Un día de lluvia

Benítez miraba por la ventana. Cada tanto pasaba la mano por el vidrio, que se empañaba por el calor de adentro. Hace horas que llovía y el viento indicaba que no iba a parar. Benítez lo sabía, por eso miraba por la ventana. Él igual salió a trabajar, no le iba a meter miedo una tormenta. Por eso hoy el mate tenía un sabor especial, aunque fuera el mismo que su esposa cebaba todos los días. Benítez miraba por la ventana y pensaba que estaría bien que el tiempo mejorara porque el fin de semana llega todo el gentío de la capital. Y el barrio se alegra. A los señores que van todos los días a la oficina les gusta hacer el asado y algunos trabajitos de campo. Benítez sabe que lo hacen para sentirse un poco más libres. Él sabe que está toda la semana trabajando para que queden sólo trabajitos. Pero no le importa. No le importa la diferencia cuando ve a sus chicos jugando a la pelota con los otros chicos, riendo y corriendo hasta más no poder. Le gusta la inocencia de los chicos. Es cuando siente que todo el esfuerzo vale la pena. Incluso bajo la lluvia. Además está el mate. Podría pasarse horas junto a su esposa, el mate pasando de mano en mano y el calor de la casa porque afuera llueve. Ya la ventana se empañó de nuevo y tiene que pasar la mano. Y piensa en el coro de pajaritos que van a anunciar el fin de la lluvia y una luna el buen tiempo. ¿Estarán jugando los chicos? Piensa que los fines de semana así, calurosos, son especiales. Los domingos cuando cae el sol y los autos se van en caravana, él se para ahí, en la ventana, o en al puerta de su casa y le agarra un no sé qué. Será la melancolía. El comienzo de otra semana. El silencio del domingo cuando se va la gente. Es cuando piensa qué lindo los días de lluvia, cuando se para en la ventana y su esposa le ceba el mate.