ser la mentalidad abierta de los nuevos mundos (vistos desde Europa), la necesidad para salir de la pobreza, o la propaganda del modo de vida americano. O la suma de todos estos factores. La cuestión es que vengo de un país donde muchos piensan, y sueñan, con ese gran negocio, o invento, que los jubile para siempre.

Está lleno de ejemplos de las casualidades que coinciden en la aparición de algo nuevo (hasta para los científicos), pero esta es una razón de la que se llenan los entusiastas para seguir probando. La verdad es que si buscamos la probabilidad de que un simple mortal como yo pudiera hacer, o encontrar, el negocio del siglo, es bastante baja.

Ya en siglos precedentes ocurría que algunos descubrimientos científicos se hicieran prácticamente al mismo tiempo aunque en países o continentes diferentes, sin posibilidad de comunicación y sin conocerse ni saber antes en qué trabajaba ese otro inventor o científico. Después, uno se quedaba con la gloria, o con el negocio, y de esta forma se alimentaban los rumores del estilo de “en verdad X no descubrió los rayos…, sino que fue Y, que lo jodieron para siempre”.

Cada vez que alguien me dice que busca el negocio de su vida, tiemblo, porque no es lo mismo decir que se te ocurrió algo a decir que se te ocurrió que querés que se te ocurra algo.

Recuerdo hace años, uno de mis primeros viajes de trabajo. Me dio por hacer fotos de las vistas que tenía desde las ventanas de los hoteles. Al principio me pareció divertido, hasta que me di cuenta de que la mayoría de esas vistas eran feas, desasosegantes, depresivas. Y las fotos de baja calidad. Curiosamente, un par de años después, encontré un libro de un iluminado como yo que había hecho lo mismo, con la salvedad de que ese señor sí era fotógrafo (o eso recuerdo). Primero me dio bronca (me habían robado mi idea!). Después sentí pena por los dos.

Un día miré las probabilidades de ganar los diferentes tipos de loterías. Para apuestas de cinco o seis números era de una entre trece millones! Pero como somos seres irracionales e impulsivos chocamos siempre con la misma piedra.

Yo, por si acaso, siempre juego un numerito.

3

Cuando te das cuenta de que los años pasan (bueno, ya pasaron)

Aunque es un proceso largo y continuo, a partir de cierto momento empiezan a pasarnos cosas que nos dicen que ya no somos jóvenes. De unas ni nos damos cuenta, y las otras no queremos verlas. Pero están ahí, un poso que se asienta como los kilos o las arrugas de nuestra cara.

-Cada renovación del carnet de conducir.

-No ves nada, o si ya no veías nada, te agregan dioptrías de lejos o cerca. Éste es un punto al que nos resistimos de forma estoica y miope.

-Te nombran presidente de tu comunidad de vecinos. Conlleva haberse comprado una vivienda, que cuenta para los clase media que nos creíamos libres.

-Tener más de dos cremas no medicinales

-Tu primer dolor lumbar/ciática.

-Te asustás al ver las fotos donde hay pelo donde ahora ya no.

-Antes hacías una fiesta en tu casa y los vecinos se quejaban. Ahora es al revés.

-Tu hijo crece.

-Hay padres de sus compañeritos del cole que son más jóvenes. ¡Y se nota!

-Tu hijo te dice que sos viejo.

-Sos el referente de tu hijo

-Contar los años que faltan para la jubilación (los que puedan jubilarse, claro).

–¿Una discoteca? ¿Qué era eso?

Bodas de plata, aniversarios de más de dos dígitos, etc.

La lista puede ser infinita. En el fondo, y para no dramatizar, lo más importante es cómo nos lo pasamos.

Ahora tenemos experiencia.

4

Digitalia, ese mundo verdadero

A veces parece que cada vez vivimos más en ese otro mundo de lo digital (teléfono, Internet, televisión) que en lo que llamamos mundo real. Es más fácil y más rápido decirle las cosas a alguien por mensajes o mails o en las redes sociales así se entera todo el mundo, porque la vergüenza, la cara de tonto, o el titubeo de una conversación desaparecen, y si queremos que sí se sepan, tenemos a manos cientos de emoticonos. Y somos más valientes. A veces, al salir a la calle, me siento desnudo y desprotegido. ¡Si hasta se ve mejor un partido en la tele! Estamos en contacto con todos nuestros amigos de forma inmediata y nos aligera la vida. Sí.

Viendo algunos programas de televisión, a veces me da la sensación de ser un imbécil y subnormal social, porque no soy capaz de decirle a la gente, cada vez que los veo, lo que pienso de ellos. ¿Será así el futuro, una especie de gran reality por Facebook, Twitter, Youtube? Ah, no, eso ya es el presente. El pasado, por lo visto, soy yo. Estoy escribiendo esto en un papel, mi letra ininteligible. No se lo cuenten a @nadie.

Al final, si todos reaccionamos, o nos transformamos ante una cámara, ya no será nada especial, sólo un video más navegando en la nube que mañana nadie recordará. Como la vida misma.

5

Por qué nunca sabemos nada pero al mismo tiempo sabemos todo (y eso sin cambiar la cara de tonto)

Experiencia 1: todos conocemos al sabelotodo o marisabidillo, esa persona que te arregla el mundo en un segundo, porque tiene claro los problemas que le aquejan al país, todos los corruptos que nos rodean, todos los famosos que son gays y no lo dicen, o que están arruinados y no lo dicen, o que son drogadictos y no lo dicen, o que tienen cuernos y no se dan cuenta. Y a veces todas las cosas juntas. La realidad se presenta para él como un hecho paranoico. Y nos lo hace saber todo el tiempo.

Cuidado con éstos, que te dicen que te arreglan un escape de agua y al final te dirigen acodados a la pared con una cerveza en la mano.

Experiencia 2: en el fondo, todos sabemos más o menos que la realidad es imperfecta y mejorable. Nos indignamos con guerras y otras injusticias, despotricamos contra los que nos roban a nosotros y a los otros. Tan tontos no somos como para no darnos cuenta de que nos enteramos de la mitad de las cosas (¡con suerte!). Lo pensaba el otro día viendo un programa de televisión. Da igual de qué hablaban, pero esos periodistas y opinadores amenazaban con contar una verdad que ellos conocían, pero la audiencia no. Como toda la vida, la plebe traga lo que sea. Por supuesto, no contaron nada. Otras veces, al saberse una noticia, dicen que ellos lo sabían desde hacía varias semanas, o meses (ya me lo decía el sabelotodo).

Entonces va Biel y me pregunta: ¿Por qué se pelean esos señores de la tele?

6

Cuando nos sentimos turistas en nuestra ciudad es algo extraño

Creo que son momentos, inesperados, en que nos puede sobrevenir esa sensación de turista, o extranjero de tu propia ciudad. Lo contrario sería llegar a un lugar y que te sientas como en casa. Como oler algo conocido.

Me ocurrió hoy cuando me senté en la terraza de un bar y pedí un café. Debió ser el calor sofocante de las diez de la mañana y los olores del Raval pululando. Y me sentí en otro lado, como si estuviera en El Cairo u otra ciudad de agostos imposibles, pero sabiendo que estaba en Barcelona. Indescriptible.

Pero la primera vez que tuve esta sensación dual (sé donde estoy, pero me siento extranjero de mi mismo, es decir, de mi lugar) fue cuando tenía diecisiete años. Viajaba a Israel con un programa del gobierno israelí que después me di cuenta de que era de captación de jóvenes a su causa (sin comentarios). Ya no recuerdo el día exacto, tal vez veinticinco de diciembre del ochenta y seis, pero eso está en las hemerotecas porque hubo un atentado en el aeropuerto de Roma. A las dos horas de vuelo desde Buenos Aires, dimos la vuelta y de repente volvíamos a estar en nuestra ciudad, aunque nos pidieron que no llamáramos a nuestros familiares. Nos alojaron a todos en el Hotel Colón, con vistas al Obelisco. Creo que hasta nos dieron dinero para cenar. Fue fascinante caminar por las calles de Buenos Aires como turista, una sensación extraña de libertad. No teníamos conciencia de que nuestro avión se dirigía al aeropuerto de Roma, y nos dejaron en nuestra burbuja. Nosotros ya estábamos de viaje. Redescubrimos nuestra ciudad como si fuéramos otros, cuando estábamos por descubrir el mundo.

7

No sé si prefiero que sea un tonto o un hijo de puta

No voy a descubrir nada nuevo, pero el mundo está lleno de gente mala, por decirlo de alguna manera. Son esos especímenes que disfrutan con el maltrato, con la vejación, con la burla hacia el más débil. Estoy hablando de gente a primera vista normal, que en algún momento delatan su condición, y a veces por la sorpresa, porque uno espera que el otro se defienda, o por vergüenza simplemente, no hacemos lo que nos pide el cuerpo, que es darle un buen sopapo. Yo soy más bien pacifista y antiviolencia, pero si algo me da ira, es esto. Y más tarde pienso: ¿es un tonto que no se da cuenta, o un hijo de puta que no se reprime, o no quiere reprimirse? Porque a veces creo que mejor que sea alguien que por falta de capacidad no sepa el mal que hace, pero por otro lado, me gustaría que fuera un real hijo de puta para poder pelearme de verdad.

Recuerdo hace muchos años, que con un amigo defendíamos mucho a un compañero en un viaje, porque le hacían demasiadas bromas. El chico estaba por debajo de la media, pero le tiraba más ser parte del grupo, aguantando lo que le caía, a cualquier coste. Nos dimos cuenta de que estábamos fuera de juego.

A veces, todo es muy raro e incomprensible.

8

No me gusta Julia Roberts

Me gusta el cine. Es más, me gusta casi todo el cine: películas de culto, los clásicos antiguos y modernos, las del oeste, las de acción, las de ciencia ficción, las comedias y las dramáticas, y las románticas. Me trago todo. Y ya desde pequeño me enamoraba de las protagonistas. La primera, creo, una nena rubia norteamericana de una película que no recuerdo bien. Juvenil. Me había quedado una imagen idealizada y bucólica que se rompió unos pocos años más tarde cuando volvía verla: mala peli, moralista, y lo peor, no lograba entenderme a mí mismo.

¿Qué tiene que ver esto con Julia Roberts? Tal vez un camino al revés, aunque no tanto. Nunca me gustó, es un tipo de mujer que no me atrae, esa boca enorme, esos ojos que tal vez en otra cara sean más expresivos. Si la conociera diría que es una cuestión de piel.

El caso es que en alguna de sus películas pude ver a la actriz, y no me pareció mal. Así que mi imagen de esta señora es la de una buena actriz sin sex appeal.

Todo esto me lleva a pensar que sí, yo me enamoraba de las actrices en una película, pero a la siguiente ya no. Es como aquel filme que te parecía tan bueno y cuando volvés a verlo te decepciona. Esta tontería me hizo ver el cine de forma diferente, huir del fetiche.

Pero siempre quedará Ava Gardner.

9

¿Tengo un “don” o soy un friky?

Uno tiende a pensar que en la vida todo tiene un sentido, que hacemos las cosas que hacemos porque hay un destino escrito que nos espera. Mentira. Les voy a contar una cosa: tengo un don. Lo mejor de todo es que no sirve para nada, pero lo tengo. Y debo vivir con ello.

Da un poco de vergüenza, pero es lo que hay en el reparto de cualidades humanas (o sobre humanas): cuando veo un partido de fútbol, lo normal es comentar lo que va pasando, una jugada, esas cosas. Entonces yo digo algo del estilo de: “el jugador X no está adaptado al juego del equipo”, o “esta jugada me recuerda la de hace tres años en el Heliodoro Rodriguez”, o “esa forma de patear la inventó Y en el 57”. A los cinco segundos, el comentarista dice lo mismo que yo. No las mismas palabras, pero dice lo mismo.

Por la razón que sea, en mi memoria se fueron quedando esos datos inútiles que alimentan (via hemerotecas, ahora googles) a los comentaristas deportivos y por lo visto, a mí también. Que repitan lo que yo digo parece divertido, pero luego pienso que si no tienen nada mejor que decir que uno que lo hace desde el sofá rascándose el pie (o lo que sea), es desolador. Y lo que sería un don (adivinar lo que dice otro a los cinco segundos), se transforma en una “frikada” llena de lugares comunes.

Eso sí, cada tanto puedo contestar una pregunta difícil al Trivial.