HORRORES COTIDIANOS. Segunda parte

1

Hace unos días estaba tomando unos vinos con un amigo. Al cabo de un rato, nuestra verborrea nos llevó por los insospechados caminos de la profundidad. Mi amigo, ordenado y meticuloso, me hizo una señal de silencio con la mano y me confesó: “Te voy a contar mi teoría social”. Por supuesto, callé.

 

–       Nosotros- dijo- cargamos con el peso  de la cultura judeo cristiana, donde lo mejor de los placeres es no vivirlos, y que nos enseña que lo bueno es sufrir para, luego, en un futuro lejano, disfrutar una vez muertos en el más allá. Y lloramos a los muertos a pesar de que nos dicen que están en el mejor de los mundos.

También, a día de hoy, formamos parte de la cultura occidental, que nos incita a consumir cosas (por generalizar) sintiendo que las decidimos en legítima libertad. Nos dicen que elijamos a nuestros gobernantes para luego ellos colocar a sus amigos, y en vez de administrar nuestro dinero, se lo roban. Además, la justicia universal resulta ser de unos pocos y nos dicen que todo el daño que nos hicieron y nos hacen es para nuestro bien. Después, nos piden que les paguemos nuestros impuestos y ellos no lo hacen. Nos prometen cosas a sabiendas de que no van a cumplir.

Los partidos políticos se llaman liberales cuando son conservadores, socialistas cuando son mercantilistas, y de centro cuando son de derechas.

Nos dicen, y repiten hasta la saciedad, que debemos ser proactivos y creativos, luchar por lo que nos parece justo, y rebelarnos ante la medianía. Nos invitan a no aburrirnos, a hacer deportes, a no fumar ni beber, a no conducir un coche a ciento ochenta kilómetros por hora cuando podríamos ir a doscientos cuarenta. Nos machacan que aceptemos las normas, que respetemos al prójimo, que seamos abiertos y aceptémoslo diferente.

Todo eso, pero no. La propaganda se aleja de lo que vemos. Nuestra historia tiene una descripción de película: “Por un puñado de dólares”.

Todas las recomendaciones y exigencias, y problemas generados, sólo nos hacen olvidar y  perdernos en la maraña socio-burocrática para no ir y darles un puñetazo en la cara. Y el  miedo. Miedo a perder lo poco que nos queda.

¿Es mejor la sociedad oriental: Su cultura les enseña que hay que aceptar lo que la vida te dio. Un especie de sumisión, mientras los mandamases disfrutan de su olimpo. La libertad es ser la última hormiga del hormiguero.

Los gobiernos dictatoriales generan miedo y poder masificador. Tu libertad soy yo, te dice el general.

 

M amigo paró su perorata en seco. Yo, que no había podido decir nada, un poco mareado, le pregunté a los pocos segundos.

–       ¿Entonces?

–       ¿Entonces, qué?

–       ¿Qué cómo acaba esto?

–       No sé, pero necesito otra copa.

 

 

2

Un día, Pedro se arma de valor y llama al servicio de telefonía por una disfunción en su teléfono, o en su factura. Después de un minuto donde el programa informático que lo atiende le da la bienvenida, le explica que su llamada puede ser grabada, y previa música, le da varias opciones para poder hablar con un especialista. Elige la que le parece más oportuna y espera. Oye: “Buenos días, espere un momento por favor”. Finalmente, un tal José Gómez le da la bienvenida al servicio de atención al cliente, le pregunta su nombre y le dice: “¿En qué puedo servirle, Pedro? Él explica su problema y José Gómez le contesta que le pasa la llamada al departamento correspondiente. Pedro espera. La música es insoportable. Vuelve José Gómez. “¿Señor Pedro? Los agentes (o técnicos) están ocupados. Espere por favor.” Así dos veces hasta que una señora, o señorita de voz acordeónica, le da otra vez la bienvenida, se presenta (Vanesa Espesa, para servirle) y le pregunta por su problema. Pedro, paciente, lo repite. Vanesa, servil, le pide más datos, lo pone en espera. Y lo pone en espera. Cuando retoma la conversación, Vanesa explica a Pedro que no puede arregla su problema, que para estos casos debe llamar a otro número. Pedro explica que en ese otro número le dieron este (y un ligero temblor recorre su cuerpo). Vanesa lo siente mucho, es en el otro número donde  arreglarán su incidencia. Pedro dice Ok y Vanesa entonces le ofrece un nuevo producto y/o prestaciones que mejora las que ya tiene, con un ahorro sustancial en su factura. Pedro dice no.

– ¿Puedo ayudarle en algo más? Automatiza Vanesa.

Pedro ya no contesta.

 

 

3

Hoy es veintiuno de diciembre de dosmil doce. Hoy se acaba el mundo. La hecatombe. Al principio me pareció una tontería, habladurías de malos traductores. ¿Cómo los Mayas iban a saber cuándo, exactamente cuándo, se destruiría todo lo que conocemos? ¿Y después qué? Pasado mi primer acercamiento incrédulo, no sé cómo, me fui introduciendo en esa sabiduría, en la capacidad de saber leer en los actos de la naturaleza y de los hombres esos indicios. Y había que estar preparados. Saber esperar ese momento con entereza. Si el mundo dejaba de ser el veintiuno de diciembre de dosmil doce, yo tenía que estar muy bien preparado, y, pese a mi juventud, poder haber vivido todas las sensaciones que puede tener un hombre. Entonces me despreocupé. Qué felicidad el poder actuar con la tranquilidad de conocer el fin de todo, de tener la certeza de que todo ya esta determinado, de que hagamos lo que hagamos el juicio final será en otro sitio. Me dediqué a la buena vida, al sexo, a probar todo tipo de drogas, a experimentar el saber caminar al filo de la navaja, a jugar con la muerte. Me hice rico y perdí todo en una partida de póker. No me importó la violencia sino que pensé que sería más sabio teniendo el poder sobre la vida de algunas personas: maté. En mi camino de espera no tuve tiempo de esperar, y tampoco de compartir todas las cosas que hice, porque de alguna forma también me creí un dios. Mi certeza era mi guía y nada me alejó de mi camino. Cada guerra, cada terremoto, cada volcán escupiendo lava era para mí una fuente de confirmación. Cada asesinato, cada corrupto, cada epidemia cebada en la gente que menos podía defenderse, hasta yo mismo, fue el motor que llevó a estar aquí, ahora. No me importó que me condenaran, no me importan mis diez metros cuadrados ni mi diminuta ventana donde el cielo sólo se ve negro de noche y blanco de día. No es una penitencia sino una dulce espera.

Hoy es veintiuno de diciembre de 2012, y falta un minuto para que acabe el día. Y por primera vez en mucho tiempo pienso qué pasará  dentro de un escaso minuto.

¿Y si mañana todo sigue igual?

 

4

Raimundo Pardillo es un hombre hecho a sí mismo. Su fulgurante carrera profesional empieza de joven, con una pequeña empresa que poco a poco crece a medida que su intuición, el buen hacer, y algunos contactos, confluyen en eso que llamamos éxito. También, cuando parece que está en su madurez como creador de tendencias, los premios corroboran lo que todos pensaban sobre su capacidad. El dinero fluye, y aunque un cierto descontrol podría hacer pensar que algo no va bien, nadie piensa en la caída del prohombre. Viajes, gastos suntuosos cual nuevo rico, son parte de su vida.

Hay personas, podríamos llamarlos genios, que no pueden diferenciar su vida profesional de su vida privada. Son esclavos pero amantes de su trabajo. Obsesivos para su saber, están centrados completamente a su obra, sin pensar (al principio) en lo que conlleva ese tipo de vida porque es lo único que saben hacer. No ocurrió esto con Raimundo, al que le gustaba la buena vida, pagar sus caprichos con la tarjeta de crédito de su propia empresa, y dar apariencia de gran empresario.

En algún momento, todo lo que parecía elevarlo hacia el Olimpo social comenzó a ir cuesta abajo. La falta de madurez le llevó a cometer errores de principiante y los problemas económicos afectaban a su empresa. De nada sirve, muchos años después, lamentar todos los errores cometidos cuando uno se miente. Raimundo no quiso ver lo que pasaba, lo que le pasaba. Siguió confiando en esa intuición que a estas alturas ya fallaba. A veces es más fácil escuchar sólo lo que uno espera oir, en vez de intentar ver la realidad, que siempre golpea como viento helado. Echar la culpa a otros. Llorar la esa realidad cambiante.

Raimundo Pardillo se quedó solo. Las últimas noticias que se tuvieron de él hablaban de un hombre que se esforzaba en convencer a amigos y enemigos de que él tenía la llave que lo devolvería al Olimpo perdido, ideas novedosas y fabulosas que darían solución a todo lo que se había torcido y pagarían todas sus deudas. Un hombre que no se daba cuenta de que hablaba con su propia imagen en el espejo.

 

 

5

Una noche, en casa, probando un whisky de malta (18 años) con mi amigo el de la verborrea, se nos fue la charla al fútbol. Hay que decir que hablar de fútbol es como hablar del tiempo: un fenómeno impredecible en el cual siempre estamos equivocados, menos los sabios ancianos, y que nos permite tener conversaciones con cualquier persona en un bar o un ascensor, por poner un ejemplo.

A tercer vaso bebido, a punto de pasar el límite de nuestros cuerpos, él se soltó. Yo ya estaba un poco mareado, así que me dejé ir:

 

–       El fútbol es fútbol.- empezó- Lo que quiero decir es que el fútbol es fútbol como la vida es vida. El fútbol es como una ventana chiquita donde se reproduce todo lo que pasa en la vida. Es por eso que nos apasiona tanto, que no podemos dejar de ver un partido a pesar de que sea malo y aburrido. No me mires así, es la pura verdad. Hay un reglamento, que es como la Constitución, con sus leyes y sus penalizaciones. Nos alegramos de nuestros triunfos y de la derrota del contrario. ¡Igualito a la vida! Cuando un rival hace algo que está fuera del reglamento, son unos hijos de puta; cuando lo hace uno de los nuestros y pasa desapercibido, es un crack. No hay nada mejor que meter un gol con la mano, que es como engañar a Hacienda o al tendero de la esquina. Los árbitros son los jueces que nos dicen si algo está bien o no, y estamos de acuerdo o en desacuerdo según nuestros propios intereses. Hay lealtad, amistad, traición, y tal vez amor. Se tiene la sensación de que siempre ganan los mismos, y, en contadas veces, hay casos de justicia poética cuando un equipo no habitual gana un campeonato. Generalmente, a lo largo de la historia (del fútbol, de la vida) ganan los mas fuertes, los que detentan el poder. Y el público en los estadios es como esa presión que, día a día, nos somete la familia, el trabajo (¡nuestro jefe!), y la sociedad en general.

Lo bueno del fútbol, que es lo que nos atrae, es que todo está a la vista. En la cancha, porque podemos verlo todo (ahora mucho más con la televisión), y fuera, porque la información es extensa y detallista en la prensa especializada, que toma ese mundo deportivo como una totalidad. Y de esta forma, viviendo el fútbol sentimos que tenemos nuestra vida un poquito más controlada, porque no deja de ser un juego. Casi siempre, decidimos estar en el lado ganador. Pero también los hay que prefieren vivir esa melancolía del perdedor continuo, porque saben que el día que sí ganen, la felicidad será mucho mayor.

 

–       ¿Entonces?- le pregunté.

–       Nada, que si ahora nos hicieran un control antidoping seguro que no jugábamos el domingo.

 

 

6

Sara, Sarita para su abuela, su tía abuela, y parte de la familia, lleva días rumiando un malestar. A sus dieciséis años, las fiestas Navideñas son días obligados, perdidos, fuera de tiempo, algo prescindible. Piensa en su abuela, que a pesar de quejarse todo el año de los dolores que le aparecen por el cuerpo y el alma que no la dejan vivir, esos días se dedica a cocinar como si fuera el último bacanal. Su abuelo, patriarca en horas bajas, repite cada año sus historias de guerra como si nadie las supiera. ¡Y todos hacen como si las escucharan por primera vez! El tío Mauricio, siempre al borde de la embriaguez, parece esperar esa copa que le ayude a gritar villancicos y chistes malos. Hay una tía abuela, Encarnación, de la que no recuerda la voz, porque nunca dice nada. Sus tíos Nacho y Ernestina, dicharacheros y altivos, critican con supina puntualidad la comida, los adornos, o el vino, perdonando al resto de la familia. En cambio los otros tíos, Carmina y Alonso, se quejan cada año de la situación, o su situación. O de las dos cosas. Sus primos más pequeños juegan o se pelean insensibles al ambiente. Y el único que parece compartir la extrañeza de estos días locos es su primo Mario, un año mayor que Sara, pero como prácticamente no se conocen, porque se ven sólo estos días del año, no saben cómo compartir el aburrimiento y el hastío. Si por lo menos pudieran comentar los besos pegajosos de la tía abuela, o los comentarios estúpidos de uno de sus tíos, o de lo poco que les gusta la comida navideña. Sara está peleada con el mundo, y estos días siente cómo ese mundo exterior se mete en su casa para hacerle ver que la vida es una mierda. Intenta no ver la televisión para no ver los anuncios de buenos propósitos que duran lo que el turrón.

Ojalá, piensa Sara, ella fuera como su amiga Elena, que cree firmemente en su fe y en estos días, y disfruta de las reuniones familiares. O Marta, que ayuda y acepta de forma abnegada ayudar a su madre para que estos días de intenso trabajo para ella, le sean más soportables.

Sara ya está preparada para los reproches de su madre por su desapego y desinterés por los asuntos importantes de la vida. Sara, a pesar de odiar estos días, duda.

 

Esta entrada fue publicada en Textos.

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